RUTAS DE VAL E MONTAÑA

Praderías entre Buciños y Monteagudo

La ruta que se propone, casi a tiro de piedra de la ciudad, discurre entre los términos de Carballedo-Barrela y Cea. Esas tierras casi onduladas donde las praderías abundan y la ganadería intensiva también, atendida por gente relativamente joven. Eso sí, se presiente que la población, envejecida, va a poner el cartel de "deshabitado" a muchos pueblos.

Plaza principal con crucero en Buciños; al fondo izquierda, la casa del escultor.
Plaza principal con crucero en Buciños; al fondo izquierda, la casa del escultor.
Praderías entre Buciños y Monteagudo

Nos fuimos, cuando el mediodía a punto, a caminar por un paraje de praderías, bosques, riachuelos allí, que luego se hacen ríos, como el Búbal, tierras alombadas a caballo de dos provincias, en la fecha, acaso menos propicia para hacerlo porque los caminos encharcados en parte acentuado por el paso de los tractores, que incesantes en el acarreo de purines de unas cuantas porcinas granjas, para rociarlos en las praderías; de ahí el tufillo constante en todo nuestro deambular.

Con todos estos aderezos fuimos por allá a la que cayera, por ruta sin señalizar Chano Santamaría y el que escribe, por una ruta que por improvisada iba a deparar lo suyo y lo cierto es que no hay que alejarse mucho de la urbe para encontrar otros mundos, que a la mano, ni por eso dejan de ser interesantes.


Desde Buciños A Rañadoiro-Monteagudo


Día soleado, de esos que ni frío ni calor, pero que el sol siempre enaltece, cuando nos apeamos en la aldea o parroquia de Buciños, en la plaza misma en la que el eximio escultor Manolo Buciños, que el sobrenombre artístico ha tomado del pueblo, tiene casa ornada su fachada como con un alto relieve de su obra. Lo cierto es que tomar la salida desde aquí nos motivaba aunque decepcionados al principio porque enlazando varios caminos, éstos terminaban en algún lameiro o impracticables por fuera de uso, obligaban a retomar el asfalto; menos mal que como la circulación testimonial, se caminaba tranquilamente sin sobresalto alguno hasta el encuentro con un mastín leonés que vagaba carretera adelante, que se acopló de acompañamiento por un cierto trayecto cuando estábamos a la vera de la Casa Grande o Pazo,  así dicho, que ahora nos señaló un vecino hallado en tractor, que dividido entre dos familiar; la casa con capilla adosada y gran chimenea, dada a la ganadería también.

Unos cientos de pasos nos situaban en corredoira profunda entre muros, taludes, sombreada por unas carballeiras que aun no habían perdido su follaje; camino empedrado pero que de tan erosionado y abandonado exigía más atención.

Encuentro con pastora de ganado precedida de varios ladrantes canes de no buenas pulgas, pero que más atención prestaron al mastín al que por mansurrón no se libraría de ligero mordisco de aquella tropa de enanos caninos. Diálogo con la pastora que resultaría de Buciños, por lo que inevitable hablar de Manolo.

Nosotros continuamos y el mastín como diciéndose que aquella barrera de cánidos, a los que en otro nivel veía, no valía la pena continuar y nos dejaría, cuando ya enfilábamos hacia el valle de Monteagudo con Rañadoiro al paso y su gran explotación ganadera. Nos allegamos a carretera, avistamos el valle de Cartelos-Viana, a las faldas de la sierra del Faro de Chantada y continuando, asfalto adelante sin un auto, pasado el perdigonado cartel en los límites de las provincias de Lugo y Ourense, Chano la emprendió con el levantamiento de una señal, por un tractor abatida, por las profundas huellas de la cuneta, y hasta que la ubicó no pararía porque cierto cabreo con la desidia del concello de Carballedo con su señales o embarradas, o cubiertas por la vegetación, o ladeadas o abatidas. 

Finalizamos la labor cuando un enorme tractor con su cuba para espolvorear los lameiros de nitratos y fosfatos de purines que poco favor le harán. Una víbora hallada muerta en el borde, más adelante una mujer con un par de canes y una cesta a la recogida de berzas en su huerta con Cazurraque a la vista, ya en la provincia de Ourense, como Monteagudo más adelante.


Monteagubo- Río Bubal-Buciños


Las faldas de Monteagudo quemadas, la aldea de bien cuidada, apetecía visita, pero continuamos para más adelante abandonar el poco trotado asfalto y meternos donde camino empedrado ciertas garantías ofrecía. Y siempre bajando hacia donde el Búbal fluía, nos hallamos, lameiro a través, en el paso de un puente de grandes sillares, porque el río aunque por ahí de breve curso, abundante por las resonantes aguas y donde preciso fue abrirse paso entre las zarzas. Otro poco de andadura y tiramos hacia arriba entre castaños hasta hallarnos en las primeras casas de Pico, deshabitadas, salvo alguna donde un can anunciaba su presencia y nosotros la continuidad buscando camino hacia el este y yendo por él hasta hallar la otra aldea de más habitación dicha Enxerto por la que penetramos con algún ladrido de canes y ganamos en unos minutos la carretera que al fondo se veía en la que acomodados dejamos Fufín a izquierda, y en una grande recta, por esa carretera de escasísimo tránsito, entre un par de granjas de vacuno, una de vacas para carne, arriba en Monteagudo, y aquí lecheras, cuando ya entrábamos en Aguado o Eirexe donde una altísima torre barroca no hace sospechar que el templo de elementos románicos, ventanales, cornisas, canecillos, y arco mozárabe en el ábside cuadrangular, por lo que seguramente edificada la iglesia y modificada sobre la marcha o en alguna reconstrucción.

Una señora nos indica que para Buciños hay que tomar dirección Seber donde arribados, al paso como, comidos de solo nueces y medio plátano, las manzanas en vía pública nos supieron como si en su mejor sazón, una fruta que pocos recogen de sus árboles.
Vemos, en Coedo, unas edificaciones ribereñas que se anuncian como Muíños de Muleiro, unas colmenas, ningún nido de velutinas, nos pareció, y al poco una motorizada del rural de Correos en reparto nos pregunta si sabíamos una concreta dirección.

Otra ingesta de manzanas al paso nos dejaba en Torre y ya en Buciños, caminada con mucha pausa la veintena, nos liamos con el que nos pareció único vecino, que lo es pero no de morada permanente, que resultaría ser primo de Manolo Buciños, quien ahora, nos dice, de menos visitas a su casa de las que quisiera, aunque conservada en buen estado. Y ahí rematamos una marcha en la que más de lo esperado hubimos de caminar sobre el asfalto, pero que permite ir relajados del todo por la casi nula presencia de vehículos en algunos tramos.