ÁGORA ECONÓMICA

Un modelo de negociación con muchos riesgos

El pasado mes de julio ha dejado dos temas relevantes en el escenario económico mundial: la nueva vuelta de tuerca en las amenazas de la Administración Trump para seguir aplicando nuevos y mayores aranceles a los productos chinos y, por otro lado, la explicita confrontación interna del propia Trump con la Reserva Federal, al afirmar en una entrevista que no está “muy emocionado” con las subidas de tipos de interés que en principio tiene programado este organismo para un futuro próximo.    

Un modelo de negociación con muchos riesgos

El pasado mes de julio ha dejado dos temas relevantes en el escenario económico mundial: la nueva vuelta de tuerca en las amenazas de la Administración Trump para seguir aplicando nuevos y mayores aranceles a los productos chinos y, por otro lado, la explicita confrontación interna del propia Trump con la Reserva Federal, al afirmar en una entrevista que no está “muy emocionado” con las subidas de tipos de interés que en principio tiene programado este organismo para un futuro próximo.    

Más allá del alcance macroeconómico de estos temas y de su relevancia para con el ciclo de crecimiento global, de lo cual se ha escrito mucho, la estrategia de Trump se apoya en modos de negociación con rasgos típicos de manual de guerra empresarial al estilo de algunos modelos agresivos de management que proliferaron en los años ochenta del siglo pasado, basados en la creación de un clima de enfrentamiento continuo que busca de forma premeditada crear entornos inestables de los que sacar provecho.


ROMPER EL NÚCLEO DE PODER 


China está iniciando una nueva era con la centralización de poder en torno a su líder Xi Jinping y la aplicación de unos ambiciosos planes de desarrollo para las próximas décadas. Entretanto, Estados Unidos, mediante el catalizador de su controvertido presidente, parece dispuesto a aplicar una estrategia que guerra a “campo abierto” dirigida al núcleo que concentra el poder y la fortaleza del gigante asiático, como gran rival por el dominio económico del siglo XXI.

Se dice que la política proteccionista que enarbola Trump es primitiva e inútil, entre otras cosas, porque los productos chinos objeto de un mayor gravamen arancelario tienen una cadena de valor en distintos países, incluido EE.UU. y porque, en todo caso, serían sustituidos más temprano que tarde por los de otras economías en desarrollo con salarios iguales o menores que los de China, pero esto último, precisamente, podría logar la dispersión de los centros de producción ubicados actualmente en China, de cuajar la percepción del gigante asiático como país de atractivo decreciente para nuevas inversiones, al tiempo que otras economías en desarrollo mejorasen sus expectativas. En todo caso, apuntar de forma frontal al enemigo tiene, sin embargo, el riesgo de que este haga exactamente lo mismo, sobre todo cuando su tamaño es equiparable y ya no digamos si está en claro apogeo. 

Recientemente, tras la aprobación en julio de las primeras medidas arancelarias por parte de EE.UU., China le ha devuelto el golpe en varios frentes, algunos menos visibles pero muy efectivos. Así, a finales de julio, el gobierno chino maniobró para abortar el intento de adquisición de la empresa holandesa de microchips, NXP Semiconductors, por parte del gigante tecnológico estadounidense, Qualcomm.

Qualcomm anunció que se retiraba del acuerdo después de quedar claro que Gobierno chino iba a vetar la adquisición. China fue la última de nueve jurisdicciones nacionales cuya aprobación era necesaria para que el acuerdo siguiera adelante en virtud de disposiciones antimonopolio.

Hay que tener en cuenta que China es el mercado de semiconductores más grande del mundo y el origen de la mayor parte de los ingresos que nutren las cuentas de resultados de  compañías con sede en Corea del Sur, Japón, Taiwán o EE.UU. Este ejemplo muestra lo difícil que es lograr un éxito absoluto, siquiera parcial, con un enfrentamiento comercial total y directo 


RONDAS DE LA APUESTA AL ALZA


Si difícil y arriesgado es el enfrentamiento directo, más lo es la estrategia de apuesta al alza u órdago continuo. Tras concretar la subida de aranceles al acero y al aluminio en abril, las amenazas han ido “in crescendo” y el Gobierno de EE UU ha impuesto en julio una nueva ronda de  aranceles a la importación de productos chinos por un valor de 29.000 millones de euros. Pero aquí no acaba la cosa. Tras una aparente marcha atrás y sucesivas rondas de negociación, de nuevo se recrudece la presión con la posible aplicación de un 25% de incremento de tasas arancelarias sobre una nueva tanda de productos. Esta estrategia busca la negociación sobre una posición de riesgo descontrolado, es como un “mono loco” con navaja de afeitar al que parece imposible calmar y es mejor hacer concesiones para rebajar su nivel de alteración. El problema surge cuando enfrente aparece en algún momento un “gorila loco” que esté dispuesto, a su vez, al todo por el todo. De momento los chinos parecen dispuestos a abrir una y otra vez vías de negociación para ceder a un mono que saben que no está tan loco, pero este papel “comprensivo” por parte del gigante asiático, con tiras y aflojas,  quizás solo busca dilatar una estrategia de farol que tiene muchas contraindicaciones, entre ellas la implicación de terceros y los múltiples frentes de conflicto que pueden volverse en contra de EE.UU. 


TENTACIÓN DE CHANTAJEAR AL DÉBIL


Las amenazas y el comportamiento paranoide, cuando es generalizado y trata a todos los países como potenciales rivales antes de cualquier otra consideración, puede provocar innumerables puntos de fricción y una progresiva pérdida de imagen, porque, entre otras cosas, los otros países no son empresas sino grupos de ciudadanos “consumidores” y potenciales clientes, aparte de fuente de opinión a largo plazo. Pero, asimismo, también es cierto que esta forma de actuar puede lograr acuerdos rentables de efecto rápido, dado el sometimiento de muchos países o grupos económicos comparativamente débiles o sin respuesta coordinada. El ejemplo más claro lo tenemos en Europa, destino de los dardos más efectivos y a la vez más hirientes de Trump, dentro de un club en el que hasta hace poco, todos se consideraban aliados correspondidos o, cuando menos, con ciertos límites pactados. Por una parte se ha hecho evidente el objetivo indisimulado de debilitar la poderosa industria automovilística europea o, por poner otro ejemplo, ha sido notorio el tratamiento displicente en las cumbres de la OTAN, utilizando a los países europeos como meros clientes a los que colocar productos de la industria militar americana (y si había dudas sobre el acuerdo inicial de subir el gasto militar al 2%, Trump sube la apuesta al 4% para que el anterior objetivo parezca un mal menor). En otro orden más político, se alía con el Brexit, apoya a los populistas en Italia o se alinea con cualquier postura política que aliente el euroescepticismo o la división en el continente.

Como colofón temporal de este prologado periodo de amenazas y tensión creciente, los líderes de Estados Unidos y de la UE pactaron un principio de acuerdo a finales de julio. El presidente estadounidense, y el jefe de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, dieron a conocer un marco de cuatro puntos para rebajar las tensiones comerciales. Sin embargo, el acuerdo fue conseguido después de que el bloque europeo otorgara concesiones a Washington. Bruselas aceptó incrementar las importaciones de gas natural licuado (GNL) procedente de Estados Unidos y aumentar las importaciones de soja.  En todo caso, la estrategia de  Estados Unidos también tiene sus riesgos en este caso. Europa es débil por vocación no por medios o dimensión, y China se muestra de modo conveniente como posible socio lógico de los europeos en la búsqueda de acuerdos que pueden fraguar frente al enemigo común en esta coyuntura.          También esta estrategia de ataque indiscriminado puede provocar, curiosamente,  milagros en las alianzas de terceros países, como es el nuevo impulso de integración entre los estados de América Latina al perder confianza en su vecino del norte como socio fiable. La semana pasada los dos mayores bloques comerciales de la región, la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, México y Perú) y el Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), pactaron un “plan de acción” hacia una convergencia entre ambos. El compromiso abarca medidas para eliminar barreras no arancelarias y explorar un acuerdo comercial entre los dos bloques, los cuales suman el 80% de la población y el 86% del PIB de Latinoamérica.


INERCIA CANIBAL


Otro aspecto de la estrategia de continua confrontación del gobierno americano, es la caracterización como enemigo de cualquier agente que pueda contrariar su discurso o actúe de contrapoder a los intereses del gobierno, independientemente de que se sitúe dentro o fuera de sus fronteras. Así, por ejemplo, si de modo pragmático la Administración Trump considera que una subida de tipos de interés puede perjudicar el crecimiento a corto plazo de la economía americana, no hay reparo en atacar a la Reserva Federal por la senda de progresiva normalización de la política monetaria para un futuro próximo, intentando dinamitar, incluso, cualquier dique de independencia a favor del sometimiento. También recientemente fueron noticia las duras palabras que Trump vertió contra algunas empresas privadas que contestaron sus medidas proteccionistas, siendo Harley Davidson el caso más notorio. “Si trasladan su producción fuera de EE.UU. será el principio de su fin”, llegó a decir. 

Esta estrategia del enemigo interno es si cabe de mayor riesgo que la externa y puede acarrear una polarización del discurso que conlleve una continua escalada que afecte a todos los niveles de la decisión de política económica de la primera potencia mundial. Así, en esta inercia de ganancia a muy corto plazo, es difícil aplicar cualquier medida de enfriamiento económico incluso cuando la economía, como es el caso de EE.UU en la actualidad, presenta un elevado crecimiento (por encima del 4% anual) y una tasa de paro en niveles extraordinariamente bajos. Con unas políticas expansivas tan alteradas como los modos de negociación, tendentes a crear déficits de medio plazo y a alargar sin medida la fiesta de un crecimiento prologado para no dar opciones a los rivales, los riesgos se acentúan y el escenario puede recordar a otros momentos de incertidumbre. De hecho, según los datos que la consultora Trim Tabs, esta semana se ha conocido que los fondos que invierten en bolsa han sufrido reembolsos por valor de más de 12.000 millones de dólares en el pasado mes de junio, lo que implica las mayores salidas mensuales desde 2008, en comparación a los meses posteriores al crack bursátil que desembocó en la  quiebra de Lehman Brothers, aunque en este caso las preocupaciones son menores al estar los resortes de la economía más controlados, incluso con los riesgos antes señalados.      

Sin entrar a valorar el impacto puramente económico de las políticas de Trump, su estrategia de tensión continua, enfrentamiento y división, tiene muchos puntos de riesgo pero también puede ser puntualmente beneficiosa en determinados casos. Sin duda tiene un carácter anticuado, más propio del entorno empresarial de fusiones y adquisiciones de los años ochenta, en el que el presidente norteamericano maduró su perfil de hombre de negocios. Esta estrategia podría considerarse como opción en determinados contextos de competencia, pero a nivel de estados, aunque tiene el atractivo de ser rompedora y alejada de la versión más gris del establishment tradicional, puede acentuar el riesgo derivado de aplicar de forma recurrente políticas de corto plazo que además simplifican las decisiones como juegos de suma cero y ganancia rápida, en los que no hay nunca acuerdos donde se obtengan beneficios para todas las partes, ni marco de cooperación que module los límites en busca de cierta estabilidad que favorezca el crecimiento sostenible, porque para Trump, las fórmulas cooperativas y los comportamientos prudentes son, por el contrario, los modos del pasado.