Usos y costumbres del verano

Volver a casa

El verdadero placer de las vacaciones está en volver a casa. De pronto aprecias cosas en las que nunca habías reparado. Puedes incluso echarte a llorar de emoción al comprobar que la presión del agua de tu ducha es digna del siglo XXI, que aún dispones de tu viejo, roñoso y confortable sillón de lectura, o que todos tus aparatos están por fin conectados a la red inalámbrica, sin necesidad de hacer varios kilómetros en busca de wifi. Que uno no sabe ya si esa legión de tipos que recorrían las calles este verano blandiendo al viento sus iPads con la mirada desencajada, estaban detectando redes wifi o buscando metales preciosos.

Volver a casa es una sensación extrañamente relajante. De repente, en casa uno se siente como en casa. Es increíble. Yo acabo de llegar después de un mes razonablemente aislado en el interior de un monte sin civilización, casi una selva hostil y llena de cosas que manchan, muerden, o pican y ahora llevo tres días embobado, tocándolo todo y sorprendiéndome hasta del mecanismo de los interruptores de la luz. Todos deberíamos redescubrir en estos días el placer de leer un libro sin tener que estar braceando para apartar insectos venenosos.


Cama solo hay una

Mi cama. Esa es la única que existe. Todas las demás lo intentan, pero no llegan siquiera a lecho medieval. Volver a mi cama es una experiencia inolvidable. No para usted, sino para mi. Usted tendrá la suya. Seguro que su cama es la mejor del mundo. Pero yo me quedo con la mía. Las vacaciones compensan aunque solo sea por volver un día a nuestra cama, estirar sobre ella cada uno de los músculos, y quedarse completamente frito hasta uno, dos, o tres días después. Más no, porque podrían enterrarte. Y es un jaleo luego el papeleo con la iglesia para deshacer una defunción.


Olor fatal

Aunque hayas abandonado tu casa durante un mes, la vida no se detiene, la biología sigue su ciclo y no todo va a ser bonito a tu regreso. Lo que un día fue una ciruela olvidada sobre la encimera de la cocina, hoy es una gran madeja de musgo y pelo blanco. Ha tardado al menos 40 días en formarse esa preciosa escultura de mugre. Por mucho asco que te dé, haz el favor de no tirarla a la basura: dona esa porquería a un museo de arte contemporáneo, después –por supuesto- de intentar vendérsela.


La basura

Por cierto, ahora que hablamos de esto, me gustaría recordarte que todavía no he puesto la -¡¡¡plofff!!!-… vaya, ya lo has comprobado... la bolsa de basura en el cubo.


Caminar descalzo

Noventa de cada cien personas que regresan a casa después de unas vacaciones, caminan descalzos por casa durante las primeras horas. Es el placer de “poder pisar”. En ocasiones este placer colisiona con otro que se da justo antes de vacaciones: el de “poder largarse de casa sin recoger los cristales del vaso que se te acaba de romper”.


Las cartas

Antaño proporcionaban largos ratos de entretenimiento. Cuando las cosas eran más bellas que ahora, recibíamos cartas de papel y la gente no utilizaba nunca la letra k. Aquel ritual de abrir el buzón y recoger las cartas y postales de todos nuestros amigos, que se habían acordado de nosotros desde sus remotos lugares de veraneo. Ahora casi nadie se acuerda de nosotros, a excepción de los bancos, las compañías telefónicas, Hacienda, y todas esas sanguijuelas a las que, pagues lo que pagues, siempre les debes pasta.


Cocinar

Después de un mes fuera de casa, el placer de cocinar en tu propia cocina sólo es comparable al placer de no tener que hacerlo.


Los vecinos

Uno de los grandes momentos de volver a casa es reencontrarse con tus vecinos. En estos días se suceden los abrazos en el ascensor y los intercambios de regalos –“Estuve en Calpe y me acordé de ti” y otros ceniceros-. Incluso las reuniones de la comunidad se sustituyen por fiestas de bienvenida con globitos, música, y serpentinas. En mi edificio, teníamos todos tantas ganas de vernos, que ni siquiera se han acordado de la demanda que iban a ponerme por aquella divertida barbacoa primaveral en el ascensor.


Deshacer las maletas

Consejo de oro: pon las maletas en algún sitio que molesten mucho –por ejemplo, apiladas delante del microondas, en mitad del pasillo, o en la taza del váter-, y verás que en menos de 24 horas aparecen deshechas. También puede ser que alguien decida tirarlas por la ventana, pero en todo caso el problema estará resuelto.


La comida

Tras llegar a tu hogar se imponen unas 24 horas de ayuno. Es el tiempo que la gente suele tardar en recuperar el cansancio del verano y tener fuerzas como para hacer la compra. Puede prolongarse hasta 48 horas si tienes algunas latas de atún en la despensa. Si además guardas algo de leche, whisky y pasta suficiente, a lo mejor no es necesario que salgas de casa nunca más en tu vida.


El polvo

Misterio. Si la casa ha estado cerrada, si nadie la ha habitado durante un mes, si la habías dejado limpia antes de irte: ¿Por qué está todo lleno de polvo? ¿Por dónde entra? ¿Quién le ha dado permiso? Y, seamos claros, la gran pregunta: ¿por qué te odia el polvo? La respuesta a todas estás cuestiones es fácil: no lo sé. Pero la realidad es que hay ovillos de polvo debajo de las camas, la mesilla de noche tiene más polvo que tu colección de libros sobre cómo adelgazar sin esfuerzo, y la mesa de cristal, dispuesta en vertical, podría utilizarse para escribir las tapas y raciones del día si esto fuera un bar. Sólo hay dos cosas que acaban con el polvo: el fuego y el aspirador. Yo soy más partidario del fuego, porque además, si lo azuzas bien en donde hay más polvo acumulado, te ahorrará también tener que hacer al cama.


Una revisión a todo

Por último, con la oleada de robos que está azotando especialmente este verano a ciudades como La Coruña, lo primero que deberías hacer al llegar a casa es comprobar que está todo en su sitio. No cantes victoria si ves que la puerta está intacta porque estos bandidos la abren sin dejar huellas. Si nada está en su lugar, antes de llamar a la policía, asegúrate de que el desorden es obra ajena. No sea que termines tú entre rejas.

No obstante, falte o no alguna de tus joyas, aparatos eléctricos, o plantaciones de marihuana, las decenas de robos de las últimas semanas aconsejan añadir nuevas cerraduras a la puerta. En mi ciudad la psicosis se ha extendido de tal manera que hay largas colas en las ferreterías y las cerraduras están todas agotadas desde hace días. Así que en casa hemos decidido comprar un foso con cocodrilos. Salen baratísimos porque, como llega hasta el borde de la escalera, no es necesario alimentarlos: ya van cayendo vecinos.