El Papa y Cataluña

El Papa y Cataluña

El 27 de septiembre se celebran elecciones en Cataluña. Estos comicios, según el BOE, son como otros cualquiera. Sin embargo los independentistas catalanes se empeñan en que revisten carácter plebiscitario. El plebiscito se define en el diccionario de la RAE como una “consulta que los poderes públicos someten al voto popular directo para que apruebe o rechace una determinada propuesta sobre soberanía o poderes excepcionales”. Es decir, se utilizan unas elecciones ordinarias con un propósito ilegal (la soberanía la ostentan ¡todos! los ciudadanos españoles, así lo ha declarado el Tribunal Constitucional por unanimidad).

En medio de esta locura y en pleno proceso electoral (catalanas y generales), algunos partidos quieren modificar la Constitución para solucionar el problema catalán, mientras que los independentistas afirman que su intención secesionista no se va a modificar por mucho que se cambie nuestra norma fundamental. Puestas así las cosas, uno se pone en la hipótesis de que la lista independentista de Artur Mas y Oriol Junqueras gane las elecciones catalanas por mayoría absoluta (ya sea de votos o de diputados, que a ellos tanto les da) y proclamen solemnemente la independencia en el Parlamento de Cataluña. ¿Creen ustedes que en esas condiciones es el momento adecuado para reformar la constitución? En mi opinión no; más bien sería el momento de aplicarla, precisamente para que se respete el orden constitucional y no se viole la ley y la soberanía de todos los españoles (incluidos los catalanes).

Y ustedes dirán que qué pinta en esto el papa Francisco. Se lo explico. Este verano leí una magnifica biografía del papa titulada “El gran reformador” de Austen Ivereigh (doctor por Oxford), en la que dice que, hablando de Argentina y sus problemas de dictadura y terrorismo, Francisco afirmó que hay que distinguir entre país, estado y patria. El primero es un área geográfica; el segundo, el estado, es el andamiaje institucional (Monarquía o República, Federación o Autonomías, etc.). Señala el papa que las fronteras de un país se pueden modificar (actualmente es muy difícil. Esto lo digo yo) y que el estado se podría transformar. Francisco define la patria en los siguientes términos: “Patria dice a patrimonio, a lo recibido y que hay que entregar acrecentado, pero no adulterado”. En mi opinión aquí reside el problema de Cataluña. El problema no es que no tengan infraestructuras, ni que no se les haya mimado (Barcelona es la única ciudad española que pertenece al elitista club de ciudades olímpicas) o que no tengan autonomía y competencias para dar y tomar. El problema es que en una parte de los catalanes no hay sentimiento de formar parte de la nación española (patria o patrimonio común) que existe desde hace siglos, con sus sombras y sus luces, como todas las naciones. Es más, la educación y el ambiente social catalán se mueven en el sentido contrario, en el de negar la existencia de un pasado común español.

Siendo esto así, la solución no está en cambiar el estado (de autonómico a federal o de monarquía a república), la “solución” estaría en una acción de Estado que permita a los catalanes redescubrir el pasado común de los españoles y les ilusione con un futuro como catalanes y españoles. Lo que hace falta es centrar bien el problema, que no es el territorio, ni el estado, sino la falta en una parte de los catalanes del sentimiento de nación española y de un futuro como tal nación. Como se dice en la Encyclopédie de Diderot y d´Alembert: “Son los hombre inspirados los que iluminan al pueblo, y los fanáticos quienes los extravían”. Y el papa Francisco está muy inspirado cuando aclara que “la unidad es superior al conflicto y la realidad superior a la idea”. Así que lo que hay que inculcar en Cataluña es que la unidad y la realidad valen mucho más que el conflicto y una idea utópica. Y mientras tanto, como dijo Ortega y Gasset, “conllevar” el problema.