La alevosa y vil cobardía etarra ha vuelto a segar, hace escasamente media hora -cuando escribo-, la vida de un ciudadano. El hecho de ser vasco, socialista, exconcejal en Arrasate-Mondragón son circunstancias que han podido influir para considerarlo un objetivo, pero no nos engañemos, Isaías Carrasco ha sido asesinado por su dilatado compromiso con la democracia, con la libertad y, sobre todo, porque la cobardía asesina se lleva a efecto cuando la ocasión lo permite y la víctima está completamente indefensa. Estas son las gloriosas ’ekintzak’ (gestas) de quienes desde su depravación y degradación se autodefinen como vanguardia del pueblo vasco; pueblo y sociedad que día a día les muestra su desprecio y rechazo.
Conocía personalmente a Isaías y quiero superar la tentación de convertir estas líneas en una necrológica impulsada por el sentimiento. Estoy convencido de que a él, persona reflexiva e incansable perseguidor de la libertad, no le hubiera gustado y aún pervive en mi recuerdo su consejo de que hiciese una reflexión política cuando la barbarie etarra segó en momentos diferentes la vida de tres de mis camaradas más cercanos en lo político y personal: Juan María Jáuregui Apalategi, José Luis López de la Calle y Pagazaurtundúa.
Asesinar por la espalda a un ser indefenso es sencillo, basta con carecer de los sentimientos que nos diferencian a los humanos de las bestias y estar rebosante de odio ciego hacia los demás. El sicario etarra no conoce personalmente a la víctima, no le importan ni sus circunstancias personales, familiares o la trayectoria personal; simplemente es la indefensa víctima elegida para ser sacrificada y aterrorizar al conjunto de la sociedad. Como consecuencia de ello, que nadie espere tampoco que el asesino sufra remordimientos de conciencia y mucho menos que pida perdón a nadie.
En esta ocasión, ETA no precisa de ningún comunicado ni para justificar lo injustificable ni para explicar los motivos de su crueldad. Es la confirmación de su salto hacia el vacío, de su soledad creciente, de su asfixia en todos los frentes, del repudio social y de la deserción en su propio campo. Plantear el boicot a la convocatoria electoral en forma de abstención, más allá de apropiarse de una franja electoral nada despreciable y habitual, trata de evitar, sobre todo, la fuga del voto en sus propias filas hacia otras opciones que repudian la violencia. El voto nulo que impulsó en otras ocasiones presenta hoy la desventaja de dejar plasmada ante la sociedad la realidad de su depauperada situación. Todos los partidos vascos han hecho frente a tal boicot y, desde la lógica asesina, sólo el terror podría hacer desistir al ciudadano para manifestar su voluntad democráticamente. He aquí la causa directa y razón última de la cruel inmolación de Isaías Carrasco.
Pero se equivocan, como siempre, quienes piensan que el miedo va a continuar actuando como yugo en este pueblo y hacer desaparecer a la democracia en el país. El clamor de toda una sociedad plural, como la vasca, será un grito unánime no sólo el 9-M, votando con tristeza, pero con decisión y libremente la opción que prefiera, sino durante días ante un nuevo crimen tan execrable como los anteriores. Denostado sea el partido político que intente utilizar en su provecho, para justificar posiciones pasadas, el dolor que nos produce el terrorismo a quienes día a día hemos de enfrentarnos cara a cara con él. Nadie tiene vocación de héroe ni mártir, pero bien cierto es que luchar por la libertad, la justicia y dignidad para nosotros y nuestros hijos es un deber que muchos consideramos inherentes a nuestro propio sentido vital. Por ello, desde la inmensa tristeza y desde el reconocimiento más profundo: Isaías, ’Agur eta ohore. Askatasunaren billa, zure bidea eta zure zihurtasuna jarraituko diskigu. Gure artean behin betiko izango zara’. Isaias, ’adéus e honra. Na búsqueda da liberdade, seguiremos o teu camiño e a túa firmeza. Sempre estarás con nós’.