Hace muchos años, un presentador preguntó a los contertulios de un programa de televisión qué era lo que más les crispaba de la vida moderna. Unos aludieron al terrorismo, otros al paro, éstos a la corrupción política, aquéllos a la pobreza en el mundo... Como ven, típicas y tópicas respuestas. Mas uno de ellos, casi sin alterar el tono de voz, vino a decir algo así como que, lo que más le crispaba era el hecho de que no se le hubiera ocurrido a él la frase que leyó, o que escuchó a otro, y que le había resultado de una absoluta certeza, innata belleza, o plasticidad asombrosa; y acto seguido preguntarse por qué narices no tuvo él antes esa idea, con lo lógica que parecía justo después de que otro la hubiese expuesto. Era eso realmente lo que exasperaba a aquel invitado.
Hoy me doy cuenta de que en muchas ocasiones me pasa lo mismo, y he de reconocer esa especie de sana envidia que recorre cuerpo y mente cuando me topo con una frase, pensamiento o idea realmente genial. De entre otras muchas, por ejemplo, ésta que sigue: ‘Comprábamos con dinero que no teníamos, cosas que, en realidad, no necesitábamos, para impresionar a quienes no conocíamos, o no nos caían bien...’. Esta frase es de Álex Rovira, y la pronunció para expresar el hecho, ahora palmario, de que antes de que estallara esta crisis, vivíamos por encima de nuestras posibilidades y todo o casi todo era una pura apariencia. Verdad como un templo.
Dicha afirmación, de una clarividencia asombrosa, la descubrí en una entrevista realizada a dicho autor, a propósito de la presentación de su libro ‘La buena crisis’. Libro cuya idea central consiste en aprovechar lo que de bueno hay en toda situación crítica (algo así como una purga de todo lo anterior, de lo superfluo, lo innecesario, de las ansias de poder, y de la insana locura por tener) para así cambiar actitudes, aptitudes, y modos de ser.
Reconozco que nada más escuchar la entrevista fui a comprar el libro y comencé a leerlo ávidamente; me di cuenta entonces de que, de sus páginas, aflora un halo de optimismo fácilmente contagioso, un impulso por empezar a cambiar ya nuestro modo de vivir, tan vacuo, tan egoísta, tan individualista, tan corto de miras; un deseo de escudriñar en la oscuridad hasta ver esa virginal luz que revele un mundo mejor. Ello no obstante, saben, o deben saber ya, que con la intención no basta, y hemos de poner muchísimo de nuestra parte para superar los tiempos presentes. Trabajar buscando nuevos horizontes, nuevas oportunidades, abriendo nuevas puertas; y todo ello, bajo una premisa básica: basta de lamentos, de quejas y de autocompasión. Ya cansa. Ciertamente, llevamos dos años gritando lo mal que va todo, lo peor que va a ir, y lo bien que estábamos antes; miremos a donde miremos, cunde el desánimo colectivo, y sólo llegan quejumbres y llantos a nuestros oídos. Y no nos damos cuenta de que, por mucho que pregonemos nuestras desgracias, ningún profeta compasivo nos va a guiar hacia la salvación. Por eso es necesario aprovecharse de esta crisis, someterla, dominarla, y empezar a ser nosotros mismos: lo peor que puedes hacer es no hacer nada. Discrimina lo importante, suelta el lastre que no te deja avanzar. Actúa, anímate, y anima a los demás, no puede ser tan complicado dibujar una sonrisa en el rostro; si agoreros pregonan que te vas a caer, contéstales con un salto mortal; si te dicen que no se puede ver la salida, llámalos desde el otro lado de puerta, porque tú ya saliste; si escuchas cuitas a tu alrededor, tararea tu mejor canción, y ponte manos a la obra.
Sí, aprovecha esta situación crítica para ser, y no para tener, como dice Álex Rovira; alcanza a ser lo que tú siempre quisiste, y no lo que te impusieron ser; y exprime la vida y sus oportunidades, o al menos inténtalo; si nada te ha frustrado es que nada has intentado. Cada intento fallido es una lección vital. Aprende de ello, y serás feliz. Seamos felices. Merece la pena.