PAPELES DEL ROCK

Aretha Franklin no puede morir

Su forma de interpretar, su sensibilidad, su garra, su estilo inimitable, la fuerza... hicieron de ella un mito viviente

Aretha, la diosa del Soul, quedará para siempre como uno de los grandes nombres de la música negra contemporánea.
Aretha, la diosa del Soul, quedará para siempre como uno de los grandes nombres de la música negra contemporánea.
Aretha Franklin no puede morir

Barbara Franklin era una cantante de gospel y pianista de Shelby, Missisipi que nunca llegó a ser muy conocida, que no grabó ningún disco y que se recuerda por haber sido acompañante habitual de una cantante de este estilo algo más popular, Mahalia Jackson. De hecho, abandonó prácticamente su carrera cuando se casó con el predicador Baptista Clarence LeVaughan Franklin. De ese matrimonio nacerían cuatro hijos, el tercero de ellos en 1942, una niña a la que bautizaron con el nombre de Aretha. 

Aretha, junto a sus hermanas Emma y Carolyn, muy pronto, casi desde niñas se decidieron a dedicarse a la música, y aunque obviamente es Aretha Franklin la que se ha convertido en la mayor leyenda de la historia de la música soul, el papel de sus hermanas tampoco resulta desdeñable -su hermana mayor Emma Franklin es la autora de la versión original de “Piece Of My Heart”, la mítica canción que popularizó en 1968 Janis Joplin- sin duda es Aretha Franklin, la diosa del soul, la gran dama de la música negra, la mujer que hizo historia en la música popular contemporánea de Estados Unidos y que hoy es la inspiración de estos papeles del rock. 

De carácter firme y gran personalidad -a pesar de que su padre insistió en que tomara clases de piano al darse cuenta de su talento al escucharla cantar en el coro de la Iglesia que él mismo regentaba, ella siempre desechó esa idea y optó por ser autodidacta al cien por cien- dada la amistad de la familia con músicos de la categoría de James Cleveland y la ya mencionada Mahalia Jackson, tuvo relativamente fácil la oportunidad de hacer, a la edad de 14 años, su primera grabación para el sello Checker Records. Decidida a hacer carrera en la música, en 1960 se traslada de Detroit a Nueva York para asistir a una academia de canto y danza para perfeccionar su estilo vocal. De esta época datan las primeras demos que mandó a varias compañías discográficas al objeto de conseguir su primer contrato, que llegó de la mano de Columbia Records. 

La intención de Columbia no era tanto potenciar a Aretha Franklin como cantante de soul, estilo que se encontraba lejos de estar en boga a comienzos de los 60, sino como intérprete de jazz, algo que si bien no incomodó a Aretha en los primeros tiempos -siempre se sintió orgullosa de haber participado en el disco homenaje a Dinah Washington "Unforgettable: a tribute to Dinah Washington"- a mediados de los 60 ella quería desarrollar su carrera en el ámbito del soul, que de la mano de artistas como Otis Redding, James Brown, Eddie Floyd o Sam Cooke volvía a emerger con fuerza en la escena musical americana y que estaban revitalizando sellos como Stax. La negativa de Columbia a entrar en ese mercado forzó la no renovación del contrato de la cantante, quien fichó por Atlantic Records en 1966. Merced al excelente trabajo del productor Jerry Wexler, ya sólo el primer single que Atlantic editó de nuestra protagonista, “I never loved a man the way I love you” con la Muscle Shoals Rhythm Section, fue un éxito sin precedentes, que se reforzaría con el que ha pasado a la historia sin duda como su clásico más imperecedero: “Respect”, el tema con que se convertiría definitivamente en una estrella mundial. 

A partir de ahí, “Chain Of Fools”, “Natural Woman”, “Think” o el popular tema de Burt Bacharach "I Say A Little Prayer" -inolvidable el comienzo de una de las películas más maravillosas que se han hecho sobre el mundo de la radio en España, “Solos en la madrugada”, con “I Say A Little Prayer” sonando de fondo mientras aparecían los títulos de crédito y la cámara nos llevaba lentamente al interior del estudio de radio donde se desarrollan las primeras escenas del film- convertirían a Aretha Franklin en un verdadero fenómeno de masas. Su forma de interpretar, su sensibilidad, su garra, su estilo inimitable, la fuerza y la emotividad que podía transmitir, hicieron de ella un auténtico mito viviente. 

En la década de los 70 la diosa del soul, artista muy inquieta creativamente hablando, no tuvo prejuicio alguno en acercarse al mundo del rock. Versioneó a los Beatles - “Eleanor Rigby” y “The Long And Winding Road”- llamó a colaborar en sus discos a guitarristas como Duanne Allman o Eric Clapton y en directo, tal y como se constata en su álbum en vivo "Aretha Live at Fillmore West" (1971), se entregaba con brillantez absoluta a versiones de Stephen Stills  -"Love the One You're With"- o de Bread -"Make It With You"- . Su colaboración con Curtis Mayfield la llevó a editar álbumes de gran éxito en los que también se movió con soltura en la música disco, mientras que en los 80, además de seguir haciendo incursiones en el mundo del rock, como su fabulosa versión de “Jumpin'Jack Flash” de los Rolling Stones con los propios Keith Richards y Ronnie Wood a las guitarras para la banda sonora de la película del mismo nombre, siguió en el mundo del soul, contando en ocasiones con la ayuda de productores de la categoría de Luther Vandross. 

En 1987, Aretha Franklin se convertía en la primera mujer miembro del Rock'n'roll Hall Of Fame. La misma mujer que en 1968, convertida en una de las más destacadas defensoras del movimiento por los derechos civiles y contra el racismo blanco, cantó en el funeral de Martin Luther King, al que había conocido en persona siendo niña, y la misma artista que emocionada cantó, en lo que describió como uno de los momentos más felices de toda su vida, en la toma de posesión de Barack Obama, el primer presidente negro de la historia de los Estados Unidos de América. 

Cuando empecé a escribir este artículo, Aretha Franklin aún vivía. Su estado era crítico, y todo indicaba que el cáncer que se le diagnosticó en 2010 se había agravado en las últimas horas hasta el punto de que su muerte se anunciaba como inminente. Horas antes de entregar este artículo a redacción, se confirmó la noticia de su fallecimiento en Detroit. 

Desaparece el cuerpo, el continente de un alma libre y de una mujer que como Billy Holliday en el jazz, Janis Joplin en el blues o Lole Montoya en el flamenco, su voz dio entidad, personalidad y carisma a toda una forma de entender el soul como parte integrante fundamental de la música negra. Lo que no muere, lo que no desaparece, es su legado, su espíritu de mujer rebelde y sensible, su voz inigualable y su imperecedero recuerdo para todo aquel que algún día escuche sus canciones. Muere un cuerpo, la artista, la voz, la leyenda, ni muere ni puede morir. 

En los años 90, Nelson Mandela escribió una suerte de memorias a las que llamó “¡Qué lejos hemos llegado los esclavos!”, en referencia al largo y duro camino que recorrió durante décadas el pueblo negro sudafricano para acabar con el apartheid. No lo escribió expresamente, pero seguro que por su cabeza también pasaron los sufrimientos de los hijos de los esclavos negros de América, cuyo canto de dolor, de protesta, cuyos blues, soul y gospel, los cantos de los esclavos, llegarían desde los campos de algodón a ser conocidos mundialmente y a lograr el reconocimiento cuando no la admiración de todos los estamentos culturales de relieve. Y ello fue posible, entre otros muchos grandes nombres de la música negra, gracias a Aretha Franklin. 
Por tal motivo, Aretha no ha muerto, ni puede morir. Vive en cada una de sus canciones y en cada una de las mujeres que ponen su alma, su sentimiento y su corazón en cada canción que interpretan.