Usos y costumbres del verano

Cambiarse en la playa

Cambiarse en la playa

El verano es tiempo de extraños enigmas. Desde la época de Julio César la ciencia investiga sin éxito por qué las mujeres que portan diminutos bikinis necesitan después desplegar una tienda de campaña militar en mitad de la playa para cambiarse de traje de baño. Los antropólogos, siempre entusiasmados por toda esa gente que vive en porretas día y noche, estudian ahora el fenómeno en su vertiente masculina. Salvando los kilómetros de distancia, están encontrando luz en la análoga caminata de media hora selva adentro que se pega un varón normal de excursión por el Amazonas para separarse del grupo y poder hacer un pis en calma.

EL CAMBIO MASCULINO
El hombre es un animal al que la desnudez no le hace bien. Un hombre desnudo es un ser lamentable en casi toda circunstancia, por más que los cabecillas de la corriente Aquí No Pasa Nada (ANPN) paseen alegremente por los vestuarios masculinos dejando sus más íntimos apéndices al albur de los vapores. Por suerte, la mayor parte de los hombres somos conscientes de esta problemática, y tratamos de evitar a toda costa que el fenómeno del ese ridículo despojo invada nuestra existencia. 
Desde esta óptica se entiende mejor por qué los hombres necesitamos siete personas sujetando la toalla para cambiarnos de traje de baño. Y además necesitamos un informe confidencial previo sobre esas siete personas, para asegurar que se trata de gente de máxima confianza, que no hay infiltrados, y que carecen de interés alguno sobre lo que ocurre al otro lado de la toalla, sin que eso signifique que desprecien la importancia capital de lo que está aconteciendo ahí dentro.

CAMBIADOR SOTB
Cuando un hombre no dispone de nadie que pueda aguantarle la toalla, debe evitar el contacto con el mar, o aguantarse con el traje de baño mojado para siempre. Pérdida total de dignidad masculina: esos cambiadores formato Suegra On The Beach (SOTB), moteados con retazos fluorescentes, y que se ajustan al cuello con una goma, mientras se abren como cortinas hasta el suelo. Antes de cambiarse utilizando un artilugio de estos es preferible morir devorado por un tiburón de plástico.
Las mujeres, en cambio, pueden utilizar con dignidad el SOTB, por una razón: las mujeres pueden hacer lo que les de la gana. Entre otras cosas porque, a fin de cuentas, lo van a hacer igual.

EL VESTUARIO PLAYERO
Como parte de las exigencias para la bandera azul, alguien se ha empeñado en instalar tanto baños públicos como vestuarios en nuestros arenales. Un despropósito. Por culpa de esta iniciativa, los bañistas se creen que ahora está bien visto aliviar cualquier dolor en plena playa, tan solo por hacerlo en el interior de un habitáculo de muy discutible canalización sanitaria. 
No hace tanto, aún no habíamos perdido todo sustento moral, y las personas sabían que en la playa no se puede hacer nada. Uno ha de venir preparado de casa y debe largarse cuando el aguijón de la urgencia fisiológica se lo indique. La prolongación antinatural de la estancia en la playa durante horas haciendo constante uso de los baños es una cochinada. 


Lo mismo ocurre con los presuntos vestuarios. A esta caseta, ese horrible lecho de arena mojada y fría, en una playa solo deberían entrar los científicos, en particular aquellos que estén examinando la riqueza de hongos que llegan a acumularse cada verano, procedentes de pies de todos los rincones del mundo.

CAMBIARSE EN EL COCHE
Una de mis técnicas más depuradas consiste en cambiarme de traje de baño en el interior del vehículo en el propio aparcamiento de la playa. De ordinario, me dejo caer en el asiento del conductor, pero apoyando la cabeza en el del copiloto, de forma que el freno de mano me atraviese con fuerza el espacio costillar 13-14. Al instante, tiro de la palanca que mueve el asiento y me impulso en el volante con intención de ganar el máximo espacio posible. Algunos expertos creen que lo mejor es bajar el freno de mano para no dañarse la espalda, y controlar movimientos aleatorios del auto empujando el freno con una de las manos libres. El problema es que para realizar esta operación hacen falta al menos tres manos, y esto reduce considerablemente el número de hombres que la pueden llevar a cabo. Crees que es muy vergonzoso que alguien te vea cambiarte dentro del coche, hasta que descubres lo que supone arrasar el arenal con un vehículo fuera de control, ocupado por un bobo en pelotas que olvidó empujar bien el freno con la mano.


Nunca retiro el freno de mano pero sea como sea, llegado el momento, miro alrededor para confirmar que no hay humanos a la vista, y con un ágil golpe de cadera, elevo los pies hacia el techo, al tiempo que retuerzo la cabeza hacia la parte posterior, tirando con fuerza de la goma del bañador, y atravesando entonces el momento crítico: el culo al aire y en pompa pegado a la ventana, con el traje de baño enredado en las rodillas. Es importante zafarse rápido del lío porque la playa ahora está llena de tipos con iPhone en la mano cuya única misión en el mundo es fotografiar culos de periodista en apuros empotrados en la ventanas de sus propios coches.
Una vez que he logrado desembarazarme del enredo, la siguiente operación exige levantar los pies y flexionar las rodillas, para introducir las piernas por el agujero del traje de baño. Pero es en ese doloroso segundo cuando te acuerdas de que está en el maletero. Alcanzado este punto, son dos las posibles soluciones. 


La más socorrida es no pensar, abrir la puerta, salir corriendo al maletero, coger la ropa seca, y volver corriendo a la base con cara de aquí no ha pasado nada (ANPN). Tengo amigos que son capaces de hacer esta operación rompiendo la barrera del sonido, y por tanto sin posibilidad alguna de ser detectados. Por mi parte, un vistazo a Google Maps muestra en varias playas a un tipo que se parece mucho a mi, con cara de pánico intentando rebasar la envergadura del coche como Dios lo trajo al mundo. Por suerte, difuminan los rostros. La otra táctica es reptar en absoluta desnudez por el interior del coche, abatir los asientos y precipitarse al maletero. No estoy seguro de que este espectáculo resulte mucho más digno ante las cámaras y los satélites de Google.

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