Adolfo Nicolás, un palentino de Villamuriel del Cerrato, nacido en plena Guerra Civil y que ha pasado la mayor parte de su vida en Asia, ha sido elegido nuevo prepósito general de la Compañía de Jesús. Las derivas eclesiásticas de la Iglesia Católica, con sus pugnas, avances y retrocesos, no son cuestión baladí ni para quienes nos situamos a extramuros, habida cuenta de sus repercusiones sociales. De ahí el interés de analizar esta elección, la posición del Vaticano y deducir algunas claves que marcarán la relación entre la Compañía y la cúpula papal en la próxima década ya que es improbable que el nuevo electo, dada su edad, prolongue su cometido más allá de ese plazo.
El nuevo ’Papa Negro’ es muy conocido y reconocido en su orden religiosa; brilló especialmente en el cónclave de 1983 que eligió a su antecesor; de pocas palabras pero un buen conversador en seis idiomas. En doctrina, se le tiene por un excelente teólogo con ideas claras y abiertas, con los pies en el suelo. Precisamente por ello es también conocido en el Vaticano. Como el lector sabe, cuatro de los siete teólogos sancionados por la Doctrina de la Fe, dirigida hasta 2005 por el actual Papa, Ratzinger, son jesuitas: Sobrino, Haight, Dupuis y De Mello. Con Adolfo Nicolás no se ha llegado a tal extremo, pero se le observa detenidamente. Es un defensor de la inculturación, propugna la capacidad de la Iglesia de saber imbuir su doctrina de la cultura y tradiciones de cada zona, sin identificar la fe con el modelo occidental y despojándose del eurocentrismo que la caracteriza. Algo habrá reflexionado sobre eso ya que ha pasado prácticamente su vida en Asia.
Los jesuitas, ante el dilema de replegarse ante la cerrazón e involución propugnada por el Vaticano o lanzarse a una aventura de abierta confrontación, han optado por una vía intermedia, por una opción que supone continuidad en la lucha por la justicia en la línea Arrupe. Es de suponer que se produzcan nuevas reflexiones sobre la Justicia Social, presentes fundamentalmente en la vida cotidiana en América Latina, toda vez que Adolfo Nicolás responde también a las necesidades de un continente en eclosión, el asiático, y con amplias zonas de pobreza y desigualdades sociales.
Existe una innegable satisfacción personal en la Compañía por esta designación ya que implica salir fortalecidos en este momento. Los jesuitas vienen de 25 años de una larga transición de silencio impuesto, desde el pontificado de Juan Pablo II. Realmente los jesuitas necesitaban recuperar sus señas de identidad y sus propias riendas, pugnando por cerrar ese paréntesis histórico de libertad vigilada con momentos de enconamiento y confrontación con las posturas vaticanas en materia social y teológica.
A partir de ahora habrá que estar atentos, y el Vaticano lo estará especialmente, a la impronta del nuevo prefecto general. Tiene una gran capacidad intelectual, se ha manifestado como un excelente administrador, elocuente, con grandes dotes de oratoria y, sumamente importante, concilia los esfuerzos de todas las tendencias internas de la Compañía. Siempre quedará alguno, como el jesuita marginado por la orden debido a la acumulación de méritos propios y situado ideológicamente en el integrismo, Juan Antonio Martínez Camino, nombrado el mismo día con toda pompa y parafernalia Arzobispo Auxiliar de Madrid.
Junto a la reflexión e implicación teológica sobre el papel de la Iglesia con los desfavorecidos, motivo de confrontación con la posición vaticanista, otro gran elemento de reflexión de Adolfo Nicolás es la necesidad de diálogo con otras religiones y culturas y en el que mantienen los jesuitas unos posicionamientos mucho más abiertos y respetuosos que la línea vaticanista. Esta ruta, que será muy influyente en la Iglesia, quizá sea el próximo tren de colisión con Benedicto XVI. El tiempo, como en casi todo, nos irá desvelando las incógnitas, pero hoy por hoy el colectivo más amplio en número, más joven en edad media y, junto con el latinoamericano, más unido a las clases populares es quien tiene la llave de futuro de la Compañía. El camino para ellos no será fácil, pero siglos de inquisición interna y varapalos externos han hecho de los jesuitas un colectivo de alta resistencia y maestros en la astucia que, hasta los más irredentos agnósticos hemos de reconocerles.