ÁGORA ECONÓMICA

Migraciones, demografía y economía

El análisis de la población se ha dividido tradicionalmente en dos grandes grupos de opinión: el modelo pesimista la capacidad de generar recursos para una población en continúo crecimiento y los que ven en ello un motor de innovación y mejora

Migraciones, demografía y economía

En los últimos tiempos han proliferado las noticias relacionadas de una u otra manera con la demografía y los movimientos migratorios. Las contantes manifestaciones públicas de líderes europeos con respecto al control de fronteras,  las controvertidas políticas de deportación de latinos en EE.UU, los nuevos datos demográficos que vuelven a poner el acento en el envejecimiento de las economías desarrolladas o las dudas para afrontar el coste de la progresiva jubilación de los baby-boomers nacidos en los años 50  y 60 del siglo pasado, son sólo algunos reflejos de factores sociodemográficos con causa y a la vez efecto en la economía. Esta marea de fondo anticipa una nueva era en el enfoque de las teorías de la población, siendo Europa y en concreto España un espacio crítico en este proceso de cambio.    

De forma muy simplificada, el análisis de la población en la economía se ha dividido tradicionalmente en dos grandes grupos de opinión. Por una parte aquellos que han valorado de un modo pesimista la capacidad de generar recursos suficientes para una población en continuo crecimiento, con la consiguiente reproducción continúa de ciclos de tensión, guerras y desplazamientos de la población, y, por otra parte, aquellos otros que consideran el crecimiento demográfico como motor de innovación y  de mejora de la productividad, en muchos casos con un optimismo sin límites, llegando considerar que la presión de un mundo más poblado sería a la vez causa y efecto de un crecimiento económico a su vez ilimitado.

Los pesimistas y  optimistas están entremezclados en las diferentes corrientes económicas e ideológicas a lo largo de los dos últimos siglos, si bien los diferentes momentos históricos marcaron las principales tendencias. Así por ejemplo, en los albores de la Revolución Industrial, Thomas Malthus exponía en sus escritos el cuello de botella que suponían los escasos recursos disponibles para el cultivo, indispensables para alimentar a una incipiente explosión demográfica en la Inglaterra de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX.

"Las economías más envejecidas son también las más endeudadas y condicionadas por los efectos de la reciente crisis"

Este economista dio nombre a las posteriores corrientes denominadas neomalthusianas, que siguieron haciendo hincapié en la limitación de recursos, los rendimientos decrecientes de la agricultura y la posibilidad de estabilizar el crecimiento demográfico por tendencia natural o medios planificados.  En el otro extremo, durante las décadas de los sesenta,  setenta y ochenta del siglo pasado, caracterizadas por el crecimiento de la productividad a tasas espectaculares y  una explosión tecnológica con beneficios de renta y riqueza que alcanzaban a amplias capas de la sociedad , la visión optimista alcanzó uno de sus puntos culminantes en torno a pensadores como la economista danesa Ester Boserup, que, a modo de síntesis, sostenía que el avance demográfico favorecía técnicas intensivas de trabajo que de otra forma no surgirían. 

"España, Eslovenia y Japón son los países con el porcentaje más bajo de población entre los 10 y 24 años"

Por el camino surgieron múltiples teorías como la división del trabajo eficiente de las grandes aglomeraciones urbanas, la mayor propensión estadística a producir un gran genio a mayor nivel de población, el posible beneficio de la multidiversidad de perfiles productivos y creativos en los grandes núcleos de población, así como también corrientes de pensamiento que ponían el acento en los riesgos de degradación medioambiental, el escaso rendimiento de la formación cuando la tasa de natalidad supera un determinado umbral o la falta de equilibrio territorial entre producción y población.  

Asimismo, la relación entre renta, salarios, riqueza, por un lado, y  la variable población simplificada como recursos de mano de obra o factor trabajo, por otro,  también fue una constante en los modelos matemáticos con diferentes conclusiones, pero en el siglo XXI existen cambios en los patrones de crecimiento económico y en las pautas de concentración de la población que han hecho el análisis más complejo.


Nueva visión demográfica


Por primera vez en la historia se da la circunstancia de un severo envejecimiento de la población en las zonas más desarrolladas por tendencia natural, sin que medie una gran guerra, circunstancia que coincide con una desaceleración de la productividad del trabajo (con una tasa de crecimiento que converge hacia el 1% anual, seis veces inferior a la registrada en los años 60)  y una fuerte presión a la baja de los salarios de la población activa por la competencia de los mercados emergentes. Este fenómeno cambia los hábitos de consumo, hace a la sociedad más reacia a los cambios pero, sobre todo, genera un debate todavía inconcluso sobre el futuro de las pensiones, de tal forma que la posible prolongación de la etapa laboral, los cambios en las prioridades presupuestarias para dar más fondos a la remuneración de pensiones o la necesidad de buscar revulsivos de innovación que aceleren la productividad, son áreas de debate que todavía no encuentran encaje en ninguna teoría de largo plazo. El escalón poblacional está ahí y además las economías más envejecidas son las más endeudadas y condicionadas por los efectos de la reciente crisis, por lo que no tienen flexibilidad para obtener fondos extra de forma continua con el fin de garantizar el nivel de vida de los nuevos jubilados sin reformas de envergadura, posiblemente de carácter heterodoxo con respecto a los paradigmas económicos heredados del siglo XX.

Por otro lado, en muchos países emergentes se produce el fenómeno contrario con una explosión demográfica que apenas se modera. La combinación de una alta natalidad y una mayor esperanza de vida ha sido la tónica a pesar de las penurias económicas en muchos países del tercer mundo sin que, no obstante, logren mejorar sustancialmente su bajo nivel comparativo de ingresos. De hecho, en muchos casos son aquellas regiones más atrasadas las más dinámicas demográficamente. Esto provoca también tensiones internas en muchos países porque los jóvenes no encuentran oportunidades y la elevada oferta de mano de obra favorece unos salarios bajos y una débil productividad.

En este sentido, la presión demográfica en estos países de bajo desarrollo no parece traer aparejado un crecimiento económico en mayor proporción que acelere de forma significativa la renta media como vaticinaban los teóricos más optimistas, si no que por el contrario, supone fuertes migraciones, conflictos armados y un grave deterioro ecológico.  Muchos países árabes y del África Subsahariana presentan espectaculares tasas de crecimiento de la población por encima del 3% anual, que en algunos países de Oriente Medio llegan alcanzar el 5%. Del mismo modo, la mayoría de los países de África y de Asia tienen un porcentaje de población entre los 10 y 24 años que supera el 30%, el doble de la media europea, siendo España, Eslovenia y Japón los países que en este apartado presentan el porcentaje más bajo a nivel mundial, los tres por debajo del 15%. 

Como muestra comparativa, la media de edad en Japón es de 47 años, en España es de 41 años, en Estados Unidos es de 37 años al igual que en Rusia y China, en Perú y México de 27, en Arabia Saudí de 26, en Egipto de 25, en Zambia de 17 y en Mali de 16 . Son datos escogidos entre los publicados por Naciones Unidas para 2017. La disparidad es evidente. Los países emergentes marcan la dinámica demográfica. Actualmente hay 7.300 millones de habitantes en el planeta y se espera que en 2050 se llegue a los 9.500 millones y en 2100 a los 13.300 millones.  En el año 2100 el 80% de la población tendrá su origen en África y Asia.

En resumen, la población crece con fuerza a escala global,  el mundo es cada vez más joven, pero Europa y los principales países desarrollados envejecen. Los retos que presenta esta dinámica son enormes. 


El problema europeo


grafcachazas200_resultUna idea simple a priori podría prever como tendencia ineludible a corto plazo un reequilibrio a partir de flujos de población desde los países subdesarrollados a los más avanzados y envejecidos para lograr un mayor crecimiento y sostenibilidad económica de estos últimos. De hecho, el continuo flujo de emigración que llega desde el Mediterráneo a Europa no es más que el reflejo de una lógica presión en este sentido y España, por ejemplo,  ha logrado crecer en habitantes por primera vez en muchos años gracias a la población extranjera, pero los umbrales de tolerancia de este flujo son bajos.

Así, tomando como ejemplo Europa y teniendo en cuenta: la caída en picado del nivel de vida de la clase media desde la última crisis, la lenta evolución de las tasas de productividad con respecto a las registradas en el siglo XX, así como la creciente desigualdad, es en cierta medida  lógico que se vea con recelo en muchas capas de la población la llegada masiva de inmigrantes, tanto por factores puramente económicos como por la amenaza de un modo de vida que ya de por sí está en declive.

En Europa se percibe un malestar latente por diferentes causas que puede focalizarse de forma visceral  en las políticas migratorias, como ya está sucediendo, y ser aprovechado por discursos xenófobos y antisistema para ganar adeptos con propuestas simplistas y tan escasa visión global como las de aquellos que, en el otro extremo, abogan por políticas completamente acomodaticias a la llegada de inmigrantes. La demografía en este caso juega un papel fundamental. La nostalgia de tiempos pasados de bonanza y cohesión social propulsaron el Brexit y el crecimiento del populismo, pero en realidad Europa se la juega con respuestas eficaces para buscar su lugar dentro de la globalización en muchos aspectos y eso resulta más complejo que un mero discurso emocional pro o anti migración. 

"Los países occidentales tienen que afrontar el reto de crear el armazón de una nueva era de la innovación, quizás con un alto tirón de los sectores orientados a la economía sostenible"

Podría ser posible que un mayor dinamismo demográfico se tradujese en un extra de crecimiento económico más que proporcional, pero también habría que tener en cuenta que las bajas tasas de crecimiento poblacional han restado presión a las bajas expectativas laborales en muchos países de Occidente y evitado, en última instancia, brotes de conflictividad social. Muchas zonas con bajas tasas de población joven han sido paradójicamente incapaces de absorber siquiera su fuerza laboral y han sido a su vez exportadores de profesionales. España ha sido un claro ejemplo durante la última década.


Tendencias deseables


En todo caso sí parece razonable pensar, cuando menos, que por un lado hay que valorar las causas del excepcional crecimiento demográfico en muchos países poco desarrollados. Simplemente a modo de dato significativo, si todas las niñas de los países árabes y del África Subsahariana acabasen la enseñanza secundaria evitando el embarazo adolescente, el número de partos por mujer a lo largo de su vida, pasaría de 6,7 de media a 3,9, casi la mitad. Asimismo, si la mujer accediese al mercado laboral con las mismas oportunidades que los hombres, este ratio se reduciría aún más.

Esta mínima racionalidad provocaría cierta estabilización de la población y una sostenibilidad que se traduciría en mercados más prósperos también para los intercambios con Europa, que vería a su vez como las migraciones ya no serían un problema como lo es hoy. Pero eso sí, esto no es fácil ni es posible reconducir la situación de forma rápida a medida que la dimensión del problema es mayor con el paso del tiempo y la población joven sin expectativas alcanza ciertas proporciones con respecto a la economía de un país. Llega un punto que, por el contrario, los conflictos internos se agravan,  dando lugar a un círculo autodestructivo. ¿Cómo se puede influir en un gobierno o mediatizar las decisiones para el bien común, ya no digamos cambiar pautas sociológicas muy arraigadas? Pero lo cierto es que antes era un problema de estos países ante el que podíamos cerrar los ojos y ahora influye a nivel mundial, generando amenazas medioambientales, provocando crisis migratorias, deprimiendo salarios a escala global por la ilimitada mano de obra barata, etc. aparte del componente ético que encierra.  

A su vez, los países occidentales tienen que afrontar el reto de crear el armazón de una nueva era de la innovación, quizás con un alto tirón de los sectores orientados a la economía sostenible que permita generar, con un mayor crecimiento acompañado de mayores tasas de productividad, los recursos suficientes para salvar las jubilaciones del escalón demográfico de los baby-boomers. En realidad, la disparidad entre optimistas y pesimistas se  va a anclar en esta posibilidad, porque de ello depende que los neomalthusianos o los partidarios de que siempre surge una innovación a tiempo, tengan razón.  

En términos globales, nunca se vivió mejor y nunca se llegaría a creer hace unos siglos en la capacidad actual de mantener a una población tan elevada. Esperemos que nuestros descendientes puedan seguir diciendo lo mismo.