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Un mundo sin Tony Soprano

La mejor serie de mafiosos de la tv terminaba hace diez años dejándonos con ganas de más prozac 

Un mundo sin Tony Soprano

FUE UN 7 DE JUNIO de 2007 cuando la gran serie televisiva de mafiosos de HBO terminaba marcando un antes y un despues en la historia de las ficciones contemporáneas. Han pasado ya diez años pero el recuerdo de Los Soprano permanece, Tony Soprano -y el fallecido James Gandolfini- ocupa ya un lugar entre los antihéroes, un asiento muy especial entre los mejores personajes que la nueva ficción televisiva nos presentó, haciéndonos querer, odiar y suspirar.Con seis temporadas y un extra que sumaba 21 capítulos en la última entrega, esta serie fue la prueba definitiva de que la mafia nos encanta.

Tomando como referencia eterna El Padrino de Coppola, David Chase creaba la familia mafiosa con más tirón de New Jersey. Un mafioso que nos enseñaba un nuevo concepto de familia, un compromiso real pero no de caballeros con sus conocidos. Un mafioso que es asesino, defraudador, infiel como ninguno, machista y homófobo, un italiano verdadero que llora cuando los patos abandonan su piscina y muere su caballo diluyendo sin remedio la confusa frontera entre humanidad y animalidad. Un mafioso deprimido y que toma prozac. Una paradoja en si misma que confronta al espectador con su realidad, ocurriendo una identificación que es completa y que baila entre el sufrimiento y el orgullo. Durante su visionado hubo que decir adiós muchas veces, personajes que dejaban de formar parte del argumento y cruzaban la frontera entre la vida y la muerte de forma discreta y sin pena ni gloria. Pussy, Adriana, Vito, Tony B, Bobby, Richie, Cristopher... Muertes necesarias pero que a veces parecían imposibles, convulsas, incomprensibles y siempre vibrantes.Tras seis temporadas, la familia de New Jersey se despedía con un final agónico, silencioso y  vacío. 

Tony Soprano llega al restaurante -evocando nuevamente la película de Coppola- y se sienta a esperar a su familia que, contra todo pronóstico sigue completa. Entra Carmela mientras suena Don't Stop Believing de Journey. Entra Anthony junior y un hombre mira a Tony por encima del hombro. Entran dos personas de color, Meadow hace tres intentos para aparcar, llega tarde. Tan tarde que nunca la veremos entrar  y tras una psicosis conjunta que nos hace sospechar de cada uno de los comensales del restaurante, ya somos Tony Soprano. Sabemos lo que hemos hecho y eso impide confiar. La identificación se completa, no debemos dejar de creer, y luego el silencio. La nada.