FÚTBOL | TERCERA

Esas pulsaciones

La tranquilidad de Rubén Arce encarriló un partido emocionante y quizá decisivo

Varios jugadores del Arenteiro celebran el gol marcado por Rubén Arce en Os Carrís.
Varios jugadores del Arenteiro celebran el gol marcado por Rubén Arce en Os Carrís.

Un derbi, a veces, es cuestión de pulsaciones. Las que se disparan cuanto tu portero se empeña en atraer el riesgo o las que bajan cuando te cuentan que los rivales directos están perdiendo en otros campos. Son partidos que admiten todo tipo de pronósticos y de planteamientos. Al final los deciden los detalles, la calidad, la experiencia, el jugador que, justo cuando más aprieta la presión, le da por aparecer. El que dispara las pulsaciones porque él las tiene lo suficientemente bajas como para decidir un partido. Quizá el éxito de una temporada.

En Os Carrís no hubo tiempo para el sosiego. Había tanto en juego que cada balón podía valer un partido sin dueño. Demasiado para Juanjo Vilachá, que cambió el banquillo por el tendido de sol por orden del árbitro. Y para Manel Vázquez, que no aguantó los últimos minutos y lo enviaron a esperar la victoria a los vestuarios.

Si había un momento de respiro debió de ser en el descanso. Quizá tras hablar de lo bien que había contenido el Barbadás a los jugadores del Arenteiro, de felicitar a Pachi por las dos paradas que había hecho a Dani Arbo y a Martín Fernández, para reflexionar sobre el porqué no era buena idea hacer faltas en tres cuartos de campo y permitir a los locales subir 'con todo' en los balones parados o en exigir un poco más la salida de balón y buscar ahí algo de premio.

Teorías y recados mientras se bajan las pulsaciones de los que realmente deciden. El problema está cuando vuelven a subir. Cuando Pachi conduce con la vista una pelota a la portería que podía detener dos metros antes, cuando sigues teniendo ocasiones gratis a balón parado o cuando pierdes balones en zona de peligro que tenían una solución bastante más sencilla. En una de ellas Dani Arbo inició involuntariamente el segundo gol. De Dios condujo e Igor Sevivas definió. Sin ponerse nervioso.

Un cuarto de hora antes ya había aparecido Rubén Arce. Cuando todavía se volvían a llenar las gradas. Cuando las pulsaciones empezaban a recobrar el estado habitual de excitación él las disparó. En medio de la nada hizo un todo. Controló, decidió y definió. Un golazo a sangre fría. Cuando menos te lo esperas. De los que no te caen del cielo, marcas casi sin caber cómo ni te regala un compañero. Un gol que encarriló un partido y acercó al éxito la temporada.

Todavía quedaba tiempo para todo lo anterior y algo más. Para que tus compañeros primero protestasen y luego lamentasen un gol que admite la duda y para que tus rivales demostrasen que si toca claudicar lo harán con las botas puestas. Como en el derbi. Como seguro lo harán en los dos partidos que les quedan.

Faltan dos jornadas apasionantes. La permanencia es tan caprichosa que a veces incluso cuando acabas la liga no sabes si estás salvado. Esas cosas del fútbol que un verano te hacen bañarte en una fuente tras un ver un partido por la tele y al siguiente igual te acaban con los uñas viendo la misma cadena.