ECONOMÍA

Con los vinos gallegos va (casi) todo bien

Pero no todo, porque hay problemas en aspectos como la profesionalización, la edad de los cosecheros y el tamaño de las explotaciones y de las bodegas. ¿Mejoraría todo con una marca común en Galicia?

 

Realizando labores de vendimia en la Ribeira Sacra.
Realizando labores de vendimia en la Ribeira Sacra.
Con los vinos gallegos va (casi) todo bien

Los vinos de Galicia progresaron mucho en los últimos años. En cantidad, pero sobre todo en calidad, lo que se tradujo en una mayor internacionalización, vinculada a la innovación y el asociacionismo. Los resultados están a la vista: en cualquier gran ciudad del mundo es raro que haya un buen restaurante sin algún vino gallego.

Rías Baixas marca la pauta pero también las otras cuatro denominaciones siguen sus pasos, cada una con sus peculiaridades. O Ribeiro se puso al día con vinos de prestigio, Ribeira Sacra pisa fuerte con marcas ya emblemáticas, Valdeorras tiene cada vez más bodegas y Monterrei es pequeña pero es la única que sigue creciendo en superficie, viticultores y adegas.

Unos y otros procuran no competir en el chateo –siempre habrá vinos más baratos– pero sí en las cartas de los restaurantes, lo cual tira de los precios. A falta de capacidad de producción, se impone la necesidad de subirlos, lo cual exige mejorar la calidad y la comercialización en el exterior. Blancos y tintos van en el mismo lote.

Pero los vinos no solo son importantes para los cosecheros y las empresas del sector: lo son también para promover otras actividades complementarias –el enoturismo, sin ir más lejos– que permitan crear riqueza en el medio rural y fijar población en el campo. A día de hoy, la estructura dispersa y minifundista de la propiedad tiene algunas ventajas pero, sobre todo, inconvenientes para el desarrollo del sector. Nada nuevo en Galicia, ni tampoco nada ajeno a otros sectores ligados al campo y al monte.
Hay problemas de tamaño de las empresas y, sobre todo, de las explotaciones –casi la mitad de las parcelas de vino que hay en España están en Galicia– e incluso de edad de los cosecheros. En la jornada que sobre medio rural celebra cada año el Foro Económico de Galicia en Casal de Armán (Ribadavia), la delegada del Estado en el Consorcio de la Zona Franca, Teresa Pedrosa, lo dejó claro: el sector del vino se reduce a 150 empresas, con una media de siete empleados, todas ellas pymes.

“Debemos retribuir mejor la cadena de valor y precisamos integrar a los viticultores y las bodegas para vender con más calidad y a precios más altos”, propuso el anfitrión, el inspector de Hacienda en excedencia José González, copropietario de Casal de Armán y parlamentario del PP.

En números redondos, la producción comercializada de vino es de unos 40 millones de litros, lo que se traduce en una facturación de unos 220 millones de euros. ¿Es poco? ¿Es mucho? Veámoslo con perspectiva. Alguna bodega de La Rioja supera esas cifras. La producción de los grandes países productores –Italia, Francia y España, por este orden– se miden en millones de hectolitros, no en millones de litros. Pero hay más maneras de verlo.

Las estadísticas y la historia demuestran que si se bebe más cerveza se bebe menos vino. Por tanto, para el mercado, el tamaño es decisivo. Solo una cervecera como Estrella Galicia va camino de producir 300 millones de litros y de facturar cerca de 500 millones de euros; es decir, de doblar la dimensión de todo el sector vitivinícola gallego.
Parece evidente que si Amancio Ortega montase una Inditex del vino adoptaría un modelo más similar a las multinacionales del vino y sus derivados, que también las hay. No parece que sea el principal reto de Galicia, ni siquiera de sus vinos, pero conviene no perder de vista que el tamaño sí importa.

 @J_L_Gomez