Sábado 11 de febrero de 2012
última actualización: 07:41
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El príncipe heredero, aunque muy pequeño todavía, vivía feliz en su palacio, en una zona exclusivamente preparada para él, dotada de todos los cuidados, para que creciera sano y tranquilo. La Reina madre todavía no podía verlo, aunque su estancia daba pared con pared con la de su hijo.
Tampoco sabía lo que el hijo gozaba cuando ella escuchaba a Mozart, ni cuando paseaba por el jardín, se bañaba o se tumbaba al sol.
Si alguien hubiera querido envenenar al niño, las medidas de seguridad de su estancia, lo expulsarían de inmediato; si alguna legión de diminutos enemigos, hubieran querido atravesar rendijas, tampoco lo habrían conseguido.
El príncipe estaba seguro. Debiera estarlo, pero… ¿lo estaba realmente?
¡Pobre heredero, traicionado, vendido! Por la misma reina, que había entregado las llaves de la cámara a sus asesinos -¿de él, de ella?- , y hasta les había pagado por el crimen.
Sólo en el último momento el príncipe supo con espanto que habían violado la puerta de su cámara sagrada. Retrocedió hasta el fondo aterrorizado. Pero fue inútil, porque ya le alcanzaba la fuerza de los líquidos abrasadores, que desollaban su piel y le arrancaban la vida. Antes de morir, abrió la boca, en un último grito de dolor, y este grito traspasó la cámara, atravesó el palacio, salió al mundo exterior, subió hasta el azul infinito de los cielos, fue rebotando de estrella en estrella, multiplicándose en cada una. La lluvia se tornó en sangre. Era el grito del hijo, del heredero, del príncipe. De todos los hijos, de todos los herederos, de todos los príncipes. Un grito terrible y pavoroso que llenó los espacios de espanto dejando el universo estremecido.