
¿Por qué Al Gore deja de lado los productos tóxicos que en ingentes cantidades lanza al aire la industria americana? E n la época de fugaz docencia universitaria, mis alumnos dieron perversamente en apodarme ’El Crudo’; mis amistades, más benévolas, murmuran que en ocasiones me aflora la vena incisiva y un tanto cáustica. Creo que exageran porque, a lo sumo, me reconozco como preguntón impenitente y a veces indagar resulta molesto porque conduce a deducir que no todo lo que reluce es oro. Llevo unos días cuestionándome la figura de Al Gore, de forma muy diferente al señor Rajoy y su primo, por supuesto. Este prócer norteamericano, graduado en Administración Pública por la Universidad de Harvard y en Derecho por la Universidad de Vanderbilt (Tennessee), orador que predica una revolución de las conciencias universales para que el género humano nos enfrentemos con medidas eficaces al cambio climático en un plazo máximo de diez años, ¿es el mismo Al Gore que en 1998 y 1999 amenazó prepotentemente al vicepresidente sudafricano Dhabi Mbeki -posteriormente presidente- con retirarle toda la ayuda a la República Sudafricana si no desistía de sus empeños de importar o fabricar fármacos genéricos contra el azote del SIDA, siendo mucho más baratos y tan efectivos como los específicos? ¿Es éticamente defendible escudarse tras los supuestos derechos de mercado de la patente de las multinacionales frente a las crueles consecuencias del sida? Este Al Gore, directivo de Apple y asesor de Google, alabado por sus altruistas recogidas de fondos contra el cambio climático, ¿es el mismo personaje que en su campaña presidencial en el año 2000 recibió cuantiosas aportaciones precisamente de los macrocomplejos farmacéuticos que se sentían perjudicados por la producción y venta de todo tipo de fármacos genéricos? Este Al Gore, archimillonario, dueño de Generation Investiment Management, con sede en Londres y asesor a sueldo del gobierno británico en materia de medioambiente, ¿es el mismo personaje que dio su apoyo al bombardeo de la fábrica sudanesa de El-Shifa, 20 de agosto de 1998, donde se fabricaban el 90% de los medicamentos que se utilizaban en aquél país y que desde entonces depende exclusivamente de las multinacionales farmacéuticas? ¿Le concederían el Nobel de la Paz por tan gloriosa acción justificada mediáticamente bajo el eslogan de eliminar las posibilidades de una guerra química? Este Al Gore, reciente Premio Príncipe de Asturias, defensor del medioambiente, ¿es el mismo que en 1999 apoyó institucionalmente el ’Plan Colombia’ para el empleo sistemático de un herbicida, llamado glifosato, que fumigado desde el aire sobre zonas de cultivo de coca y territorio de la guerrilla iba a terminar con los problemas de narcotráfico? El glifosato, que produce un nocivo y perdurable impacto ambiental sobre todo tipo de vegetación, provoca directamente también el aborto en animales y seres humanos. Este comunicador incansable que nos recomienda un consumo más austero con con sejos tan detallados como ’usar menos agua caliente, inflar adecuadamente los neumáticos, emplear menos el automóvil, desenchufar electrodomésticos cuando no se usan, no comprar productos con envoltorios muy elaborados, etcétera, ¿es el mismo individuo que en su gran mansión de Nashville consume 400 veces más energía al año que la de un hogar medio español? Este Al Gore, presidente de Current TV, cuyas filmaciones ha prometido el presidente Zapatero que van a ser adquiridas -a precio nada módico- para su divulgación en las escuelas de España, ¿es el mismo que afirma que los osos polares tienen que nadar hasta 60 millas para encontrar hielo? Este Al Gore, al que la revista Scientific American nombró político del año en 2006, ¿es el mismo Al Gore que ya en 1990 apoyaba que se tomaran medidas drásticas para reducir la población en los países pobres del mundo? No hay persona que a estas alturas ponga en duda que el exterminio o al menos un eficaz descaste o diezmado de la población de los países más pobres, atrasados o con recursos energéticos apetecibles para la voracidad del primer mundo tendría como efecto una ascenso en el nivel de vida y renta media de los países poderosos pero, ¿no es eso genocidio? ¿Hace falta se alemán, rubio, dolicocéfalo y nacional-socialista, haber desfilado voluntariamente al paso de la oca entre 1939 y 1945 para ser acusado de cometer o impulsar tales barbarides? Evidentemente la ideología del Reich pervive camuflada tras otras apariencias y más esparcida geográficamente de lo que los comunes creemos. Finalmente, por cuestión de espacio, puestos a hablar del efecto invernadero que alterará la vida de la Tierra, ¿por qué Al Gore deja de lado el metano, el óxido nitroso, el hidrofluorocarbono, el perfluorurocarbono o el hexafluoruro de azufre, productos que en ingentes cantidades lanza al aire la industria americana? ¿O no tienen nada que ver con el cambio climático? Nada, amigo lector, mi incontinencia me ha hecho perder otro posible amigo. Aunque, bien pensado, esta era una de esas amistades de las que el Señor me guarde, porque de mis enemigos ya me ocupo yo.