Las elecciones presidenciales celebradas en Paraguay han sido ganadas por un conglomerado de partidos y asociaciones cívicas de izquierda y centro lideradas por Fernando Lugo, y representan la posibilidad para el pueblo paraguayo de iniciar un camino democrático y de participación popular que no se daba desde 1887. Pocos países han sufrido tan dilatado período histórico en el que las dictaduras militares han alternado con un conservadurismo inclemente en el que la corrupción, el nepotismo y la ineficacia han relegado a la mayoría de la población a una situación de pobreza extrema en todos los órdenes; de hecho, es el segundo país más pobre de Sudamérica tras Bolivia.
Con este cambio en Sudamérica, tan sólo queda Colombia como país con un gobierno conservador neto, lo que abre una etapa nueva de posibles avances sociales y económicos para estos pueblos hermanos explotados y expoliados por la rapiña propia y ajena. El cambio paraguayo será tranquilo, similar al de Lula en Brasil, con algunos efectos inmediatos y otros a medio y largo plazo. Uno de los primeros pasos del nuevo presidente será renegociar los tratados energéticos con Brasil, mediante los cuales Paraguay suministra energía eléctrica a ese país vecino muy por debajo de los precios internacionales e incluso de los del coste para los propios paraguayos. Su segundo reto, y no menos importante, será redefinir las relaciones del binomio Estado-Mercado, abogando por un equilibrio e incluso de preeminencia del primero en lo relativo a los recursos naturales. Paralelamente a ello, en el plano político, está decidido a despartidizar el Estado y garantizar la independencia del poder judicial, corruptas ambas instituciones desde hace décadas y consideradas por los organismos internacionales como la máxima expresión del clientelismo político de Sudamérica. Más tiempo requerirá el neutralizar a los cuatro poderes fácticos del país: la oligarquía ganadera, el empresariado corrupto, los narcos y las trasnacionales. En cuanto a la reorientación de alianzas, Lugo no engrosará el bloque indigenista del cambio en la región sino el rosa liderado por el brasileño Lula, aunque necesitará de la ayuda y colaboración de todos los gobiernos de la región para salir del marasmo histórico en el que ha estado sumido el país. Hay otras relaciones y compromisos más deleznables a los que Lugo pretende enfrentarse de inmediato. No olvide, amigo lector, que los gobiernos corruptos de Paraguay firmaron acuerdos con USA por los que la CIA tenía, hasta el domingo pasado, carta blanca para todo tipo de operaciones en el país y, en coordinación con la dictaduras del Plan Cóndor, para actuar en toda Sudamérica, garantizando el Partido Colorado la total protección e inmunidad a los agentes yanquis y militares norteamericanos, ofreciendo el blindaje legal paraguayo ante cualquier reclamación contra estos agentes y asesores, fuere cual fuere el país que los reclamara por sus actos delictivos. Desmantelar estos acuerdos le exigirá tener un primer enfrentamiento con la Administración americana que, ciega ante los cambios políticos y sociales sudamericanos, encasillará a Fernando Lugo en el ’eje del mal continental’.
He de reconocer que la labor del nuevo presidente y su gobierno no va a ser fácil en un país en el que el 65% de la población se sitúa muy por debajo de los umbrales de la pobreza, pero la nueva andadura está abonada por la esperanza de un pueblo que quiere comenzar a tener una existencia digna.
Estoy convencido de que este ex obispo, creyente y consecuente con la Teología de la Liberación, que tanto sarpullido levanta en la oronda y palaciega jerarquía eclesiática católica, continuará empeñado en cumplir con su promesa del 25 de diciembre de 2007, cuando presentó su dimisión de obispo para dedicarse a la política, a pesar de que Benedicto XVI rechazó su solicitud para evitar la realidad actual: ’A partir de hoy, mi gran catedral será todo un país’. No sólo la carcundia política paraguaya ha visto en el ex-obispo un peligroso político de alta talla y voluntad contra sus intereses. También desde el seno de la cúpula del catolicismo se le ha atacado y puesto innumerables trabas a su implicación en política desde una perspectiva de coherencia evangélica. Hétenos aquí que el cardenal Franc Rodé, que tiene su vista centrada en Sudamérica desde la cumbre del otero Vaticano, lo que por lo visto le impide ver lo que acontece con algunos purpurados en España aunque esté en la misma línea de visión, llegó a tachar a Fernando Lugo de obispo errado y rebelde por dedicarse a intervenir en la vida política a raíz de proclamar sus intenciones electorales: ’Mis principales enemigos serán la corrupción, la pobreza y la ignorancia’. Por sus hechos los conoceréis, que diría hoy alguno, plagiando las sabias palabras de un varón nazareno de hace 2000 años y de cuyo versículo olvidan la lectura quienes más debieran aplicárselo. Deseemos buenaventura al pueblo paraguayo.