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El márketing del miedo
Miguel Quintas Coelho
Tiempo estimado de lectura: 3 min 00 seg Enviar a redes sociales Imprimir el artículo Agregar a favoritos Descargar en PDF Enviar por correo Texto normal Texto grande
21-06-2008
Miguel Quintas Coelho
La invención de enfermedades, la exageración de otras y la magnificación de los supuestos efectos beneficiosos de productos químicos o alimenticios para el mantenimiento y salud corporal, es lo que se conoce como el marketing del miedo. Aunque los campos de la salud y la estética han sido preocupación y fuente de píngües beneficios a lo largo de toda la trayectoria humana, nunca hasta la fecha esos negocios habían alcanzado tal envergadura económica ni un nivel de penetración social tan fuerte.

El punto de arranque de la actual situación podemos situarlo hace treinta años, cuando Henry Gadsden, director de la multinacional farmacéutica Merck, estableció como una de las líneas prioritarias en su compañía el producir medicamentos para personas sanas y así vender en todo el mundo y a toda la población. A este criterio se han unido por mera ambición pecuniaria desde parcelas del sector médico hasta las grandes empresas de alimentación, pasando por la cosmética, gran parte de la homeopatía e incluso especialidades relacionadas con la salud mental. En una sociedad marcada por el consumismo inducido, una suficiente capacidad adquisitiva, el hedonismo y la sacralización de la salud o la estética; todo ello unido a una desinformación generalizada, a la falta de cultura mínima en estos aspectos y a las ineficientes políticas de los gobiernos, conlleva a que los desalmados y embaucadores campen a sus anchas a costa de crear enferme dades y enfermos donde no los hay. ¿Cómo puede plantearse, por ejemplo, que un niño con TDAH -trastorno por déficit de atención e hiperactividad- sea un enfermo? Ya no sólo podemos hablar de inventar o patrocinar enfermedades, sino también de hacer que cada vez más personas sean susceptibles de ser consideradas enfermas, ampliando los límites de la enfermedad. ¿Cuál es el objetivo de las progresivas bajadas de baremos, por ejemplo en colesterol y otros indicadores sanguíneos?

Sencillamente que el número de ‘enfermos’ aumente y, consecuentemente, se dispare la venta de medicamentos. Personas que hasta ayer estaban sanas, hoy se despiertan hipertensas y sujetas a una prescripción galena de tomar un medicamento innecesario de por vida. Nadie enferma de colesterol, porque es un factor de riesgo, pero lo tratan como si fuera una enfermedad.

La menopausia no es una enfermedad sino un proceso natural, pero se ha vendido a las mujeres como una enfermedad de defi ciencia hormonal y bajo esa cobertura se receitan cientos de fármacos diferentes, la mayoría de ellos mero efecto placebo.

No es suficiente con airear estas malas prácticas de algunos médicos y de la industria famacéutica, y dejar de lado los timos alimentarios revestidos de terminología falsaria o inadecuada, especialmente presentes en el sector de derivados lácteos, de ‘enriquecimientos’ artificiales de hierro, calcio o vitaminas que no existen en el producto o que el cuerpo no asimila de esa forma sin otros complementos. Debiéramos repasar nuestras neveras y meditar en la ingente cantidad de estos productos que hemos pagado estérilmente a precio sobrevalorado por nuestra ignorancia. No sería nada desdeñable disminuir nuestra credibilidad en milagrosos productos homeopáticos; mejoraría nuestra salud mental, física y faltriquera. Finalmente, opino que el dinero que la Seguridad Social se gasta en medicamentos inútiles -el 80% de los antibióticos, sin ir más lejos- y en efecto placebo para la gente sana, podría ser empleado en tratar o prevenir enfermedades genuinas, especialmente en un país como el nuestro donde, ante situaciones de crisis como la actual, la tendencia perniciosa de cualquier gobierno es reducir las prestaciones de este servicio sanitario público. Sean muy poco escépticos con lo que les digo, algo con lo que oyen a sus médicos y totales con lo que ven y escuchan en los medios de comunicación. No se automediquen.


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