Hay quien asevera que es aventurado leer el futuro ya que está todo por escribir, pero no menos cierto es que los renglones sobre los que escribimos nuestro presente condicionan la escritura del panorama venidero. ¿Se ha detenido, estimado lector, a imaginar con bastante realismo de aproximación cómo puede ser un mundo sin petróleo a medio plazo -50 años- y sin otras alternativas energéticas que alcancen el mismo nivel de utilización y universalidad? Realicemos hoy un ejercicio mental relativamente sencillo. Antes de continuar leyendo, cierre un instante los ojos e imagine un gran pozo negro al que vamos a ir arrojando algunas cosas.
Comience echando en él todos aquellos objetos que contienen plástico: los juguetes de su hijo, el bolígrafo con que escribe, el móvil, la tele y el ordenador. Continúe con el desodorante y las cremas de maquillaje, incluya también la mascarilla hidratante, la pintura de las paredes, el asfalto de las carreteras, las gafas que usa, estas mismas letras que ahora contempla... Encienda una vela de cera o la lamparilla de aceite porque se acaba de ir la luz y más del 60% de la luz eléctrica proviene del petróleo o del carbón. De momento olvide el placer de la ducha y del agua corriente que se bombea con electricidad. Arroje al pozo imaginario todos los productos sintéticos y que desaparezca también todo lo que deba ser transportado a grandes distancias hasta nosotros porque más del 85% de todo el transporte mundial depende del petróleo. Al pozo van también su camisa de nylon, su pantalón de tergal, su foulard sin tético y su vestido de noche de gala. Ya estamos todos medio en cueros. Nos quedan en casa los muebles de madera, carentes de barniz, y tal vez el apetitoso bollo con mantequilla o mermelada que estaba dispuesto a deglutir al comenzar a ojear La Región de hoy. Por cierto, regrese del trabajo en bicicleta porque no hay combustible para ese automóvil que aún está financiando. La mayoría de la comida que se consigue en los supermercados y tiendas guarda una estrecha relación con el petróleo, sea por razones de transporte o por productos químicos y abonos en su conservación y producción. Ya puede tirar su tarjeta del Carrefour.
Durante el año 2005 consumimos mundialmente más de 29.000 millones de barriles de crudo y a ese ritmo acabaremos con lo que queda en menos de cuarenta años. De modo que, feligreses de la derecha popular, no sean hipócritas justificando la barbaridad de la invasión de Iraq con argumentos de los derechos humanos pisoteados por un sátrapa o por armas letales para la humanidad. El control y posesión de las reservas es cuestión de vida o muerte para todo el género humano y éstos eran, sin edulcorante alguno, los sublimes principios éticos que inspiraron la invasión y rapiña al trío calavera de las Azores.
Los sistemas económicos y financieros actuales, incluso el de China, están basados en el crecimiento perpetuo. Nos parece normal que la economía crezca un 3% cada año, sin reparar que ese hecho conlleva duplicar la demanda de recursos cada 23 años. Nos hemos autoconvencido de que estos modelos de crecimiento constante son la realidad, cuando es prácticamente insostenible esa línea de progresión. En un mundo biofísico limitado, el crecimiento perpetuo es una falacia.
Desde el inicio de la revolución industrial del último tercio del siglo XIX los países ricos se han dedicado a vivir aceleradamente. Somos irresponsablemente avaros consumistas. Gastamos cientos de veces más rápido de lo que tardan en generarse los recursos sostenibles del planeta y avanzamos cada vez más veloces hacia el límite de disponibilidad de recursos. Nunca hemos llegado a la frontera del agotamiento planetario de recursos y no disponemos de una referencia histórica anterior de qué pueda suponer alcanzar tal situación. Localmente siempre se acaban los productos -fertilidad de los suelos, minerales, bosques, peces- pero la globalización actual obedece al deseo de que unos pocos países fagociten los recursos de todos. La globalización se ha impuesto como modelo y no subyace tras ella precisamente la solidaridad, pero llegará un momento en que no resuelva nada.
Imagine ahora, cuando alcancemos ese límite, el colapso de los mercados internacionales. Imagine una depresión económica mundial. Imagine desestabilizaciones sociales, desempleo masivo, crimen, guerras de supervivencia, migraciones masivas, hambrunas y enfermedades epidémicas. Imagine... y siga pensando que lo de Iraq, Afganistán, Palestina, o lo que se está cociendo contra Irán, no es algo que le afecta, siga, siga en su burbuja de cristal...