No tienen sexo los Ángeles

Araki, ¿arte erótico?

Araki, ¿arte erótico?

El erotismo es un arte confuso cuyo mayor riesgo a veces consiste en eso, es quedarse en una mera nebulosa de propósitos. Si algo ha tenido claro desde siempre el fotógrafo Nobuyoshi Araki (Tokio, 1940) es hacia donde quería dirigir su mirada, hacia lo erótico desde lo pornográfico, o al revés. Araki es un personaje atraído por el universo femenino, quien no duda en afirmar que el origen del arte visual reside en la vagina. El fotógrafo es un personaje menudo, inquieto, que se desplaza por el estudio como apuntalado sobre resortes, la melena de los laterales de su calva disparada hacia los lados, las gafas circulares llamativas y un bigotillo a lo Mario Moreno “Cantinflas” le dan un porte estrambótico, una silueta más que reconocible, a medio camino entre bufón y un tipo alocado, que lo es, pero genial.

“Cuando empiezo una sesión con amas de casa, éstas enloquecen”, lo cuenta en Arakimentari (2004), un documental de Travis Close sobre su obra. A su estudio de Tokio van muchas mujeres mayores e incluso algunas cuyo canon de belleza se resiente; él no duda en ejecutar su particular visión del erotismo y el sexo. Dicen también que en Japón todas las púberes se pelean por ser chica Araki, más allá de la leyenda noctámbula, lo que si es cierto que todas las que posan en su estudio lo hacen de manera más que entusiasta.  

El artista es una especie de chiflado erotómano que despliega una mirada única, un tipo amoral que se permite acicalar cada pubis que transita por su estudio como si fuera el misterio de la piedra filosofal. Toda una contradicción en una sociedad como la japonesa, en estas cuestiones  tan conservadora, donde una mujer no puede quitarse la ropa en público o aparecer desnuda. En realidad el código penal japonés –artículo 175- prohíbe la publicación de material “moralmente perjudicial”, y lo que es más curioso prohíbe la exposición de genitales, así que es muy frecuente ver una barra cubriendo los genitales en las publicaciones pornográficas o con la aparición de éstas de manera borrosa.

Araki es dentro de la sociedad japonesa una auténtica estrella del rock, lo que no le ha impedido tener que pasar en más de una ocasión por comisaría; un genio, una de esas estrellas de la fotografía cuyo ego anda desbocado desde hace cinco décadas. El artista sueña, interpreta un arte milenario cargado de símbolos y de erotismo oriental, que es el mismo que el que nosotros concebimos pero con mayor parsimonia. El erotismo de Araki es una actualización de la producción gráfica japonesa que tanto influyó en la visión sexual de occidente en artistas como Picasso, Degas, Toulouse-Lautrec, .Klimt, Rodin, Van Gogh. Una representación de la vida sexual a través de unas imágenes gráficas que se remontan al período Edo (1603-1867), imágenes reguladas y prohibidas por el gobierno, pero que tuvieron continuidad hasta la era Meij, donde fueron prohibidas por material obsceno en el código penal japonés del año 1907.

Por el estudio de Araki aparece una mujer joven, una modelo, el artista le hace varias fotos, la sitúa y le recuerda una sesión anterior de hace un año, la primera donde se limitó a encuadrarla en el mismo lugar, una casa tradicional japonesa de planta baja que hace también las veces de estudio. La joven envuelta en un kimono rojo semeja tranquila, reclinada contra una columna, él le retoca el pelo. “Ahora pasemos a lo obsceno, siéntate y abre las piernas, le dice mientras le repliega la tela dejando el sexo con el vello al aire. Le coloca a su lado uno de los múltiples animales de juguete con los que el artista simboliza su propia persona. Araki es consciente de su obscenidad, de esa mirada transgresora a medio camino entre lo pornográfico y el arte para el que está dotado, esa misma mirada sucia y mercantilista que tanto irrita al feminismo, a los movimientos conservadores de medio mundo, que no pocas veces se han tomado la venganza por la mano con su obra, con huelgas de las empleadas de seguridad de los museos, o a pedradas contra los carteles donde se anunciaba.

Araki cuelga a sus modelos de cuerdas siguiendo una premisa sencilla llena de arte en el arte de atar. Sus fotografías eróticas, sus imágenes de “bondage” han generado gran polémica, con razón, su obra libera instintos culturalmente sometidos en muchas sociedades, incluida la japonesa. A pesar del aspecto artístico de las imágenes, no hay duda del control absoluto sobre la mujer; la historia del erotismo oriental que representa siempre ha seguido esa estela. El “bondage” oriental, la técnica del shibari, las ataduras en sí, o el kinbaku, “atar fuertemente”, para tener el control absoluto del amante, o estar expuesto a que hagan cualquier cosa con la persona atada, no invitan a otra cosa. Pero Araki no es un artista de la cuerda, uno de esos reconocidos nawashi –artistas de la cuerda- que desarrollan con sus manos todo el arte de atar sobre quienes participan en las sesiones; con gran habilidad técnica en el atado y con un gran sentido estético del mismo, a la par que una gran comunicación con la persona atada. Estas prácticas eróticas han proliferado por todo el mundo, y muchas veces han derivado en espectáculos no demasiado aconsejables ni para quienes los contemplan. Pero Araki es un artista, no un nawashi, por eso sus ataduras son simples, porque su ejercicio es meramente representativo de la herencia sexual japonesa que él y sus modelos quieren recrear.

Por la puerta aparece una nueva mujer, una profesora de aerobic que no quiere que sus imágenes se difundan más allá del documental. “¿Cuál es tu postura preferida?”, le pregunta el fotógrafo. Ella desnuda y en el suelo contorsionea su cuerpo con el apoyo único de un pie y una mano dejando su sexo a la vista del que se entrevén los labios. “Déjame ver, es rosa”, se acerca y lo comprueba entreabriéndolos un poco más. Es Araki.