De momento no es un proyecto, sino la expresión pública de las ideas a las que da vueltas un ministro para mejorar la educación en España, rebajar el porcentaje de fracaso escolar y formar a nuestros hijos de manera que puedan competir profesionalmente en el mundo. De momento no es más que un pensamiento en voz alta, una reflexión, pero las palabras de Angel Gabilondo abriendo la posibilidad de que la enseñanza obligatoria se prolongue hasta los 18 años han abierto la caja de los truenos.
De primeras, parece una excelente iniciativa, aparentemente los muchachos tendrían más posibilidades de éxito laboral porque su formación sería más completa y además la obligatoriedad provocaría que los padres no tuvieran que pagar colegios durante los dos últimos cursos, los de bachillerato, que no se incluyen en la enseñanza concertada. Sin embargo, voces cualificadas y solventes de la comunidad del magisterio han encontrado problemas desde el primer momento. Y parecen fundadas.
El problema del fracaso escolar no está en la edad, sino en los planes de estudio. Faltan asignaturas que deberían ser de obligado estudio, sobran otras -se da excesiva importancia de la realidad autonómica frente a la realidad nacional-, y además los textos, con excepciones, no están suficientemente cuidados como para captar el interés de los alumnos, que en muchos casos ni entienden lo que deben estudiar ni les resulta atractivo.
Por otra parte, la poca libertad que se da a los profesores para imponer una metodología más pegada a los intereses de los alumnos, la incapacidad para castigar al que no quiere rendir y retrasa y empobrece el trabajo de sus compañeros, y la imposibilidad de ejercer la autoridad e imponer orden en la clase, convierte las aulas en lugares en los que es difícil prestar atención, entender, concentrarse e ilusionarse por el aprendizaje de las materias.
Si Gabilondo pusiera en práctica la obligatoriedad a los 18 años los jóvenes que esperan con ansia la llegada de los 16 para dejar definitivamente las aulas y los institutos se convertirían en personas intratables, ingobernables para los profesores, y motivo de retraso en su estudios para los compañeros que sí quieren seguir adelante para emprender después una carrera universitaria o un módulo de FP. Si ya es difícil mantener una mínima disciplina en clase con los chicos y chicas de catorce a dieciséis que están deseando abandonar los estudios, no es difícil adivinar que los profesores a los que no se permite ejercer su autoridad se verían incapaces de trabajar con adolescentes aún mayores.
La música de Gabilondo suena muy bien: un país en el que todo el mundo cursa obligatoriamente el segundo ciclo de estudios. El problema es cómo se ejecuta esa música.