Lunes 21 de mayo de 2012
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n n nEs en los días en que el alma sufre y calla, cuando el corazón siempre animoso toma la palabra. La muerte de nuestro querido padre nos habla del misterio de los seres que, a pesar del embate de los años, tuvieron en su vida el encanto de la rosa. Esos seres que puedes conocer y amar con sólo verlos pasar, porque pasan por la vida con las manos abiertas, la sonrisa por emblema y la bondad en la palabra; les aflora siempre la ilusión vestida de domingo y tienen la mirada siempre clara y el corazón cantando. Así era él.
Su vida fue un ejercicio de mente lúcida y de amor constructivo y sano. Tuvo la humildad de los buenos maestros, la ingenua espontaneidad de un niño y la dinámica paciencia del sabio. Fue hombre de principios, enamorado de su tierra, que entronizó a Dios, a la familia y a los amigos como única riqueza duradera.
Por todo esto, en su querida escuela de Boeiros le respetaban por igual padres y alumnos, y en los atajos y senderos de Pereiro de Aguiar, en las calles de Ourense y, ocasionalmente en cualquier estación del mundo, con aquel aparatito en el oído, que fue su distintivo en la distancia, encontró siempre un saludo afable y agradecido de paisanos que evocaban su tiempo de maestro o de alcalde, su entrega, su abnegación y su servicio.
Yo, el mayor de los hermanos, recuerdo aquellos madrugones de frío invierno y el acompañasado chapoteo de nuestros zuecos de clavos sobre el helado suelo y sobre el barro. Aquellos días de diciembre en que el frío dentro de la escuela se espantaba con palmadas y canciones, cantando en alto 'la tabla'. Aquella rudimentaria estufa de leña con sus humos y el tibio calor del ganado que, bajo el suelo, nos subía de un establo. Allí, en aquella escuela del recuerdo, aprendimos algo más que Historia y Geografía... Allí, ante la famosa Rayuela del Padre Astete, tuve la primera visión teocéntrica de la historia y de la vida. Delante de aquel recurso didáctico, ante aquel triángulo inscrito y aquella escueta pupila aprendí algo para siempre: 'Este es el ojo de Dios, principio y fin de la vida y de los tiempos', nos decía. Comprendí así por primera vez de los labios de mi padre, ante aquellas dos letras, Alfa y Omega, que teníamos valiosas señas de origen y destino.
Hace pocos días, a los 95 años, nuestro admirado padre alcanzó la letra Omega de su historia y de su vida.
Mientras cruzaba la Praza Maior de mi Ourense de nostalgias, me vi en sus hombros, de pequeño, esperando entre ilusiones ver llegar 'la cabalgata'... pero, de repente, las calles y la plaza las sentí casi vacías, pues él ya no iba de mi brazo. Oí entonces el eco de aquel Cristo de 'sus noches más dolientes': '¡O vos omnes que transitis per viam...!'. Subí el cuello del abrigo, apreté el paso, miré a la luna y volví a casa. Hoy es ya un día nuevo, la vida manda, Dios nos ama.