Usos y costumbres del verano

La batalla de la siesta

La batalla de la siesta

Despertaos! Estamos en guerra. Han comenzado las hostilidades más salvajes contra la siesta y eso es lo único que a día de hoy puede unir a todos los españoles contra un mismo enemigo. Tiemblen las entrañas de la tierra. Que cuando se reúnen los españoles para algo, la diversión está asegurada. Ganen o pierdan. Declararle la guerra a la siesta, a la gran siesta del verano, es una provocación inadmisible, por la que, sencillamente, no vamos a pasar. Ante tamaña ofensa del enemigo, nuestra ilustre nación va a levantarse; o más bien, va a darse la vuelta y va a seguir durmiendo. 


Ya no se trata de un asunto cultural, sino de vida o muerte. El hombre –esto excluye a los centroeuropeos- no puede pasarse once meses sentado en una silla tecleando en su oficina, y de pronto ponerse a hacer actividades de riesgo extremo como ir a la playa o trasnochar en la verbena, sin el reposo de la primera mitad de la tarde. Lo contrario es exponerse a que, en cualquier momento, se produzca un desvanecimiento.  

DURACIÓN DE LA SIESTA
La historia de España es la historia de una larga siesta. Científicos americanos, alemanes, y suizos, es decir, gentuza sin fundamentos, están trabajando en presuntas investigaciones que aseguran que la siesta podría estar bien, siempre y cuando no dure más de veinte minutos. Pero todo español de bien sabe que veinte minutos es lo que tarda el cuerpo en empezar a aclimatarse en el interior de la cama, y sin los pies calentitos no hay siesta ni nada de nada.


La siesta puede convertirse en una tortura. Cuentan de Dalí que sesteaba con un tenedor o unas llaves en la mano, de forma que cuando comenzaba la relajación muscular y se quedaba dormido, el ruido del objeto cayendo al suelo le señalaba el final de su siesta. Dice Dalí que se encontraba como nuevo después de este pequeño paréntesis. Lo celebro por Dalí, pero yo no consigo conciliar el sueño con el vilo de saber que en cualquier momento, ¡chacachás!, se me van a caer las llaves al suelo, metiéndome un susto de muerte. 


Me siento mucho más cerca de Cela y su extendida teoría: que la siesta ha de dormirse con ‘pijama, Padrenuestro, y orinal’. Si bien, la alusión al orinal, muy popular en tiempos jóvenes del escritor, hoy resulta repugnante, lo del pijama es fundamental, totalmente innegociable, al menos durante el verano. 
En resumen, la siesta debe durar todo lo necesario. En días de vacaciones, se sabe que has dormido bastante cuando hay poca luz en la habitación, no recuerdas bien dónde estás ni quién eres, y el estómago te pide al mismo tiempo cereales con colacao y una cerveza con chistorra.

EL MUÑECO DE GOMA
El dormidor profesional de siesta se encuentra a menudo con muchos enemigos. El peor de todos es El Enérgico, alguien que no necesita dormir la siesta porque ‘descansa de maravilla por las noches’. Desconfía siempre de quien no duerme la siesta. Einstein era muy listo y dormía la siesta. Imagino a sus enérgicos colaboradores dando la brasa con cientos de tubos de ensayos humeantes después de comer, todos gritándole alrededor de la cama. Y al genio, intentando dormir, y diciéndoles: ‘chicos, salid de inmediato al jardín y medidlo todo, que he calculado que en diez minutos se van a invertir durante cuatro horas los polos de gravedad de la Tierra por acción de un lapso relativo del espacio-tiempo y su rotación infinitesimal interna de doble núcleo, y es probable que comiencen a llover marcianitos verdes’.


Distraer la atención es truco de viejo dormidor de siesta. Pero ahora que la mayor parte de los trabajos consisten en estar sentado en un ordenador cotilleando las redes sociales durante horas, muchos genios prefieren dormir la siesta con ayuda de un muñeco de goma. Ataviado con tu chaqueta y corbata habitual, y una peluca discreta –evita los colores fosforitos-, debes situar al muñeco en tu ordenador, en una pose ensimismada, y con un texto muy largo y con letra muy pequeña en la pantalla. Un buen ‘Lore ipsum’ es perfecto. Nadie se acerará a interrumpirte. Y ahora, corre a dormir.

APAGAR EL TELÉFONO
La siesta es incompatible con el teléfono. Hay un montón de tipos entre tus contactos que son en realidad espías del enemigo, y que están esperando ‘ese momento’, ese instante en el que te quedas frito para llamarte, por el placer de escuchar una voz ronca y cansina y decirle con legendaria obviedad: “¿no te habré despertado, verdad?”. “En absoluto, hombre, estaba ahora precisamente ordeñando una vaca en el tejado de casa. Te llamo en cuanto acabe”. 
Contra este tipo de violencia gratuita que ejerce el enemigo contra el epicentro de nuestra cultura, mi consejo es apagar el teléfono para dormir la siesta. Y no volver a encenderlo hasta el verano que viene.

BENEFICIOS
Hay demasiadas teorías científicas sobre la siesta elaboradas por gente que jamás se ha detenido a dormirla. Sólo quien se despierta a las seis de la tarde con el canto de los pajaritos sabe qué siente el cuerpo y el punto exacto de relajación que alcanzan cada uno de sus músculos. Personalmente, he investigado durante años todo este asunto y estoy condiciones de afirmar que la siesta mejora notablemente tu habilidad para quedarte dormido durante la siesta. Pongo la mano en el fuego.

EN GUERRA
Por último, no olvides todo lo que hay en juego en esta batalla por la siesta. Si no quieres dormir por tu propio beneficio, de acuerdo, hazlo por el de los demás, y si no, al menos, no molestes a los compatriotas que estamos en primera línea, en el frente, planchando la oreja como un solo hombre ante el peligro. El enemigo busca despertarnos con sus martillos hidráulicos, con sus correos electrónicos urgentes, con sus reuniones inaplazables, e incluso con el falso señuelo del ocio; ese amigo que te parte la sobremesa: “¡vente a las cuatro a bajar el Niágara en kayak, será genial y tengo una plaza reservada para ti!”. No caigas en la tentación. Recuerda que en la guerra no puedes fiarte de nadie. Y sobre todo, recuerda siempre las sabias palabras de John F. Kennedy, gran dormidor de siesta: “No te preguntes qué puede dormir tu país por ti, pregúntate qué puedes dormir tú por tu país”. 

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