Usos y costumbres del verano

Lento vaciado

En tres días pasamos de quejarnos por las colas que entorpecen el tráfico a lamentarnos del aspecto triste y solitario que domina ahora el lugar donde hemos pasado las vacaciones. El turista, tarde o temprano se marcha. Los más listos se van antes para no sufrir el impacto de ver las playas vacías. El resto aguanta en goteo constante de bajas, hasta que la playa, el pueblo, o el exótico destino vacacional, recuperan su calma, una tranquilidad que paradójicamente inquieta muchísimo al veraneante, porque rasca su conciencia en ese lugar que pone ‘todo se acaba’. Y no es tan terrible.

el_lento_vaciado_de_todo_copia_resultNada puede llegar a ser tan molesto como un verano demasiado largo. Ni el calor, ni las picaduras de los mosquitos, ni las inmensas resacas, son cosas saludables. Una persona normal está siempre aborreciendo el verano hasta que llega el invierno. Así que no debes preocuparte si, entre tantas despedidas, se te escapa una sonrisita boba, pensando que por fin podrás dormir con tu almohada, tu añoradísima almohada, tu limpia, fresca, y mullidita almohada, fabricada en exclusiva para ti, en ese punto de tensión y robustez preciso que te hace tan feliz.

SÍNTOMAS
Desde el 15 de agosto venimos notando la decadencia. Sobra pan en las panaderías, así que ya no hay que pelearse por hacerse con los restos del final del estante, que siempre son un trozo de bolla de nueces y pasas, y varias barritas de cereales integrales, muy útiles si tus comensales son gallinas. Ahora tenemos toda la panadería para nosotros pero, sin embargo, se nos ha diluido la alegría. El café te lo sirven en seguida, pero al comentario sobre el agobio que provoca ver el pueblo lleno le ha sustituido ahora el lamento “pues ya se han marchado todos, otro año más”. Un lamento que reconforta al que lo emite pero deprime muchísimo al turista, que opta por no tomar café, ni comprar el pan, ni ir a la playa, ni salir de cama, hasta que llega el momento fatal de la partida. No la de mus, sino la de volver. Incluso entre las mayores melancolías surge una luz: el reto superado de meter millones de cosas en el maletero le hace sentirse a uno extrañamente satisfecho con la vida.

LOS CINCO DÍAS
A todos nos sobran los últimos cinco días de vacaciones, con excepción de aquellas personas que solo tienen tres días de vacaciones. Los últimos cinco días del holgazaneo se corresponden con lánguidas y penosas jornadas en las que el veraneante no levanta cabeza y en las que se va sumiendo lentamente en el triste advenimiento de la vuelta al trabajo. Demasiado tiempo. La pereza lo puede todo y ya no hacemos nada: ¿para qué ir a la playa, para mancharlo todo de arena otra vez? ¿Para qué salir a pescar, para luego tener que recoger todos los bártulos de nuevo? ¿Para qué quedar con amigos, si estarán todos en casa preguntándose para qué quedar con amigos? 

VUELTA AL COLE
La ciudad nos recibe plagada de carteles que anuncian la “vuelta al cole”. Ni siquiera esas sonrisas infantiles enormes, llenas de ilusión, consuelan al conductor del vehículo, que sabe lo que se esconde detrás de esos libros tan brillantes. De todos modos, hemos de agradecer a las empresas estas campañas, porque nos van mentalizando poco a poco. De lo contrario, el golpe sería insuperable. Sospecho que pasar en un par de días de la toalla y el olor a calamares fritos al aroma caoba áspero de la sala de reuniones, es parte de un plan divino para purgar en la tierra nuestros peores pecados.

EL LENTO LLENADO
Todavía hay algo más doloroso que el lento vaciado de los lugares de veraneo y es el lento llenado de los lugares de expiación. Mi teoría es que da igual la ciudad de la que procedan y dónde hayan pasado las vacaciones: ahora mismo todo el universo está regresando a Madrid y eso no tiene solución. Lo hacen además en unos coches grandotes, llenos de trastos, y que circulan tan despacio que en ocasiones, por acción del movimiento de rotación de la tierra sobre su eje, en lugar de avanzar, retroceder. Cada año descubro en el tapón de José Abascal cientos de coches caminando hacia atrás en esas enormes colas de vuelta a casa.


Deberíamos suponer que esos inmensos atascos que en julio estaban llenos de criminales, gritones, quinquis, esquizofrénicos, y especialistas en tocar mucho el pito, ahora estarán plagados de hombres y mujeres de bien, relajados, inofensivos, y educados. Pero por alguna razón que ignoro, al contacto con la urbe, los turistas que ayer sonreían y hasta rejuvenecían de tan sosegados que se mostraban, ahora se han vuelto de nuevo pequeños enanos de fuego, encabronados e incandescentes, capaces de matar a cualquier conductor que no cumpla sus neuróticos designios automovilísticos. Para protegerte de esta plaga de resentimiento y mala uva mi consejo son los tapones en los oídos; al menos mientras no puedas pagarte los desplazamientos en avioneta, en los que, según me cuentan, por ahora no hay demasiados atascos.

SE VAN LAS CHICAS
Y sin embargo, el más doloroso de los síntomas del final del verano en los principales puntos turísticos es el veloz éxodo de esas niñas bonitas que han alegrado las calles durante los últimos meses. Como he comentado en alguna ocasión, seguir su rastro es imposible, y tratar de averiguar dónde esconden sus huesos durante el resto del año resulta una pérdida de tiempo, e incluso un peligro. El científico Michael J. Damp se internó hace algunos años en las tinieblas, siguiendo el rastro de unas bellas muchachas en pleno de proceso de extinción post-veraneo, en una popular localidad costera.

Caminó durante horas, sin agua ni comida, vagando entre tiendas de temporada, rebajas, y extrañisimas tiendas de yogur helado, mientras la niebla iba aumentando alrededor. Cuando por fin estaba a punto de localizar el mágico escondite de estas chicas, siguiendo el rastro de sus perfumes, cegada ya la vista, se despertó entre los bofetones de un gorila de discoteca. Días después demandó a un fabricante de whisky. Perdió el juicio. Y el juicio también lo perdió.