RELATO

"Calpurnia Abana", de Lucía Vázquez

Lucía Vázquez Morales, del IES As Lagoas, realizó este relato, con el que ganó la categoría 13-14 años de la II edición del concurso "El Jardín de las Letras", convocado por la Escuela de Salud del Centro Médico El Carmen

"Calpurnia Abana", de Lucía Vázquez

- Abuela, ¿me cuentas otro de tus cuentos que no consigo dormir, por favor? - dijo Lucía, que no se acostaba sin su cuento diario de antes de dormir.

- Ya es tarde, Lucía...Bueno...Venga, pero que no se entere tu madre de que te has dormido tarde- contestó la abuela, que le encantaba contar cuentos.

Entonces, la abuela comenzó a contar uno de sus hermosos cuentos que acontecía en un precioso lugar, Auriense...

- Hace muchos, muchísimos años atrás en la ciudad de Auriense vivía una bella joven llamada Calpurnia Abana. Antes de vivir en Auriense, su familia estuvo destinada en Sicilia donde se enamoró profundamente de Mario, un joven marinero isleño.

Pero su padre, un jefe legionario romano, no consentía esa relación, por lo que aceptó encantado el nuevo destino que le ofrecieron en aquella villa al occidente del Imperio Romano, del inmenso Imperio. Después de un interminable viaje de meses de duración por las famosas vías romanas que cruzaban Hispania, llegó a Auriense. 

Calpurnia no quería salir de casa, estaba muy apenada y enfadada. Pasaron los meses y su padre decidió organizar un banquete para que su hija pudiera conocer a algunos de los jóvenes nobles de más prometedora carrera militar, entre los que podía elegir con quién casarse y así olvidar al joven siciliano.

Todos los hombres querían estar invitados a ese banquete, pero sólo acudieron los más prestigiosos de la legión destinada en esa provincia romana. Calpurnia no estaba dispuesta de ninguna manera a conocer a otro hombre, por lo que la noche anterior al baile se preparó un hatillo con algo de comida y se escapó.

Se fue por un camino paralelo a la orilla del río Miño, lo más rápido que le daban sus piernas. Cansada de andar y andar, se sentó en unas rocas en un remanso del río, con la única compañía de la naturaleza, o eso pensaba ella hasta que...¡vio el reflejo de una pequeña figura en el río! En cuanto se giró para ver quién podía ser, ya había desaparecido.

Dos días después regresó a su casa. Una vez que a su padre se le pasó el enfado, comenzó a pasear por esa zona del río siempre que podía. En todos sus paseos por la vera del río Miño, siempre notaba la mirada furtiva de alguien, pero no sabía de quién. Hasta que un día salió del agua una hermosa ninfa y se dirigió a ella portando algo en sus manos.

Calpurnia estaba anonadada y muy asustada porque nunca había visto a nadie parecido a ese ser que le hablaba con tanta dulzura y timidez.

Le contó el motivo de su aparición: Mario, en un arrebato de deseperación y loco de amor, se había hecho a la mar para llegar donde ella estaba, pero su embarcación se hundió una noche en medio de una horrible tempestad y las ninfas de aquellas aguas, que sabían de su amor desesperado, le prometieron antes de morir que cumplirían su último deseo de velar por Calpurnia.

Para ello, Mario podría contemplarla desde que se despertase hasta que se fuese a dormir a través de un enorme medallón que, además de protegerla, lo recordaría. Lo que Calpurnia desconocía era el valor mágico de aquel medallón de oro extraído de las profundidades de la tierra, de un filón que ningún humano podría haber soñado nunca con encontrar.

Los enanos, amigos de aquella ninfa, se habían pasado meses excavando y buscando el oro más puro y desechando el de menos valor, que arrojaban al río en forma de pepitas de oro.

La mina era tan profunda que del fondo surgió magma del interior de la Tierra y los enanos lo aprovecharon para fundir el metal precioso y engarzar un collar tan especial para la joven.

Calpurnia aceptó el destino que los dioses impusieron a su amor y, aun cuando años más tarde conoció a un joven de Auriense con el que formó una familia, siempre se sintió protegida por Mario.

Ese oro desechado por los enanos daría fama al río Miño y a la villa de Auriense por todo el Imperio (como nos recuerda el topónimo ouro-áureo). Y cuando aquella fraga se inundó con el agua de una crecida del río Miño, dio origen a las también míticas aguas calientes de las Burgas, el Tinteiro, la Chavasqueira y de Outariz que aún hoy disfrutamoss los ourensanos y los que nos visitan y que nos impiden olvidar a aquella joven romana llamada Calpurnia Abana de la que hoy se conserva una ara en la que agradece a las nifas su labor.

Aquella noche Lucía durmió feliz soñando con las aguas calientes de este precioso lugar llamado Ourense, la Auria.