Usos y costumbres del verano

'Un día de bosquing'

'Un día de bosquing'

La vida de un periodista está llena de sobresaltos. La diferencia con otro tipo de profesiones es que nosotros hemos decidido voluntariamente meternos en líos. Para explicar lo que se siente en el interior de un bosque he tenido que armarme con mi cuaderno de notas y mi cámara de fotos y lanzarme entre los árboles lejos de la gran ciudad. Todos los peligros al acecho.

El verano es tiempo propicio para el ‘bosquing’, que es como se llama ahora lo de ser gilipollas y salir de paseo por el campo.

ARBOLES

Lo primero que llama la atención a quien se adentra en el bosque es la existencia de árboles. Es un hallazgo sorprendente, porque estoy casi seguro de que ninguno de ellos estaba hace cien años. Es posible que alguien los haya plantado o que algún pajarito haya distribuido semillitas para hacer un bosque. La naturaleza tiene sus procesos y casi todos son ajenos a la lógica humana. Eso explica
por qué llevo diez minutos atravesando un bosque lleno de animales vivos y no hay ni un bar donde comérselos fritos acompañados de una caña. El bosque está mal pensado. Los hombres de negocios siguen poniendo áreas de servicio con cafetería, tienda, y duchas en las autovías, cuando donde realmente hacen falta es en medio del monte. Es increíble que nadie se de cuenta.

A propósito. Los árboles tienen nombre. Algunos se llaman robles, otros podrían ser eucaliptos, y los que escupen erizos de mar creo que se llaman castaños. El resto son árboles sin más, pero si quieres tirarte de la moto con los colegas, di que has visto un abedul.

SUPERVIVIENCIA

El primer hombre en experimentar la supervivencia fue Pepe Paleolópolis, un griego adelantado a su tiempo –y tanto, vivió varios millones de años antes del nacimiento de Varoufakis-. Como casi todos los trogloditas, vivía en el monte. Solo los más adinerados podían hacerlo en la costa. Muchos habían construido chozas en lo alto de los árboles. Quizá por eso sabemos hoy que todos los trogloditas sonámbulos murieron antes de cumplir la mayoría de edad.

Paleolopolis disfrutaba muchísimo con sus paseos por el campo, sobre todo porque no conocía que un poco más al norte había unas salas de cine con inmensos cucuruchos de palomitas. En uno de sus paseos se perdió y nunca pudo regresar a su casa. Sabemos de él porque lo dejó todo escrito en su iPad, que se ha encontrado junto a huesos de mamut. Suponemos entonces que o Paleolópolis se alimentó de mamuts, o bien un mamut se comió a Paleolópolis. No obstante, aún siendo el primero que ha documentado su apuesta por la aventura extrema, tampoco podemos asegurar que lo suyo fuera exactamente un éxito. Cuando los arqueólogos encontraron a Paleolópolis, miles de años después, tenía muy mala cara.

La clave de la supervivencia se encuentra en lograr sobrevivir. En esto están de acuerdo prácticamente todo los estudiosos. Para vivir necesitamos comida y bebida, aunque no necesariamente en las mismas proporciones. El resto de necesidades básicas no son problemáticas porque en la selva salen muy baratas.

Comer es sencillo siempre que sepas distinguir lo que se puede comer y lo que no. En el campo todas las cosas que tienen buen aspecto son venenosas, y las que tienen mal aspecto probablemen- te también. En cambio se pueden comer las peras, las moras, algunas bayas –excepto las que acarrean faltas de ortografía- y prácticamente todos los yogures que encuentres, siempre que se hayan conservado en nevera. Los perales no son fáciles de encontrar y las bayas suelen comérselas los pájaros antes que tu, pero eso te permite matar un buey y comértelo asado sin cargo alguno de conciencia, ya que nadie podrá negarte que esta vez has hecho todo lo posible para intentar comer sano.

TODO PINCHA

En mi paseo campestre de esta mañana, para documentar este texto, queda demostrada una vez más la primera ley del bosque: todo lo que no pincha, urtica –hoyes un día importante para el español, porque según la RAE estoy inventando el verbo-. Si encuentras algo que no pincha, ni urtica, echa a correr, porque eso significa que muerde. Las mordeduras de los animales del bosque no son como esos graciosos arañazos de los bichos domésticos.
El oso, por ejemplo, no acostumbra a morder con tanta frecuencia como en los dibujos animados, pero si te cruzas con él y le resultas modesto –por ejemplo, si has olvidado ducharte y apes- tas-, su agresión será, casi con total seguridad, mortal. Ocurre que el bosque no se rige por la carta de Derechos humanos y que la mayor parte de los depredadores se pasan por el forro de sus bigotes la Convención de Ginebra. Así que la hostilidad hacia los humanos se palpa por todas partes desde que pones un pie en el bosque. Llegas a preguntarte de qué viven todos esos mosquitos cuando tu no paseas por el campo.

ACTIVIDADES DE OCIO

Sin duda, lo más divertido que he hecho en el bosque es el tiro con arco. Naturalmente lo practico a más de diez metros y con manzana sobre la cabeza de mi amigo Pedro, a quien dedico estas líneas a modo de homenaje póstumo. Cayó en la segunda flecha. Como él, otros tantos, aunque cada vez voy atinando mejor la puntería y la última vez que estuve disparando en el bosque, con Jacinto sosteniendo la manzana en su cabeza, tan solo le rebané la oreja. Después pudimos pegarla con resina de pino porque, esa es otra de las ventajas del bosque, y es que está todo lleno de remedios naturales. Si no has estado nunca te diré que es como una inmensa herboristería. Eso sí, no te sientes a esperar a que salga la dependiente de entre los matorrales. No hay dependienta – imagino que todas habrán sido engullidas por osos- y, si la hay, es muy probable que no sepa en qué estante se guarda nada. La gente ahora sale de la carrera muy poco preparada, incluso para algo tan sencillo como para atender una tienda de hierbas en un lugar donde no hay otra cosa que eso por todas partes.

En síntesis, la práctica del ‘bosqing’ resulta un complemento perfecto para el veraneante urbano. No solo por sus actividades de ocio, sino porque al regresar a casa después de quince días acampado, saltarás de alegría al encontrarte con la ducha de agua caliente, la nevera, y una cama en el que el único bicho eres tú y, a priori, no picas.