CON LOS PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA

El mítico Yasser Arafat

A mediados de los sesenta, apostaba por la violencia como único método de liberar a su pueblo, símbolo de los condenados

Yasser Arafat y Alfonso Sobrado Palomares se estrechan la mano durante su encuentro en Jerusalén.
Yasser Arafat y Alfonso Sobrado Palomares se estrechan la mano durante su encuentro en Jerusalén.
El mítico Yasser Arafat

Había pasado el Sabbat con mi amigo Shlomo Ben Ami, ex ministro de Asuntos Exteriores de Israel, en su casa de Kfar-Saba. Al despedirnos me prometió que iba a hacer una gestión importante para que Yasser Arafat me recibiera. Tardé una hora en llegar de Kfar-Saba a Jerusalén. Al llegar, en la recepción del hotel Rey David me dieron una nota de Shlomo en la que me decía que le llamara lo más pronto posible. Le llamé inmediatamente. Tenía la mejor noticia que podía darme: a las cuatro de la tarde del lunes me recibiría Arafat en La Mukata de Ramala; a esa hora debía estar en el despacho del ministro de Planificación y Cooperación Internacional, Nabil Shaat, uno de los negociadores del proceso de paz. Nabil Shaat es un hombre cordial que crea un inmediato clima de confianza, me dijo que Arafat estaba mal, que lo tuviera en cuenta cuando le viera. Como era el responsable de la negociación por la parte palestina, le pregunté cual era la situación del proceso. Actualmente, dijo,  vivimos una de las situaciones más difíciles en la lucha por la liberación nacional, porque la mayoría de nuestros territorios siguen ocupados. Aceptando las negociaciones y silenciando los fusiles abrimos una nueva época y había que superar las heridas anteriores sobre la base de construir una confianza mutua. En aras de ese futuro pacífico, aceptamos condiciones que ningún otro país ocupado había aceptado antes. Somos conscientes de que el camino que nos llevará a la solución final es largo y sinuoso.

Pero actualmente, ¿en que parte del camino se encuentran? Incluso me atrevería a preguntarle si sigue existiendo ese camino dados los planteamientos del primer ministro Netanyahu y del líder del Hamás Ahmed Yasin.

Los israelíes, debido a la propia historia del pueblo judío, dan a la seguridad una gran importancia. El bloqueo actual del proceso por parte israelí rompe la letra y el espíritu de los acuerdos de Oslo. Impiden que pongamos en marcha puertos y aeropuertos. El aeropuerto cuyas obras de acondicionamiento pagaron España y Alemania puede funcionar en cualquier momento, pero Israel no permite nuestros vuelos.

Sonó el teléfono. Le dijeron que Arafat nos esperaba. Me di cuenta de que nos acercábamos donde nos esperaba Yasser Arafat por los numerosos soldados tirados o sentados por los pasillos, charlando o jugando a los dados. No estaban en estado de alerta sino completamente relajados. La Mukata remodelada, sede central de la Autoridad Palestina, es un complejo de edificios que el antiguo imperio británico construyó como prisión sobre una colina al este de Ramala. Cuando avanzábamos por los interminables pasillos, Nabil Shaat me dijo que era un privilegio que accediera a verme dada la debilidad física por la que pasaba estos días.

Se abrió una puerta y de pronto me encontré al mítico Yaser Arafat, el ex guerrillero más famoso de Oriente Medio, el hombre que había puesto a Palestina en el mapa a lo largo de treinta años de luchas diversas. El hombre que había escapado a las balas sirias, a los obuses jordanos, a las bombas y a los atentados israelíes me tendía una mano temblorosa, pequeña y escurridiza. Tenía un aspecto macilento y frágil, y ¡los labios!, me asombró ver cómo los labios se le agitaban en un vaivén  tembloroso y  constante a causa del Parkinson.

Nos sentamos y recobró fuerzas, o ese me pareció, porque sus ojos empezaron a mirarme como las brasas de una llama antigua; no llevaba las clásicas gafas negras que le daban a su rostro un aire misterioso, ni la pistola en el cinto; en cambio se tocaba con la kefia permanente de los posters.

Me hablaba del proceso de paz y lo consideraba el desafío más importante de su vida. Me dio la impresión que le mantenía vivo la obsesión por salvar el proceso de paz y construir un estado que pudiera convivir con el de Israel. Sabe que si fracasa en esa apuesta los palestinos lo considerarán  un estrepitoso fracaso de la estrategia de Arafat, aunque el gran culpable sea Netanyahu, y que la decepción llevará a buena parte de su pueblo a ir con el Hamás, a regresar a la violencia y tal vez a la guerra que predica el jeque Yasin. A una nueva Intifada. Viéndole tan tembloroso e indefenso recordé las distintas etapas del mito. Tengo en la memoria cuando apareció en el paisaje político internacional, a mediados de los sesenta, apostaba por la violencia como único método de liberar a su pueblo, símbolo de los condenados de la tierra como escribió Frantz Fanon. Entonces repetía en todos los lugares del mundo donde le dejaban hablar: “¡No queremos la paz! Queremos la guerra y la victoria. La paz para nosotros representa la destrucción de Israel y no otra cosa. Lo que algunos llaman paz es la paz para Israel y para los imperialistas. Para nosotros es injusticia y vergüenza. Lucharemos hasta la victoria. Durante decenas de años, si es necesario. 

Recordando ahora ese encuentro, veinte años después, y analizando la situación actual del conflicto entre Israel y Palestina, las cosas no han mejorado sino que han ido a peor. En estos veinte años solo hubo un momento de esperanza, pero duró poco. Fue con Ehud Barak de primer ministro y Shlomo Ben Ami como ministro de Asuntos Exteriores. Bautizaron las negociaciones como “la paz de los valientes”, pero cuando todos esperábamos que estallara la paz llegó el naufragio del fracaso. Barak y Ben Ami culparon a Arafat del fracaso porque consideraron que no era un verdadero líder y no quería serlo, el quería continuar en su papel de mito. Un líder toma riesgos aunque sean impopulares, mientras que un mito no adopta decisiones que menoscaben su carisma mitologico. Vi como el cansancio se desplomaba sobre el frágil cuerpo de Arafat y dije que le convenía descansar. Nabil Shaat aprovechó para levantarse y ayudar a Arafat a hacer lo mismo. Lo último que me dijo al despedirse fue: “El conflicto entre Israel y Palestina envenena las raíces de la convivencia en todo Oriente Medio y la paz significará la pacificación de la zona. Téngalo en cuenta al escribir.”

Después de esta entrevista quedé tres días en Jerusalén para sentir el latido popular en sus calles y barrios. Al recorrerla me daba cuenta de que no visitaba una ciudad, ni caminaba por una geografía terrenal, sino que deambulaba por territorios teológicos donde respira el tremendo pulmón de Dios. El aire en Jerusalén es teología. Sobre Jerusalén se han dicho las cosas más hermosas y se profetizaron las desventuras más terribles. Las desventuras se cumplieron todas, entre ellas la de Jesús que nos cuenta el evangelio de Lucas, en donde dice: “ Te llegará un día en el que tus enemigos te llenarán de trincheras, te sitiarán y te cercarán por todas partes. Te derribarán por tierra a ti y a tus hijos dentro de ti, y no te dejarán piedra sobre piedra.”

La profecía de Jesús no se cumplió una vez, sino cinco veces a lo largo de la historia, y otras quince la ciudad fue conquistada con fervorosas violencias. El nombre de Jerusalén, Yerushalayin en hebreo, significa casa de paz. Es la ciudad donde más se ha amado y más se ha odiado desde hace dos mil años. La ciudad donde más sangre se ha derramado en el nombre de la divinidad, empezando por la de Jesús que era el mismo Dios hecho hombre. Las continuas tensiones y atentados hacen que el turismo baje con gran indignación de los comerciantes, especialmente los árabes de la vía Dolorosa. En varias ocasiones les oí decir: “Nosotros tenemos algo más valioso que el petróleo, tenemos Jerusalén. Es santa para las tres religiones y llegarían peregrinos de las cinco parte del mundo y no nos cansaríamos de vender y vender, pero con una violencia tan constate no vienen. Jerusalén es un tesoro infinito que no podemos explotar debidamente”.

Yasser Arafat murió en el año 2004 sin ver señales de paz por ningún lado. Hoy ocurre lo mismo. La Tierra Santa parece una tierra maldita sin que sus dioses la liberen de sus permanentes demonios.