REPORTAJE

Lección de historia en Oímbra

El municipio de Oímbra quiso ayer recordar una de las labores que durante siglos caracterizó la economía del lugar: la producción de vino al más puro de los estilos, el de los lagares rupestres que comienzan a reivindicar. 

Lección de historia en Oímbra

Si no fuese por los atuendos que algunos, o la mayoría de todos nosotros lucíamos -la cantidad de teléfonos móviles por metro cuadrado en las inmediaciones del lagar de Xan Petro, una sospechosa furgoneta blanca cargada de cajas de uva y algún que otro utensilio de reciente manufactura- nadie podría discutir que los más de un centenar de asistentes a la recreación del pisado y prensado de uvas en Oímbra había retrocedido casi cuatro siglos en el tiempo.

Pasadas las once de la mañana, la mayoría de los presentes comenzaban a recordar algunas de las labores propias de este tiempo que, o bien habían pasado a convertirse en recuerdo o, como entre los más pequeños, apenas conocían. Al frente, la alcaldesa del municipio, Ana María Villarino Pardo, la primera en introducirse en el entablado de la prensa para incitar al resto de los asistentes al pisado como antaño, sin botas. Detrás, alrededor de 400 kilogramos de la variedad de uva Dona Branca, recogida por técnicos del Inorde y cultivadas en una de sus fincas próximas. Duraron un telediario, poco más de media hora.

El ímpetu de las féminas presentes -"aínda que antes eran os homes os que pisaban", decían algunas de las que hasta allí acudieron- hizo que el mosto empezase a fluir por los alrededores de la estructura para llenar los antiguos cántaros. Los primeros jugos tardaron en llegar a ellos porque comenzaron a ser degustados por los presentes, comprobando que mucho metabisulfito potásico hubiese sido necesario para contrarrestar el grato sabor dulce del líquido verdoso que comenzaba a recogerse. Y del metal, a las barricas colocadas en uno de los carros preparados para el transporte hasta la rehabilitada bodega de As Barrocas, donde desde ayer ya reposa el resultado de una experiencia lúdico-festiva pero también instructiva, que ya nadie duda de que tendrá continuidad. Y, lo mejor, el final: el ágape que el Concello había preparado al final del recorrido, regado con el fruto de los siglos de historia que ayer se recordó.