Creyéndose nuevos Mandela, Rodríguez Zapatero y Baltasar Garzón rivalizaron para obtener el Nobel de la Paz haciendo lo posible para que la guerra civil la ganaran los buenos, los republicanos, y revisando los fusilamientos franquistas presentándolos como crímenes contra la humanidad. Z. y Garzón competían hasta que el juez dio un martillazo: mezclando la Ley de Memoria Histórica zapaterista con que los crímenes contra la humanidad no prescriben, pretendió anular la Ley de Amnistía de 1977, que estableció la concordia entre los españoles. Una legislación que respondía al clamor nacional de entonces, cuando el grito más coreado era “Amnistía”, para todos los crímenes incluyendo los etarras y los de la izquierda en la guerra civil, no menos asesina.
Una amnistía que no olvidó a las víctimas: millares de familias exhumaron a sus muertos enterrados en cunetas, aunque Z., presentándose como Adán, capitalizó la propaganda dando más fondos con su Ley de Memoria y quitándole nombres franquistas a las calles. Ahora revivimos odios del pasado –léanse cartas y artículos en los periódicos— incendiados por ambos personajes (para disipar dudas sobre la postura del cronista, sépase que su padre estuvo a punto de ser fusilado dos veces por el franquismo).
Volvamos a Mandela: tras 27 años en una celda minúscula, en un país con una inmensa mayoría de población segregada, con millones de víctimas, salió de prisión al iniciarse la desegregación y dedicó sus cinco años de presidencia, 1994-1999 al perdón, la piedad y la concordia para evitar que el odio destruyera el país.
Imaginemos a Suráfrica con Zapatero y Garzón: despreciado el legado del gran Madiba, nombre tribal de Mandela, todo explotaría en terribles matanzas.
Los protagonistas de la Transición fueron los Mandela españoles, y Z. y Garzón los verdugos de su legado, los Antimandela.