
Ya se conocen los resultados del Informe PISA correspondientes al año 2006 y que en esta ocasión evalúa el nivel alcanzado en Ciencias entre los alumnos de la OCDE: España ocupa el número 31. Son ya varios los informes técnicos a nivel europeo que en los últimos años vienen plasmando de forma pública y comparativa un estancamiento, cuando no retroceso, en varias facetas que afectan al sistema educativo español. El modelo en sí; la distorsión en algunos de los principios básicos conceptuales -pedagógicos y didácticos-; las insuficientes dotaciones presupuestarias estatales y autonómicas; el perfil profesional de los docentes -que en algunos niveles educativos ha escorado hasta la mera profesión de funcionario-; la parca, dogmática y escasamente flexible formación de los maestros y el encorsetamiento burocrático-administrativo de los centros, a quienes las encorsetadas legislaciones merman en su capacidad de autonomía para desarrollar proyectos de innovación en profundidad, etcétera, constituyen lastres de gran calibre en nuestro sistema educativo, difuminando sus principales cometidos -la información y formación- y haciendo mayor, curso a curso, la sima que nos separa de los países avanzados de nuestro entorno en cuanto a la preparación y posibilidades de competitividad a nuestros niños y jóvenes. Y lo más grave de todo ello es que se evita entrar a fondo en este macroproblema básico desde las instituciones políticas que debieran replantearse en profundidad las cuestiones, impulsar la reflexión de los docentes de todos los estamentos y a colectivos con incidencia en el marco educativo -sindicatos y asociaciones de padres- e incluso a los propios municipios. Legislación tras legislación continuamos encalando la fachada del entramado educativo y apuntalamos sus carcomidas vigas sin entrar en una restauración total.
La reforma LOGSE fue hecha con buena voluntad pero con recursos financieros insuficientes, con demasiada arrogancia y dogma en varios aspectos teóricos y que, en definitiva no resolvió el problema de fondo que el modelo educativo español venía arrastrando desde 1970 (Ley Villar Palasí). Ciertamente, la escolarización obligatoria en la franja de edad 14-16 años supuso un avance, pero en el que aún no se han resuelto debidamente algunas de sus deficiencias más graves derivadas del fracaso escolar. A ello es preciso añadir que la situación educativa española se agrava durante las dos legislaturas de gobierno del PP, en las que la inversión en educación fue mínima.
Tres elementos claves configuran el modelo educativo finlandés y que merecen mi consideración y traslado como reflexión a los lectores de nuestro diario. La primera es la de contar con unos maestros y docentes altamente preparados y con vocación. La nota media de Bachillerato exigida para cursar los estudios de profesor de Educación Primaria, entre 8,5 y 9; cinco años de carrera; exámenes selectivos antes de comenzar los estudios, en los que se exige ser capaz de elaborar una reseña literaria correctamente escrita, dominar un instrumento musical y conocer perfectamente un idioma extranjero.
La segunda característica es la autonomía de los centros: las escuelas dependen de los municipios; la contratación del profesorado la realizan los equipos directivos y los currículos de los alumnos son elaborados por el profesorado; un sistema, por tanto, totalmente descentralizado. Me anticipo a su pensamiento, amigo lector: los resultados educativos son muy parejos entre las escuelas, sin desviaciones significativas entre el entorno rural y urbano, entre centros grandes o pequeños. Es evidente que el cometido y modelo de Inspección Educativa en el estado finlandés es también algo desconocido en nuestros parajes. Funciona a pie de escuela y con primacía de su carácter asesor e intermediador ante instituciones y el propio estado para reforzar la autonomía y calidad educativa de los centros.
Un tercer elemento básico: La base del sistema educativo finlandés es la formación lectora, entendida como una cuestión de Estado y donde las familias juegan un papel primordial. Finlandeses e islandeses son los mayores y más cualificados lectores a nivel mundial. Los alumnos finlandeses aprenden a leer (es decir a comprender, clave del conocimiento) y les gusta porque llegan a adquirir el hábito lector; una obviedad, pero que es el éxito educativo de cualquier sociedad. Lo que casi nada resuelve son planes de lectura, estatales o autonómicos, que sean flor de un día. Insistiremos en un futuro en el análisis del modelo educativo finlandés, envidia desde hace años en el entorno europeo y modelo al que se orientan algunos países que se toman la educación de sus generaciones con responsabilidad y coherencia.