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La sonrisa más triste del mundo

Chesnutt se pasó media vida vaciando su dolor en canciones a modo de crónica de una existencia llena de dolor, pero en la que  había belleza y ganas de vivir

La sonrisa más triste del mundo

La música siempre se ha alimentado de las cosa más bestias, aquello que nos zarandea, como el amor, la vida o la muerte. Las canciones a menudo han sido la vía que muchos han empleado para hablar a través de acordes, letras o notas; hilos conductores de aquello que el compositor siente de una manera casi animal. 

El éxito de todo esto se consigue cuando el público es capaz de descifrar y sentir por un momento lo que ese conjunto de señales pretende desvelar. A veces están más claras, otras están bajo capas y capas de sonidos y acertijos que bloquean los caminos, pero que si uno tiene paciencia, pronto descubrirá en ellas las historias más brutales. 

Vic Chesnutt (1964-2009) se pasó media vida vaciando su dolor en canciones, a modo de crónica de una existencia inundada de dolor. A veces eran mensajes llenos de belleza efímera que intentaba paladear cada segundo.Otros eran pergaminos negros repletos de acordes disonantes. Y también estaban los mensajes de rabia: canciones llenas de ganas de seguir, de vía estrangulada, de un hombre que lo tenía todo para rendirse, pero que amaba vivir. 

Tanto amaba vivir Chesnutt que los dolores insoportables que padecía –consecuencia de un accidente de tráfico que lo dejó en silla de ruedas– no consiguieron que cesara de componer y de cantar con esa voz rota y torturada, pero también suave y frágil, rozando el lamento. He conocido a gente muy cercana a Vic y sus recuerdos son los de un hombre afable, siempre con un chiste que contar o un proyecto que arrancar. Siempre con la sonrisa más triste del mundo, en su silla de ruedas, con esos sombreros y gorras que tanto le gustaba ponerse. 

Su legado artístico -17 discos- es maravilloso. Destacan “Little” (1990) y “West of Rome” (1991), producidos por Michael Stipe, y “North Star Deserter” (2007), que define a la perfección su mundo.

En su última entrevista, Chesnutt apuntó: “No quiero morir, mas aún porque no tengo dinero suficiente para ir al hospital”. Falleció el día del año en el que la mayoría sonríe y se abraza. Aquella Navidad de 2009, una sobredosis de calmantes acabó con sus demonios y nos dejó sin un artista que, para algunos, significaba un mensaje de vida.