CRIMEN EN PETÍN

El fiscal: "Venía con la cabeza caliente y mató al Holandés"

Rebajó a homicidio la condena y dejó como encubridor al hermano, con el visto bueno de la defensa

La viuda, Margot Pool, a la izquierda, no pudo contener las lágrimas en la cuarta sesión del juicio.
La viuda, Margot Pool, a la izquierda, no pudo contener las lágrimas en la cuarta sesión del juicio.
El fiscal: "Venía con la cabeza caliente y mató al Holandés"

Juan Carlos Rodríguez González será condenado por el homicidio, pero no por el asesinato, de Martín Verfondern, el Holandés de Santoalla. El fiscal sostiene que le disparó a bocajarro cuando el 19 de enero de 2010 llegaba a la aldea porque "venía con la cabeza caliente de escuchar críticas a su vecino".

El inculpado hace tiempo intentó dar un argumento más plausuible ante la Guardia Civil y el juez instructor: "Conducía como un tolo". Nunca confesó que en casa le habían inyectado en vena dosis elevadas de inquina hacia la víctima. Martín, junto a su esposa, Margot Pool, vivía desde 1997 en una aldea que ya tenía propietario, la familia del acusado. Y el matrimonio quería participar, un derecho que le reconoció la justicia, de los beneficios de los montes comunales.

Un jurado popular con mayoría de mujeres tiene sobre la mesa las 17 preguntas objeto del veredicto para apuntalar la condena. Ayer empezaron a deliberar al mediodía pero la discusión y reflexión les llevó a posponer a hoy la decisión. 

En el mismo lote, va implícita una pequeña pena por tenencia ilícita de armas. Fiscal y los dos abogados de la defensa están de acuerdo y son partidarios de sumar 10 años y seis meses de prisión, de los que lleva cumplidos cuatro y medio. En ese tiempo, no podría poner el pie en Santoalla, pero sí en Petín (el ministerio fiscal pide un alejamiento de 11 años y medio).

Su hermano Julio Rodríguez González quedará exento de ir a la cárcel y pagar la indemnización a la viuda. Y hasta podría, a partir de ahora, acudir al pueblo del que había sido desterrado desde, que a finales de noviembre de 2014, fuera detenido. El delito de encubrimiento del que lo acusa el ministerio público le otorga esos beneficios.

En la cuarta jornada de juicio, hubo sintonía entre acusación y defensa. El fiscal rebajó de asesinato a homicidio al no apreciar la alevosía en la conducta de Juan Carlos (en un principio pedía 17 años de prisión). No le gustó cómo conducía y le disparó. "Es una persona influenciable (...); se le encendió el chip por una discusión tonta, disparó y así intentó agradar a sus padres y hermano", destacó ante el jurado. Pero no cree que hubiera un plan fraternal para materializar el crimen. 

A su hermano Julio, el otro acusado, lo situó en el escenario del crimen cuando llegó a Santoalla con el tractor y vio al Holandés muerto. De hecho, Juan Carlos le ayudó a trasladar el cadáver al asiento de atrás del Chevrolet Blazer del fallecido antes de desplazarse a un paraje vedado a la caza de A Veiga, abandonarlo a la intemperie, en donde estuvo hasta junio de 2014, y prenderle fuego. Ayer, en su derecho a la última palabra, pidió, a su manera, perdón a la viuda. Juan Carlos fue incapaz de articular palabra. Se limitó a llorar. 

El fiscal, a la hora de solicitar la pena, tiene en cuenta el retraso mental de Juan Carlos en su posibilidad más leve. Según sostuvo en su alegato final, distingue entre el bien y el mal perfectamente. "Hasta tiene malicia", dijo en alusión a las conversaciones telefónicas con su cuñada y un amigo cuando tenía el teléfono intervenido por la Guardia Civil. 

El fiscal considera a Juan Carlos autor de un delito de tenencia ilícita de arma. Un arma con la que paseaba a sus anchas por el pueblo, con licencia familiar, y de la que dejó constancia pública la propia víctima cuando comenzó a sentirse amenazada. Su propia abogada lanzó un órdago: "¿Quién tiene la culpa, el discapacitado mental o la gente que lo ve y no hace nada?". 

La letrada considera a su representado otra víctima del caso Santoalla. "No es más que un niño, por su discapacidad mental, no tiene desarrolladas sus facultades (...) y le tenía miedo a Martin". 

La mujer de Martin, aunque acostumbrada a la paz que proporciona el espeso silencio de la montaña, se emocionó más que nunca: "Nunca es bastante porque nada va a hacer volver a mi marido".