ÁGORA ECONÓMICA

La desfavorable situación demográfica en Galicia

Este diario viene publicando desde hace un tiempo, muy acertadamente,  varios artículos sobre el envejecimiento de Galicia en general y de la provincia de Ourense en particular que, cuanto menos, nos invitan a la reflexión

La desfavorable situación demográfica en Galicia

El envejecimiento demográfico lleva años instalado en el ADN de la provincia y, a tenor, de los indicadores, va a ser muy complicado reducirlo. El problema es mayor de lo que se esperaba, ya que incluso está afectando a las grandes ciudades de la provincia, aquellas con 10.000 habitantes o más. Lo que pasa en la capital ourensana, desde luego no es comparable con lo que sucede en otras villas más pequeñas, pero es un claro síntoma de que este problema es general y que ningún pueblo o ciudad de la provincia se escapa de esta situación. 

EL PROBLEMA VIENE DE LEJOS
Como ya señalé en alguna otra ocasión, esto no es nuevo y se venía venir hace años. Sin necesidad de ir muy atrás en la cronología demográfica, la pérdida demográfica es evidente desde hace dos décadas. En 1998 el número de habitantes en la provincia de Ourense alcanzaban los 344.170, en 2015 era 318.321, esto es un descenso en 17 años de casi 26.000 habitantes. O si se quiere expresar de otra forma, la provincia pierde 1.520 habitantes al año, cada día, en la provincia de Ourense hay 4,2 habitantes menos. Una sangría que no parece tener fin. Sin duda, llueve sobre mojado.

Esta situación demográfica acarrea una serie de problemas sobre el mercado laboral, que son viejos conocidos para los que estudiamos las repercusiones laborales del envejecimiento poblacional. En primer lugar, se observa una importante reducción de las tasas de actividad y ocupación, debido a la pérdida de población activa y ocupada. En segundo lugar, se reducen la recaudación vía impuestos y las cotizaciones a la Seguridad Social, ya que las aportaciones, por ejemplo al IRPF, Impuesto de Sociedades o IVA van cayendo. En tercer lugar, aumentan los gastos sociales, en especial, todas las partidas relacionadas con las pensiones de jubilación, tanto contributivas como asistenciales, e invalidez. A lo anterior hay que añadir el gasto en programas de atención a la dependencia, asociados en su mayor parte a cuestiones relacionadas con la edad, ya que a medida que la población envejece, es necesario aportar más recursos. 

Sin duda, todo lo expuesto hasta el momento se traduce en importantes problemas financieros para el Estado de Bienestar. Hay un claro déficit entre lo que se ingresa y lo que se gasta. Desde hace tres años, las cotizaciones sociales no llegan para pagar el gasto en pensiones contributivas. La solución ha sido acudir a la “hucha de las pensiones”. Y todos conocemos lo que está pasando.

LAS PIRÁMIDES QUE YA NO SON
¿Esta situación de envejecimiento poblacional es nueva? No. Desde hace más de cuatro décadas, y una vez pasado el efecto del baby-boom de los años 60, todos los países de la UE27 y, especialmente de la UE15, que son los que presentan un mayor grado de envejecimiento, son conocedores de esta situación.  Por lo tanto, no se puede decir que la demografía no haya venido avisando. Cuestión distinta es que no se hayan tomado las medidas adecuadas.

La intensidad de este proceso varía por países y a España le ha tocado la peor parte. En 2050, la población europea se mantendrá en los niveles actuales, pero con 58 millones de personas mayores de 65 años y con 48 millones menos de europeos en edad de trabajar. En 2007 la Organización para las Naciones Unidas (ONU) advirtió a España que en 35 años sería uno de los países con la población más envejecida del mundo. Las previsiones para España en 2050 señalan como las personas de más de 65 años serán casi el 38% de toda la población, el 12% de la población será mayor de 80 años y que de por cada 100 personas entre 16 y 64 años, habrá casi 90 que cobrarán algún tipo de prestación. Como se puede comprobar, estábamos avisados.

A poco que se analicen las pirámides demográficas en España y Galicia, éstas dejan de ser pirámides, ya que su base se va achicando, mientras se incrementa la cúspide y, paralelamente, la parte central también aumenta, lo que refuerza el deterioro de las tasas de reemplazamiento poblacional. Por lo tanto, el descenso de la población de menos edad y el aumento de los tramos de más edad es uno de los principales retos a afrontar en los próximos años. 

El fenómeno de la transición demográfica afecta notablemente a muchas CCAA, entre ellas a Galicia y, especialmente a la provincia de Ourense. Nuestros indicadores de envejecimiento y crecimiento vegetativo resultan muy desfavorables para mantener la situación poblacional, cuestión que desde los foros universitarios algunos llevamos señalando de forma continuada.

Nuestro descenso en las tasas de fecundidad, que ya se manifiestan desde la década de los setenta, ha sido muy fuerte. Esto ha generado que cada vez la población activa sea menor. El efecto inmediato es que España se está enfrentando a un desafío mucho mayor en relación al envejecimiento que otros países europeos. Durante algunos años, se fue capaz de compensar esta negativa evolución gracias a la inmigración. Sin embargo, esta incorporación de población no fue suficiente para Galicia, ya que además de no ser un destino especialmente elegible por los inmigrantes, debido a las menores oportunidades laborales respecto a otras regiones, hay que añadir la llegada de los emigrantes retornados, que incrementaron sensiblemente la media de edad de la población.

TRANSICIÓN HASTA EL 2050
Además, hay que tener muy presente que esta situación demográfica seguirá produciéndose. A partir de las estimaciones que realiza el Instituto Nacional de Estadística (INE) y el Instituto Galego de Estatística (IGE) este proceso durará, al menos, veinte años más que en el resto de países de la UE15. Por lo tanto, nuestra transición demográfica no acabará hasta 2050, que es cuando se alcanzará el máximo de población de mayor edad. Tenemos, por lo tanto, un verdadero reto para la economía española, gallega y ourensana en particular. Nuestro verdadero problema no es la situación en 2016, es el escenario en los próximos 30 años. Ahora solo vemos la punta del iceberg, pero el reto está por debajo de la superficie.

Ciñendo el estudio a la economía gallega, se comprueba que entre 2005 y 2015, el peso porcentual de la población en Ourense respecto al total autonómico ha pasado del 12,3% al 11,7%, lo que representa una sensible reducción, frente al aumento de este ratio en A Coruña y Pontevedra. En segundo lugar, la media de edad en la provincia ourensana ha pasado durante el mismo período de 47,6 a 49,8 años, rozando ya la cifra simbólica de los 50 años, frente a la media gallega de 46,2 años. 

La tasa bruta de natalidad, entendida como el cociente entre el número de nacimientos por 1.000 habitantes, en 2009 era del 7,7 para Galicia, un porcentaje muy bajo si se compara con el obtenido hace veinte años. En 2014, se reduce al 7,2. Para Ourense se sitúa en el 5,8, el más bajo de las cuatro provincias. La tasa mortalidad, que mide el número de defunciones por 1.000 habitantes, era del 10,6 en 2009 para la media gallega, cifra que asciende al 10,9 en 2014. Para este último año, Ourense (13,7) y Lugo (14,3) recogen los indicadores más elevados, mientras que A Coruña (10,6) y Pontevedra (9,1) son las provincias con menor tasa de mortalidad. 

A tenor de las cifras presentadas, es obvio que el comportamiento demográfico resulta muy diferente entre Ourense y Lugo, por una parte y A Coruña y Pontevedra, por la otra. El saldo vegetativo, medido como la diferencia entre nacimientos y defunciones, resulta negativo es todas las provincias, sobre todo en Ourense y Lugo.

Consecuencia de lo anterior, el índice de envejecimiento da muestra de la delicada situación demográfica. Este indicador que recoge la relación entre la población mayor de 64 años y la de menos de 20 años, suponía para Ourense en 2009 un  207,3 y para Lugo un 204,3, lo cual significa que la población de 64 o más años era más del doble en ambas provincias que el colectivo de menos de 20 años. A Coruña, con 130 y Pontevedra, con 104, estaban en mejor situación. Ahora bien ¿Qué ha pasado desde entonces? En 2015 el ratio para Ourense fue del 228,2, una cifra muy alejada del indicador de Pontevedra (119,2) o A Coruña (146).  Por lo tanto, el problema, lejos de solucionarse se agrava con el tiempo.

Por su parte, el índice de sobreenvejecimiento, que mide la relación entre las personas de 85 y más años entre el colectivo de 65 y más años, y que posibilita conocer la incidencia del envejecimiento en el colectivo de personas de más edad, se sitúa en la provincia de Ourense en 2015 en 19, frente a la media autonómica de 16,5, de 15 en Pontevedra y de 15,4 de A Coruña. Nuevamente, la provincia ourensana presenta una situación muy delicada.

Finalmente, conviene indicar el comportamiento del índice de dependencia global, que  permite relacionar al grupo de población menor de 15 años y mayor de 65 (población inactiva), con el colectivo entre 15 y 64 años (activos). Este indicador tiene una clara vertiente económica, al medir la relación entre personas que ni trabajan ni buscan trabajo, entre aquellas que o bien están trabajando o bien no trabajan, pero están buscando un empleo. Son precisamente estos dos últimos colectivos los que mantienen la capacidad de gasto de los más jóvenes y mayores. En 2015 en Ourense este ratio era de 66,7, frente a la media gallega de 56,1. De nuevo, la provincia ourensana presentaba el indicador más elevado.

¿Qué nos depara el futuro? De seguir como hasta ahora, si no se aplican medidas de inmediato, los índices anteriores no dejarán de aumentar. Las proyecciones que ha realizado el IGE a corto plazo, permiten señalar como en 2023, en Ourense el índice de envejecimiento será de 245,6 (17,6 puntos más que en 2015), el de sobreenvejecimiento alcanzará el 23,1 (4,1 puntos más que en 2015) y el de dependencia global será del 72,3 (5,6 puntos más que en 2015).

Resumiendo, el envejecimiento demográfico es mucho más acusado en Galicia que para el resto del Estado. Esta realidad es mucho más preocupante en provincias como la ourensana, netamente envejecidas. La solución a estos problemas pasaría por un incremento de la población activa y, especialmente, de la ocupada y un aumento de la fecundidad, en la que estamos en indicadores bajo mínimos. 

Sin embargo, de conseguirlo, el efecto no sería inmediato, ya que es imprescindible un período no inferior a los 25 años para que se noten los efectos sobre la población y, además, se consiga cierto impacto sobre la ratio de dependencia de las personas mayores. Precisamente, este es el tiempo en que una cohorte de recién nacidos tarda en entrar al mercado de trabajo y todo suponiendo que las condiciones laborales mejorasen. En estos momentos, debido a la creciente precariedad laboral que estamos a vivir en España, cada vez se tarda más en entrar en el mercado de trabajo, se sale antes y se cotiza menos. 

Solo generando empleos, y que estos sean de calidad, se conseguirá fijar la población. Cada año vemos como, inexorablemente, nuestros jóvenes mejor preparados se ven obligados a marchar de la provincia. Aquellos, más afortunados, acabarán trabajando en otras provincias y CCAA. Otros, emigrarán al extranjero. No podemos seguir perdiendo capital humano, no podemos permitirnos perder a la generación más preparada de nuestra historia. 

Hasta el momento no se ha sabido aplicar las medidas adecuadas. O actuamos pronto o la situación demográfica en Ourense será irreversible. Desde todas las instituciones públicas es necesario plantear una hoja de ruta que combata realmente el despoblamiento  y envejecimiento poblacional que estamos a sufrir. La situación no se va arreglar sola. Es necesario actuar de inmediato.