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Camelos históricos
Miguel Quintas Coelho
Tiempo estimado de lectura: 3 min 30 seg Enviar a redes sociales Imprimir el artículo Agregar a favoritos Descargar en PDF Enviar por correo Texto normal Texto grande
03-07-2008
Miguel Quintas Coelho
Ciertamente la Historia la escriben los vencedores a su medida, para gloria propia y con intención de plasmar, sobredimensionados, unos valores individuales o colectivos que permitan a lo largo de los años ir tejiendo el manido concepto de Patria, sea grande o chica. Para tal cometido, los novelistas de la Historia, no así los historiadores rigurosos, recurren a convertir en verdad las leyendas, en alterar las causas de los hechos, en silenciar pasajes que no convienen a su ideario o a ensalzar personajes sin gran trascendencia dotándolos de un aura e influencia que en su vida detentaron.

Aún duran los fastos conmemorativos de esa ‘gesta nacional’, segundo bicentenario, cuyo inicio sitúan artificiosamente en el 2 de mayo de 1808, contra la ocupación de las tropas napoleónicas en suelo español. Con la recopilación de estupideces pronunciadas desde las más egregias boquitas institucionales del país, a cuenta del evento, podría escribirse un amplio volumen del que emanarían abundantes tesis sobre la fantasía o la tergiversación histórica, sobre la ignorancia o perversidad de los redactores de los discursos y, especialmente, sobre la sima del analfabetismo cultural en el que chapotea quien lee tales discursos ante los medios de comunicación.

España ya no se configura como país tras las sucesivas conquistas o anexiones de los Reyes Católicos, otra denominación que se las trae. Ahora, por extrañas razones, España comienza a diseñarse con los cañonazos de Daoiz y Velarde. Resulta que toda la sociedad española, desde el más cortesano hasta el último gañán, se sublevó contra el francés para defender a la monarquía absolutista de los Borbones. Cuando la realidad histórica nos dice que en los años previos a la ocupación francesa, los motines y rebeliones contra el absolutismo y el régimen de los validos eran sucesos reiterados. Se nos pinta a Fernado VII como el rey ‘Deseado’, cuando a lo largo de su reinado demostró ser el Borbón más nefasto de este y del otro lado de la frontera pirenaica: tirano, ignorante, maniobrero y cruel. De hecho, ahogó en sangre, cuantas veces lo estimó necesario, el avance democrático que para aquel tiempo supuso la primera Constitución, ‘La Pepa’, elaborada por mentes liberales y progresistas que intentaron adaptar los principios y valores democráticos emanados de la Revolución Francesa y que han sido el soporte básico de los modernos estados democráticos.

Aseverar que el día 2 de mayo se produjo una rebelión de carácter político es quedarse muy por debajo de la media verdad. Desde hacía ya dos meses la situación de inconformismo general era notoria en todas las ciudades en las que se asentaban los acuartelamientos franceses. La mayor cantidad de víveres y los de mejor calidad se destinaban al mantenimiento del ejército napoleónico, produciéndose un general desabastecimiento de la población y, al mismo tiempo que mermaba la calidad de los productos básicos de mercado, la carestía de los mismos hacía asaz inviable su adquisición por el pueblo llano. Lo mismo podría decirse de los vinos, carnes y del hartazgo de las clases bajas por tener que alojar y mantener gratuitamente en sus viviendas a parte de la soldadesca napoleónica. Esa es la principal causa originaria del motín y no la defensa de la monarquía borbónica. Al pueblo llano de antaño los avatares de la realeza, cortesanos y clerecía, al igual que a las clases populares de hoy, bien poco le importan tales menudencias frente a la imperiosa necesidad de llevarse algo a la boca y sobrevivir.

Por otro lado, por mucho que se quiera falsear la Historia y convertir a Madrid en el ombligo del país, el primer alzamiento sangriento contra los franceses se produjo el 18 de abril de 1808 en la ciudad de Burgos. Una masa de artesanos, mendigos y jornaleros de aspecto patibulario -recogido así en el manuscrito legado por uno de los testigos participantes- se dirigió al palacio arzobispal, sede de los mandos franceses y tras golpear a varios centinelas, recibieron una descarga de fusilería que dejó tres muertos en el suelo: Manuel de la Torre, Nicolás Gutiérrez y Tomás Gredilla. Días más tarde fallecería un cuarto baleado: José Apéstegui. La ciudad fue tan exprimida por la ocupación francesa que cuando quedó libre estaba en la miseria, pero habrá que señalar que fue precisamente gracias a esa presencia por lo que Burgos dejó de ser una ciénaga pestilente y sentó las bases modernas de su desarrollo urbanístico. La Historia es historia; lo demás, historietas.

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