Usos y costumbres del verano

Una borrachera elegante

Una borrachera elegante

El verano es tiempo de excesos, de roces desagradables con cuerpos masculinos, de falta de aire, y de ingesta salvaje de alcohol. Todas ellas son prácticas que suponen un insulto al buen bebedor. Hay que huir de la borrachera comunitaria. Más que nunca si la trompa incluye compartir en el mismo recipiente cualquier brebaje. Intercambiando babas en botellas o pajitas. Ya sea para beber esa distorsión intelectual y ortográfica llamada kalimotxo, ya sean esos jarrones de vino de la tierra –que tal vez nunca debería haber salido de la tierra-, que algunas personas intentan beber por absorción rociándose directamente el cerebro, o ya sea esa cerveza caliente, en litronas a las que cualquiera puede besar.

Emborracharse en celebraciones populares no tiene mérito. Una de las grandes incógnitas del periodismo local es por qué seguimos considerando noticia la monumental merluza de un joven en los sanfermines, y no la existencia de uno que ha logrado acabar sobrio. Beber cuando todo el mundo bebe es demasiado aburrido como para ser elegante.

El lugar y la hora

Uno puede beber donde le plazca. Cumplir o no la ley no está reñido con la elegancia. Pero hay copas que otorgan belleza a una silueta, y otras que convierten a quien las sostiene en una caricatura.

En verano se debe beber siempre con moderación, salvo cuando todo el mundo ha decidido que ha llegado la hora de abandonar la bebida. La borrachera elegante nunca se persigue, ni se tiene planeada. Pactar una cogorza es propio de tipos de flojo carácter y dudoso gusto. Y eso, la gran tajada, es al fin lo que persiguen los entusiastas de esas juergas donde a beber se le da la misma importancia que a rociarse con vino la camiseta, donde ligar se convierte en algo equiparable a comer hasta explotar, o donde la música queda ahogada detrás del griterío salvaje.

La curda elegante no conoce la hora ni el día, ni el contenido de su perdición. Tampoco la compañía, ni de nada de lo que ocurrirá. Es más, la curda elegante lo niega todo al día siguiente. Aunque algunos estudiosos de la materia, como mi amigo Manolo Portabella, consideran que lo elegante al amanecer es “no negar nada de lo que se te acuse haber perpetrado el día anterior, por extraño, absurdo, e imposible que te parezca”. Y quizá no le falta razón al señor Portabella, porque en toda borrachera de galán existe dos factores claves: la improvisación y la tendencia al absurdo. Eso significa que no deberías negar a tus amigos que anoche te empeñaste en dejar propina a la máquina de tabaco.

El modo de actuar

Los idiotas se embriagan y corean consignas políticas, poniéndose aún más pesados que antes de empezar a beber. El tipo inteligente al que el alcohol le ha prendido la chispa del ingenio, prefiere iniciar una cruzada a favor de la almeja asiática con profundos sermones filosóficos sobre el asunto, recabar apoyos en cualquier discoteca moderna para bailar un vals, o mantener un silencio definitivo, inmensamente elocuente a la par que desconcertante para quienes no comprenden la razón de ser de la curda aristocrática.

Vandalismo

Después de entonar cánticos regionales, nada hay más previsible que destrozar cosas tras haber bebido de más. Los ayuntamientos fracasan en la lucha contra el vandalismo porque tratan de convencer a los jóvenes de que eso les convierte en ciudadanos inciviles e insolidarios. Cuando lo único cierto es que sólo los vuelve un poquito más gilipollas.

La diferencia entre un energúmeno borracho como un piojo y un galán tambaleante por el efecto de las burbujas etílicas, es que el primero rompe a patadas la puerta de un comercio, mientras que el segundo se afana en pintar un paso de cebra que se ha desgastado con un pincelito de Tipex, poniendo, eso sí, gran empeño en no mancharse el traje.

El baño

En verano, en curdas muy especiales, se puede acabar la juerga en la playa e incluso bañarse a la luz de la luna, placer único que Occidente ha destronado estúpidamente. Eso sí: el borracho elegante ha de bañarse completamente vestido y despreocuparse del teléfono o la cartera. Eso es lo gracioso, lo imprevisible, y lo genial. Hacerlo en pelotas con un brazo en alto para no mojar el móvil es de gallinas. Pero de gallinas sin talento, además.

Las sílabas

El animal borracho se vuelve monosilábico aún en frases que originariamente deberían tener medio centenar de sílabas. Olvida las consonantes, repite lo mismo sin descanso, y se acerca tanto a tus narices para hablarte que parece que quiere convencerte encestándote el argumento en el cerebro.

Por el contrario, en la borrachera refinada, el hombre deja resbalar fugazmente algunas consonantes pero se esfuerza en hablar con naturalidad a su interlocutor. Por supuesto, si el interlocutor está sobrio, el galán borracho se busca a otro que al menos juegue en igualdad de condiciones. Si no lo hay, se dirige al objeto inanimado más próximo. Mejor una farola que una papelera. Pero lo más elegante es sentarse en un banco y conversar sobre la actualidad del mundo del criquet con un hombre imaginario.

Discusiones ideológicas

En la borrachera elegante no se intenta convencer de nada a los demás. Más bien al contrario, se les apoya con entusiasmo en sus ocurrencias más idiotas, conocedor del efecto destructor de lograr el apoyo de un despreciable borracho.

Las damas

El galán borracho regresa a menudo a cuando los hombres sabían hablar con educación y respeto a las mujeres. Y como Don Quijote en sus delirios, se pasea por la discoteca blandiendo copa y sonrisa, cruzando sus ojos con los ojos más bellos, y conversando con las más guapas, sin más propósito que evitar a toda costa que la cogorza se vuelva evidente.

El estómago

A los malos borrachos les duele el estómago y evacúan lo bebido por lo servido en horrendos espectáculos con cuya descripción no voy a torturarles. El buen galán carece de estómago, desconoce que haya una parte del cuerpo que se encargue de hacer cosas tan sucias, y no sabe conjugar el verbo vomitar.

La verticalidad

Si uno ha calculado mal. Si uno ha bebido por estar muy feliz, como recomendaba Chesterton –nunca bebáis por estar tristes-, si ha perdido el control de su distinguida cogorza, debe declarar la emergencia. Puede solventarse con una retirada, aunque esto es más propio de cobardes que de hombres de bien. Por eso los manuales del buen borracho insisten en el culto a la verticalidad. La gran prueba de fuego. Mientras uno sea capaz de mantenerse vertical, con una copa en la mano, en posición relajada, y en condiciones de recordar su propio nombre, la curda transita por los senderos de las buenas costumbres.