Usos y costumbres del verano

Aparcar en fiestas

Aparcar en fiestas

No sé cómo se lo montan, pero los ayuntamientos organizan siempre las fiestas en lugares que están atestados de gente y así es imposible aparcar. La única vez que conseguí aparcar en unas fiestas de pueblo, aún tenía un grupo de música, y yo conducía el camión escenario. Ahí sí. Nada más placentero que saltarse todas las prohibiciones municipales haciendo uso de ese pequeño y codiciado cartoncito: la acreditación. Sin embargo, por razones que desconozco, los alcaldes se niegan a acreditar a todo el mundo, así que la mayor parte de la gente tiene que buscar una plaza de aparcamiento mientras suena la verbena.

EL TAMAÑO
Aparcar consiste en meter una cosa dentro de otra, procurando que la primera sea más pequeña que la segunda. No obstante, en fiestas se permite también que sea al revés, siempre y cuando el trozo que queda fuera no sea superior al que queda dentro. Los cálculos sobre el tamaño del sitio y el coche están muy bien cuando hay coche y hay sitio, pero a menudo en estas fechas no existe ninguna plaza de aparcamiento, si pasamos por alto la opción de tirar el coche al mar. Aunque pueda parecer una buena idea al principio, ya te adelanto que ocasiona muchas incomodidades después, al terminar la fiesta, cuando intentas sacarlo de ahí. Últimamente parece que fabrican los motores de cartón y no hay manera de arrancar un coche que ha pasado un par de horas de nada bajo el mar.

LA PERICIA
Hay dos tipos de conductores, los que aparcan el coche en la calle y los que aparcan la calle en el coche. 

APARCAMIENTO GRATUITO
Ese letrero de madera improvisada. Mil veces lo hemos visto alrededor de la feria. Tierra, baches, piedras, y un millón de coches colocados estratégicamente de modo que si aparcas el tuyo, ninguno podrá salir de allí. Los jugadores de Tetris cuentan con cierta ventaja en estas situaciones extremas. El problema es que muchos de los que tienen que sacar su coche mientras tu bailas en la verbena, no son fans del Tetris, sino de esos juegos en los que hay que romper ladrillos. 

DEJAR LAS LLAVES PUESTAS
Siempre hay gente desesperada por llegar al centro de la fiesta. Siempre hay alguien que no aguanta más sin bailar, o sin su plato de pulpo, o sin pedirse un vino. Siempre hay alguien que, en definitiva, decide que el mundo se detenga en ese mismo instante porque nada ni nadie va a impedir que aparque donde le de la gana. Siempre hay alguien que deja el coche en el medio de todo el lio, y deja las llaves puestas, porque aquí “todos los vecinos estamos en familia y si molesta, que lo muevan, y punto”. Y siempre hay alguien que se queda sin coche en fiestas. Eso sí: que le quiten lo bailado.

NO HAY MULTAS
No te preocupes. Rara vez la policía se dedica a poner multas en fiestas. Días y días haciendo la vista gorda. Es la única solución para admitir esos coches subidos a las glorietas, y esos otros aparcados en triple fila; que para conseguir sacar al primero sin mover los otros dos es necesaria la intervención de al menos tres satélites militares y un helicóptero de tráfico. A veces también se necesitan las llaves del coche. Si no las encuentras, asegúrate que no se te hayan caído en el gintonic. Los gintonics de ahora son el fondo del océano: con tanto chisme, si se te cae algo dentro, necesitarás varios buzos militares para rescatarlo.

NO APARCAR
La ventaja del 14 y 15 de agosto es que son días en los que todo el mundo está de fiesta. Así que si no consigues aparcar en el primer pueblo al que te diriges no te preocupes, avanza hasta el siguiente. Siempre hay alguno cuyo concejal de cultura se ha dejado el presupuesto en tonterías culturales en vez de pagar unas buenas fiestas, y ahora hay un desastre de actuaciones, ni una sola atracción que merezca la pena, nada de comida gratis, y muchísimo sitio para aparcar.

VETE ANDANDO
Comprendo lo doloroso del asunto. Pero ir andando a las fiestas proporciona numerosas ventajas para la salud. Una vez fui andando a unas fiestas en la gran ciudad. Era la Semana Grande y no había manera de aparcar. Así que decidí, armarme de valor e ir caminando. La distancia era de unos 500 metros. Pero eso no achicó mi voluntad. Desayuné fuerte. Me armé con botellitas de agua, chocolate, y bebidas energéticas, y tabaco para resistir tres semanas perdido e incomunicado. 


ItxuTambién me instalé en la muñeca uno de esos cacharros que te avisan justo antes, cuando estás a punto de infartar, para que no te lo pierdas. Y finalmente di aviso a Protección Civil: “Emprendo marcha andando hacia las fiestas. Repito: voy andando dirección fiestas”. 
Los servicios de emergencia se movilizaron desde el primer momento y organizaron un hospital de campaña a mitad de camino, por el miedo a que a los 300 metros sufriese un desvanecimiento. Por si acaso, aún en el descansillo de la escalera, volví a entrar en casa para desayunar de nuevo, esta vez salado, e ingerir un par de litros de agua. Revisé cada punto de mi cuidado calzado y vestimenta deportiva, y me eché a la calle, con arrojo, valor, tesón, constancia, y raza.
Entonces divisé a Pepe que me esperaba ya en doble fila, en la puerta de casa, y con el motor encendido. Y nos pegamos unas fiestas dignas de la Semana Grande.