No tienen sexo los Ángeles

El pudor era otra cosa

Momento de la performance de Deborah de Robertis en el Museo de Orsay de París, el 29 de mayo. (EFE)
Momento de la performance de Deborah de Robertis en el Museo de Orsay de París, el 29 de mayo. (EFE)
El pudor era otra cosa

Una docena de visitantes se arremolinan en la pequeña sala más famosa del museo. Una mujer menuda ataviada de un vestido corto en tonos dorados pasa por delante de todos ellos y se sienta en el suelo con las piernas abiertas y entreabriendo su sexo para asemejar la visión a la de la pintura que le precede. Suena el “Ave María” de Schubert y la voz de María Callas, y se hace presente una voz que recita, “Yo soy el origen, yo soy todas las mujeres. No me has visto, quiero que me reconozcas. Virgen como el agua creadora de esperma”. El recitado seguirá presente a lo largo de los seis minutos que dura la grabación en la que la artista permanece armada con su sexo, toda una barrera que la hace inmune a las vigilantes que no se atreven ni a rozarla, es como si aquellas que cada día custodian con celo uno de los iconos de la pintura, no se atrevieran con la réplica en la visión de la carne. La artista permanece impávida, más y más guardias acuden en ayuda, nada cambia. Invitan a los presentes a abandonar la sala, a la artista no la tocan, a lo sumo se posicionan delante, como cuando en un cine de barrio de mi infancia aparecía algo que no debía y el sacerdote, que era el promotor del invento interfería con su dedo delante de la pantalla para no difundir más el pecado. Pero el mal está hecho, el sexo visto de la artista, es todo un éxito. Un fenómeno viral que es lo que se lleva.

Una medida performance de la artista luxemburguesa Deborah de Robertis la semana pasada en el Museo de Orsay de París, donde ante un público convocado previamente se sentaba en el suelo mostrando su sexo a los presentes, ante la incredulidad de los vigilantes, a imagen y semejanza del cuadro del Gustave Courbet, “El origen del mundo”, nos da pie, como siempre que sucede una acción semejante, a no pocas reflexiones, la primera, cómo una acción artística hoy, puede ser un fenómeno de pura vanidad y de consumo intrascendente en el que todos caemos; segundo, para mí más pertinente, cómo la obra de un pintor decimonónico puede seguir tan plena de vida.

Courbet fue un revolucionario, un rebelde promotor en la Comuna de París, en 1871, que pagó por ello. En Suiza, sus últimos días los pasaría pintando paisajes para resarcirse con el fisco de su país, que le había confiscado todo. Pero sus pulsiones políticas nunca llegarían al lienzo, no estamos ante Delacroix, la realidad de Courbet respondía a otra necesidad, la de tomar conciencia de ella en sus “desgarramientos y contradicciones”, comentaba el historiador Giulio Carlo Argan , por ello su pintura nunca sería para él una proyección de lo real sino un fragmento de la realidad en sí misma. Courbet deseaba, al margen de convencionalismos, prejuicios y tendencias del gusto, ver la realidad tal como pensaba que ésta debía de ser, convencido como andaba de que la fuerza de la pintura residía en la pintura en sí misma y no en el tema a tratar, aunque en su obra, en principio, haya una excepción, “El origen del mundo”, un cuadro pintado en 1866 que nunca ha conseguido desprenderse del escándalo, tal vez por representar, por objetualizar el elemento coincidente que acompaña a la vida, motor de vida, el sexo femenino. No estamos ante una pintura pornográfica, aunque es muy probable que ésta fuera hecha por encargo.

En “El origen de la vida” Courbet representa la anatomía desnuda de una mujer, su amante, con las piernas entreabiertas y el rostro ausente, con la oscuridad del vello púbico y su espesura a la vista. La innegable visión de un sexo relajado inevitablemente nos hace cómplices de la visión, alejándonos de cualquier intento de negar lo mostrado. “El origen del mundo” es una pieza rotunda, conmovedora, un ejemplo pictórico del realismo francés en un autor siempre alejado de cualquier intención idealizadora, porque su deseo era producir arte vivo. No es la primera vez que reflejaría cuerpos desnudos con una intención alejada de un mimetismo fotográfico que empleaba y en el que se apoyaba a la hora de preparar sus cuadros. En “El sueño”, de 1886, la visión de dos mujeres desnudas fundidas en el sueño, recrea una escena plena de ambigüedad de lo que pudieran ser un relato de amantes, o “El Estudio”, 1855, donde una mujer de pie contempla desde atrás cómo el pintor elabora un paisaje y ella permanece como a la espera de verse reflejada en él. La recreación de los desnudos es escultórica, de un realismo que le impide reflejar la visión femenina tal cual, con unas formas más carnales y con el vello corporal muchas veces a la vista.

El origen del cuadro

La historia de “El origen del mundo” está llena de intrigas y ocultaciones, uno imagina que por la representación de una visión tan primaria, la de una amante con las piernas abiertas; al proceso se le añade un continuum de ausencias y ocultamientos con no poca inspiración literaria. Pertenece al estado francés desde 1981, y aunque ahora se exhibe en el Museo de Orsay desde 1995, estuvo mucho tiempo oculto. Cuando el cuadro comenzó a mostrarse en público, llevaba pareja una vigilancia especial; en la primera retrospectiva del pintor, en 1977 en París, no se atrevieron a tenerlo presente. Se sabe que fue pintado para un diplomático turco, Khalil Bey, quien más tarde se arruinaría; en 1889 fue descubierto tras una pintura de paisajes del propio Courbet en la tienda de un anticuario; en 1913 reapareció en la Galería Bernheim-Jeune de París, lo compraría el barón húngaro Ferencz Hatvany, quien se lo llevaría, junto a otros del pintor, a Budapest. Durante la II Guerra Mundial la Wehrmacht se apoderaría de ellos, el Ejército Rojo, que lo recuperaría, se lo devolvería a su dueño, quien retornaría con él a París. En 1955 Jacques Lacan lo compraría, quien también lo custodiaría de manera no visible, debajo de otro de André Masson. A la muerte del psicoanalista, en pago de impuestos sucesorios, pasaría al estado francés.

Al rematar la performance Deborah de Robertis sería arrestada por escándalo público y puesta después en libertad. La artista también quería estar en el origen de todas las polémicas. Cuestión de genitales.