EL DESTINO

La historia de Castilla

Las localidades burgalesas de Frías, Oña y Poza de la Sal son espacios con idiosincrasia propia que ofrecen al viajero una rica visita cultural entre salinas, castillos, iglesias y calles medievales 

Puente medieval de Frías (Burgos). Foto. Cedida por el Ayto. de Frías a Efetur.
Puente medieval de Frías (Burgos). Foto. Cedida por el Ayto. de Frías a Efetur.
La historia de Castilla

Frías, Oña y Poza de la Sal, a caballo entre las comarcas burgalesas de La Bureba y las Merindades, muestran a través de su patrimonio el importante papel que desempeñaron en el pasado histórico de Castilla y León.

Estas tierras, en las que se suceden desfiladeros, montañas, gargantas y rincones de gran belleza natural, acogieron tiempo atrás a pueblos prerromanos, romanos y medievales que dejaron sus huellas por estas tierras hasta dar vida a lo que fuera el condado de Castilla -embrión del posterior reino de Castilla-. Quizás por ello, la mancomunidad formada por Frías, Oña y Poza de la Sal sea conocida como Raíces de Castilla.

En la comarca de las Merindades se ubica la ciudad de Frías, “la más pequeña de España”, según apuntan fuentes de la mancomunidad. Pero su pequeño tamaño contrasta con su gran historia, cuya primera documentación data del siglo IX, época de la que se conservan varios sepulcros rupestres repartidos alrededor de la parroquia de San Vicente.

Tiempo después, bajo el reinado de Alfonso VIII, este destino vivió su época de esplendor convirtiéndose en uno de los centros comerciales, defensivos, administrativos y militares de la zona.

El castillo, el recinto amurallado, las Casas Colgadas, o las iglesias de San Vítores y San Vicente Mártir -ésta última situada junto a un cortado rocoso- son algunas de las paradas imprescindibles.

Un pequeño templo románico, la ermita de Nuestra Señora de la Hoz, y los conventos de San Francisco y de Vadillo son otras de las reminiscencias de su legado histórico, religioso y cultural. Recursos turísticos que se suman a espacios naturales dignos de visita, como la cascada del río Molinar y la que divide en dos el cercano pueblo de Tobera dejando uno de los parajes con más encanto de la comarca.


Otro destino de gran importancia durante la Edad Media fue la localidad de Oña, como demuestra su amplio conjunto monumental y la concesión de su título como “Muy leal y valerosa villa”. El patrimonio de este destino está encabezado por el Monasterio de San Salvador, “el que fuera el más importante de Castilla”. Morada de los últimos condes y primeros reyes castellanos, fue además foco de una intensa actividad religiosa y cultural


El monasterio, fundado en el año 1011, fue “una de las más ricas abadías españolas” durante la Edad Media y la Edad Moderna. Interesante resulta también una visita a los centros de interpretación del Medievo y el de la Resina para descubrir los valores artísticos, arquitectónicos y etnográficos de la villa. La Torre e Iglesia de San Juan, la Judería, y el casco histórico con su arquitectura popular son otras de las paradas recomendables.

Por último, el patrimonio natural toma forma en el cercano Parque Natural de los Montes Obarenes y su Casa del Parque. Aquí se puede disfrutar de diferentes rutas de senderismo y del Valle de las Calderechas.

La última parada nos lleva hasta Poza de la Sal, antigua villa que vio nacer al naturista Félix Rodríguez de la Fuente. Ubicada a los pies de su castillo, en la comarca de La Bureba, ofrece a sus visitantes una fantástica panorámica de los Montes Obarenes, Pancorbo y la Sierra de la Demanda.

Su situación estratégica y sus ricos yacimientos de sal despertaron el interés de los romanos, que convirtieron la localidad en un importante centro productor de sal mediante “un proceso extractivo único en el mundo”, que le valió para convertirse en un potente motor económico de Castilla. El paisaje salinero, con forma de anfiteatro, y el Centro de las Salinas, se han convertido en algunos de los reclamos turísticos más demandados de la localidad.

Destaca también el castillo de la localidad y el trazado medieval del casco urbano, cuyas calles diseñan un laberinto serpenteante a lo largo de la ladera protegida por el recinto amurallado. También destaca la arquitectura tradicional, que conjuga la piedra y la mampostería, la madera y el ladrillo; así como los escudos nobiliarios que se observan en las fachadas.