Usos y costumbres del verano

Escribir una carta

Escribir una carta

Una de las actividades preferidas del veraneante es escribir cartas. Las nuevas tecnologías han estropeado casi todas las tradiciones bonitas y nos han dejado las manifestaciones del pueblo más ruidosas y molestas. Entre las sutilezas dinamitadas, esa bella costumbre epistolar, en forma de papel o de postal. Me propongo recuperarla hoy, y así al menos esta extensa saga de Usos y Costumbres del Verano habrá tenido una misión concreta y salvífica; al menos en lo que a la salvación de las cartas se refiere. Dedicadas van estas líneas, naturalmente, a todos los carteros que en el mundo han sido. Porque representan con simpatía lo que el tiempo se llevó.

Soy consciente de que las nuevas generaciones –que cada vez son más- desconocen qué es una carta. Para ellos, la explicación. Un trozo de papel con cositas así, como garabatos hechos a mano. Algo parecido a las raras inscripciones que aparecen en los jarrones chinos pero en cristiano. O sea en español-europeo-occidental–no latino, versión 3.0. El folio es muy fácil de identificar: es lo que escupe la impresora. Y en cuanto a los postales, menos comunes hoy, son wallpapers de cartón.



EL SELLO

La diferencia entre una carta que no llega a su destino y otra que sí lo hace es un pequeño trozo de papel de color, con el rostro de alguien, que se adhiere al sobre por dos procedimientos incompatibles. En su versión más tradicional el sello ha de humedecerse previamente con la lengua –propia o ajena- o bien, si eres tan quisquilloso como el autor, con ayuda de dos dedos mojados en agua. Inmediatamente después hay que pegarlo al sobre. Si no lo haces, en vez de una carta lista para enviar, te convertirás en el tonto del sello en el dedo. No hay ninguna posibilidad de despegar un sello de un dedo y, si te ocurre, lo mejor es que te lo tapes con un dedal; de lo contrario podrían franquearte y aparecer en cualquier lugar del mundo con varios cuños de centrales de Correos en la frente.

El otro método es el sello con formato pegatina. Más fácil de usar, más limpio, pero extremadamente peligroso. Desde que empezó a circular este sistema se han multiplicado los ingresos en Urgencias de aficionados a la cosa epistolar con sellos rabiosamente adheridos a la lengua. Para extraerlo a menudo hay que extirpar la lengua y meterla en disolvente durante un par de semanas. Míralo por el lado bueno: durante ese tiempo podrás comunicarte por carta sin peligro de chupetear accidentalmente otros sellos autoadhesivos.



EL SOBRE

Sobre es aquello que está por encima de algo. El gato está sobre el tejado. El presidente está sobre el vicepresidente. El teléfono está sobre la mesa. Así que supongo que todo aquello que no está bajo algo sirve para meter una carta dentro y enviarlo. No lo he probado. Cuéntame qué tal.



LA PLUMA

Puede escribir tus cartas a mano con un bolígrafo pero lo realmente bonito es hacerlo con un pluma. Las plumas de pavo real hacen cosquillas en la nariz. Las mejores son las de gaviota, pero asegúrate de que no hay bicho al otro lado de la pluma porque casi todas las aves marítimas tienen muy mal carácter.



EL ENCABEZADO

Lo esencial de una carta de vacaciones es insistir mucho en lo que bien que te lo estás pasando. Quien la recibe se admirará de que entre tanta juerga y tanta playa consigas sacar un ratito para escribirle de puño y letra. Ojo con esta expresión. La carta se escribe normal, con la mano. Hacerlo con el puño sólo ofrece como resultado un engendro ininteligible. No lo hagas, ni siquiera por contentar a la vieja expresión castellana. Si quieres desconcertar a tu destinatario siempre puedes empezar la carta despidiéndote. Los folios en blanco son increíblemente elocuentes.



LA DESPEDIDA

Es costumbre de nuevo cuño pero inapelable indicar desde qué dispositivo se envía cualquier comunicación. Es habitual ver mensajes que terminan especificando que se ha enviado desde ‘mi iPhone’ o ‘mi iPad’ –me refiero al suyo-. Lo correcto es terminar la carta con un: Enviado desde mi mesa.



A QUIÉN ESCRIBIR

A la hora de sentarse a escribir cartas en verano como pasatiempo lo de menos es a quién dirigirlas. Puedes escribirle al Rey, que tiene la costumbre de responder. También lo hace el presidente del Gobierno. O si te sientes muy seguro de ti mismo, puedes enviar una carta de amor a María Sharapova.

Si no sabes ruso, da igual: queda muy exótico escribirle a una estrella mundial en un idioma que le resulta completamente ajeno. Muchas historias de amor han comenzado así. Y terminado así.

También puedes escribir a tu compañía telefónica. Los insultos por carta suenan increíblemente más convincentes. Y si te aburres mucho, puedes intentar escribirte a ti mismo. Esto tiene la ventaja de que además de pasar un rato delicioso escribiéndote, pasarás otro momento genial cuando abras tu buzón y descubras que tienes una carta para ti. En síntesis, mi recomendación es que aproveches los días de lluvia para entregarte al género epistolar. Eso además te dará un bagaje cultural y todo el mundo creerá que, detrás de tu apariencia tan frívola, se esconde un gran intelectual. Y que nada te coarte.

carta copia_resultEscríbele a quien te apetezca. Personalmente me divierte muchísimo escribirles cartas a personajes históricos. Ahora mismo estoy terminando una maravillosa para mi viejo amigo Winston Churchill, el inventor del tabaco.