Comenzando en los medios de comunicación y finalizando en un amplio espectro social, un orgasmo nacionalista de intensidad infrecuente en las últimas décadas ha recorrido la columna vertebral de este país llamado España. Un nombre que la afición y locutores deportivos no se han cansado de bordar en rojo y gualda durante todo el mes de junio.
La victoria fue celebrada con apabullante orgullo patrio que desbordó cadenas de radio, televisión y se viene repitiendo a lo largo de estos días a color en los periódicos ordinarios y deportivos. He de reconocer con sinceridad que el fútbol jamás me excitó ni libido ni intelecto y lo que hiciera ‘la roja’, hasta el fausto domingo, no alteraba mi sueño. Tal día señalado, mi indiferencia desapareció. Vi la luz celestial y me alegro. Sí, me alegro sinceramente, aunque continúe identificándome con la enseña tricolor, dizque era la republicana. Me alegro por el logro del ansiado copón porque, al mismo tiempo y por fin, ha vuelto a aflorar en muchos españoles su nacionalismo estatal, ese sentimiento tan humano que muchos negaban poseer y que criminalizaban en otros. Porque, amigo lector, ¿encuentra alguna diferencia ahora entre los sentimientos nacionalistas de los ‘a por ellos’, los gora-gora vascos, los viscas catalanes y los ‘ceibes’ de nuestros paisanos? El nacionalismo es malo, perverso, nos decían, y hétenos aquí que por causa del fútbol se abren las espitas del alma nacionalista española que gran parte de la socie dad lleva dentro forjada a machamartillo desde hace quinientos años. Ciertamente, nacionalistas españoles y monoidentitarios del terruño estaban necesitados de esta victoria futbolística.
Tras esta catarsis de nacionalismo español, si medianamente razonamos, podremos darnos cuenta de que ese sentimiento patrio, en mayor o menor grado, no es pernicioso en sí, sino algo consustancial al sentido de pertenencia que cada cual posee y siente como elemento de convicción y de identidad. Sería deseable que tras constatar este fenómeno social y real, la clase política anclada en el cerrilismo centralista utilizara la empatía para complementar posiciones, hacer avanzar el estado de las autonomías cumpliendo con los pactos y transferencias contempladas en los Estatutos, y buscar la resolución de problemas convivenciales mediante el diálogo y el encuentro. Esa mima empatía y racionalidad habría que desearla de los partidos nacionalistas para que, sin renunciar a sus legítimas opiniones, entiendan que, hoy por hoy, las sociedades en las que se asientan son identitariamente plurales e incluso de sentimientos patrios compartidos. Ello conlleva la necesidad de avanzar mediante consensos y pactos evitando saltos traumáticos en el vacío que tan sólo generan frac turas sociales con las cuales es inviable cualquier alternativa como pueblo. Ambas reflexiones creo que son oportunas habida cuenta del momento político por el que transitamos. Acaba de celebrar su congreso el PP y uno de sus caballos de batalla ha sido la necesidad de volver a tender puentes de entendimiento y diálogo con los nacionalismos periféricos; un acierto que no significa apoyar idearios de posiciones independentistas. Celebrará próximamente su congreso el PSOE y de aquello de la ‘España Federal’ nada se discutirá y quedará una vez más en la ponencia como párrafo testimonial para agasajo de la cada vez más exigua militancia de excombatientes republicanos socialistas. El jacobismo sigue campando en la socialdemocracia gobernante.
El otro extremo de la brújula política es también aleccionador. El salto unilateral del lehendakari Ibarretxe a la galaxia del imposible político, profundizando en el enfrentamiento social, es un claro aviso al resto de nacionalismos de por dónde no debe orientarse una acción política democrática, constructiva y que permita avanzar a un pueblo que necesita mejorar en su bienestar, potenciar su identidad y autogobierno de forma no traumática para sus propios ciudadanos y para el resto del país.