Por los penedos de San Xillao!, curioso fenómeno el que ocurre en este país con los aceites: cada gobierno español tiene su cruz aceitosa en función de su color político. A la UCD le correspondió el aceite de colza; al del PP la del orujo, y al PSOE la actual del girasol. A poco de analizar las sucesivas crisis, se observa un fenómeno común: la incompetencia en resolverlas es similar en los tres casos. Vamos, que el mal hacer y situarse en la inopia hermana a esos políticos de diferentes cabañas.
El ministro Bernat Soria -que a pesar de todo aún cuenta con un amplio margen de confianza por mi parte-, el presidente de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan), Félix Lobo, y el director general de la misma, José Ignacio Arránz, acaban de cubrirse de méritos suficientes como para pasar a los anales de la historia alimentaria hispana como un auténtico trío de la bencina. Porque, seamos rigurosamente científicos hasta en la calificación de estos tres especimenes políticos, estamos hablando de los nunca aclarados hidrocarburos alifáticos que contaminaban el aceite de girasol y la bencina es un hidrocarburo aromático.
El señor Félix Lobo, en la última rueda de prensa que realizó el trío mencionado y en el que anunció ‘el fin de la crisis’ dijo textualmente: No estamos aquí para satisfacer la curiosidad de los periodistas. Hubiera sido políticamente incorrecto decir que no le daba la gana facilitar información completa de lo ocurrido, implicaciones de importadores mayoristas, consecuencias para la salud de los consumidores, marcas afectadas etcéte ra..., aunque desde una perspectiva de transparencia y funcionamiento democrático esos temas eran precisamente los exigibles y necesarios para el conocimiento general. Pero ya se sabe, la nueva censura consiste en ofrecer ruedas de prensa donde el político de turno larga lo que le viene en gana sin que los asistentes puedan solicitar aclaraciones. Pese a todo, a mi modo de ver y dejando de lado la posible toxicidad del aceite contaminado que nos ha llegado de Ucrania (y que a decir de biólogos independientes acreditados, no es tóxico en uso puntual), lo realmente grave de la actuación ministerial es que en ningún momento ha expresado su disposición a exigir responsabilidades a algunos aceiteros españoles. Me explico. Para la extracción del aceite de las pipas de girasol se utiliza un disolvente específico: en este caso el hexano es el disolvente paradigmático. Se trata, claro está, de un hidrocarburo alifático.
Pues bien, según la alerta comunitaria RASFF del pasado 23 de abril, el aceite contaminado procedente de Ucrania y destinado a su refinado antes de venderse al consumidor, contenía 5.790 mg/kg de hidrocarburos alifáticos / aceites minerales. Un dato grave, estimado lector, y que en ningún momento ha sido difundido por el ministerio de Sanidad y Consumo español. Ese brebaje, por nombrarlo de algún modo, fue en parte refinado por algunos industriales españoles y seguidamente envasado y puesto a la venta. El director de la Aesan ha afirmado que las partidas contaminadas que han detectado en los comercios contenían hasta 150 mg/kg de hidrocarburos alifáticos, ‘una sexta parte de lo que sería peligroso para la salud’, ha añadido sin el menor atisbo de rubor ni recato. Pero lo que él ni nadie del Ministerio ha dicho es que la actual legislación española (y europea) al respecto, el RD 2667/1998, BOE nº 303 del 19 de diciembre de 1998, impone que la cantidad máxima de hexano presente en el aceite de girasol debe ser de 1 mg/ kg. Dicho en cervantino básico: el aceite de girasol vendido por algunos industriales desaprensivos españoles supera en 150 veces la cantidad legal.
En cualquier país septentrional a los Pirineos todo esto sería suficiente como para iniciar una rápida incoacción de expedientes por faltas muy graves contra determinados envasadores-distribuidores, pero aquí ni tan siquiera se ha mencionado tal medida contemplada e impuesta por la legislación. Para más regodeo, la Asociación Nacional de Industriales Envasadores y Refinadores de Aceites Comestibles (Anierac), a la que seguramente pertenecen los desaprensivos envasadores, no ha dicho ni ‘mu’ sobre el particular. Gobierno e instituciones a echar arena sobre el tema; aunque la diñemos, que no se produzca alarma social ni decaigan los pingües beneficios. A la postre, ya se sabe que de algo hay que morirse y hacerlo tras una ingesta contaminadamente agradable siempre será mejor que fenecer de inanición. Cafres. ¿Protección al consumidor, señor ministro? ¿Crisis cerrada, señor ministro Bernat Soria? Pues qué bien. A otra cosa, mariposa.