Viernes 30 de julio de 2010
última actualización: 09:10
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La prostitución femenina se resiste a abandonar los bares y calles del barrio chino, en el casco viejo de la ciudad. El motor de la construcción está convirtiendo los antiguos prostíbulos en viviendas y locales públicos. Estos días, una empresa abrió una zanja a lo largo de las calles Pelayo y Cervantes, en las que quedan los últimos bares, para instalar tuberías de gas, pero los trabajos no son impedimento para que las mujeres salgan a la calle y esperen clientes, incluso entre las numerosas vallas que delimitan las obras.

Una docena de mujeres se resiste a abandonar la prostitución en el barrio chino, en el corazón del casco antiguo de la ciudad. La actividad en la zona tiene los días contados, dado que el motor de la construcción está convirtiendo los antiguos prostíbulos en viviendas y locales públicos.
En las calles Pelayo, Cervantes y Villar llegó a haber 20 bares de alterne, en los que llegaron a trabajar en los años setenta 175 mujeres. Pero de toda aquella actividad, sólo quedan cuatro bares, en los que trabajan 12 mujeres, la mayoría de ellas de avanzada edad y otras con escasos recursos económicos. ‘Lo que quedan son restos marginales, que desaparecerán a medida que los vecinos vayan ocupando las nuevas viviendas’, afirmó el concejal de Infraestructuras, Andrés García Mata.
El Concello abrió entre las calles Colón y Cervantes un centro cívico, otro tecnológico, una guardería infantil, además de un Centro de Magia, que están a menos de 20 metros de uno de los prostíbulos que aún quedan abiertos. Pero el barrio presenta estos días una imagen, impensable en la década de los años setenta y ochenta. Una empresa abrió una profunda zanja a lo largo de las calles Pelayo y Cervantes para instalar tuberías de gas para las nuevas edificaciones. En los dos viales hay continuamente obreros, unos trabajando con comprensores y otros con máquinas removiendo y retirando tierra. Pero los trabajos no son un impedimento para las mujeres, que continúan saliendo a la calle a captar clientes. Es más, incluso aprovechan las múltiples vallas que instaló la empresa para delimitar las obras, para esperar a los clientes, sobre todo cuando llega la noche. ‘Aquí ahora hay de todo menos hombres y dinero’, explica una prostituta, añorando los años en que los bares estaban llenos de clientes. ‘Entonces no nos metíamos con nadie. Todo Ourense sabía lo que había aquí y se podía ganar la vida libremente, sin problemas’, añade.