Sábado 11 de febrero de 2012
última actualización: 07:41
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Era yo un adolescente que se busca a sí mismo, soñando casi a diario, entre las alargadas sombras de los árboles del 'campo grande', cuando solía encontrar con gran frecuencia, en sus paseos, la figura enjuta, alargada, misteriosa, del gran Delibes.
Aparecía de pronto, el maestro, como emergiendo entre la niebla, envuelto en su largo abrigo de paño, con la gorra calada cubriendo su mirada cetrina y su nariz aguileña. Avanzaba por entre los caminos con aquellos pasos tan largos, tan seguros, como sabiendo siempre a donde dirigirse. Surgía como de los confines de nuestro querido parque, edén irreductible de una ciudad que se empeñaba en asfixiarlo'. ¡Mira! -decíamos-, ¡ahí viene otra vez!'. Y se cruzaba ante nosotros con ese halo de misterio que rodea a todos los grandes personajes. A veces, si no hacía demasiado frío, se sentaba a leer 'el Norte' frente al estanque, y entonces lo espiábamos. '¡Fíjate, parece que está escribiendo unas notas!', y ya creíamos! ver el germen de una nueva novela.
De pequeños, como a otros grandes escritores, lo habíamos estudiado en el colegio. Pero a mí, su figura me resultaba mucho más íntima, casi cómplice, no sólo por los frecuentes encuentros en el parque centenario, sino porque mi madre presumía a menudo de haberlo tenido de profesor en la escuela de Comercio. Luego, cuando creí hacerme mayor, su lectura limpia, sin dobleces, siempre me resultó de una proximidad apabullante, sobrecogedora. Cada vez que he vuelto a Valladolid he paseado por el 'campo grande'. Últimamente, echábamos en falta las botas de campo de Delibes, abriéndose camino entre los parterres. Se nos fueron Jorge Guillén, Rosa Chacel y Francisco Umbral -iconos de nuestra juvenil aventura literaria-. Ahora se nos ha ido también el último eslabón que nos anclaba hacia la tierra. Huérfanos, como quedamos, de cultura, ¿qué consuelo cabe, o qué esperanza?, la certeza de saber que entre sus libros, la sombra de Delibes siempre seguirá siendo alargada.