Voltaire, divinos y miserables

Voltaire, divinos y miserables

Es de sospechar que Fernando el Católico viviese tranquilo y feliz una vez que enviudó de su santa esposa; de hecho parece que así fue. No quiero decir con esto que Germana de Foix fuese la causa de ese estado de bienestar, acaso debido a los treinta y seis años de edad que los separaban; acaso no; o acaso sí. Tampoco que lo impidiese. A lo mejor era cosa del carácter de la dama que, además y al parecer, según el gusto de la época fue una mujer muy atractiva.

Tampoco quiero decir, ni mucho menos lo pretendo, que la difunta fuese más bien insoportable, aunque lo sospeche, y a pesar de que reconozca que esta, que mi sospecha, se deba a que nos llevó por delante a los gallegos una vez que ganó la guerra civil que mantuvo con Doña Juana de Trastamara, contra la que se levantó y a la que nosotros defendimos, pues era nuestra como lo era su casa, la casa del otro lado del Tamara que dio nombre a la dinastía a la que perteneció nuestra reina y así se fue nuestro futuro. Desde entonces lo pagamos.

De Fernando el Católico, en quien dicen que se inspiró Maquiavelo para escribir su libro, el titulado "El Príncipe" cuenta Voltaire -lo hace en su "Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones", allá por la página cien o ciento y algo de su segundo volumen- que "fue famoso por la religión y la buena fe, de las que hablaba sin cesar y que violó siempre (...) así engañó a su yerno, después de haber engañado sucesivamente a su pariente el rey de Nápoles, y al rey Luis XII, y a los venecianos, y a los papas. En España se le llamaba el sabio y el prudente; en Italia, el piadoso; en Francia y en Londres, el pérfido".

Este Voltaire realmente les era muy volteriano. En Mélanges, título que podríamos traducir por "conglomerados", cuando no por popurri, por una especie de potaje variado en el que se mezcla de todo y que al final incluso sabe rico, Voltaire distingue a los hombres en dos categorías; a saber, los que él llama hombres divinos, que sacrifican su amor propio en aras del bien público, y los que llama miserables que no se aman más que así mismos. Añade que, sin excepción todos pretendemos pertenecer a la primera clase, pese a que en el fondo de nuestros corazones pertenezcamos a la segunda. Concluye afirmando que los hombres más relajados, los más abandonados a sus propios deseos son los que gritan más alto vociferando, cuanto les viene en gana, que hay que inmolarse al bien público. Ustedes dirán lo que les parece.

¿Y qué me parece a mí? Pues qué quieren que les diga. Las palabras de Voltaire, sean estas que transcribo o sean más exactamente otras, siguen tan de actualidad como la condición humana que no cambia desde el comienzo de los tiempos por muchos que algunos se empeñen en afirmar todo lo contrario. Sucede que unas veces, en unos tiempos, se hacen más ciertas y evidentes la existencia de personas como las señaladas por Voltaire en primer lugar y, en otros tiempos, se hacen más evidentes las que el muy francés señaló en segundo. 

Por todo ello, lo que me parece a mí es que, la pregunta a considerar, es qué existencia de personas es la más abundante en estos días: la de los altruistas, es decir, la de los primeros o, por el contrario, la predominante es la de los egoístas que es la otra forma de clasificar a los segundos. Ustedes dirán, de nuevo, lo que les parece porque las respuestas también quedan a su cargo; ya saben, aquí y mientras yo pueda solo se plantean preguntas.
Por si alguien se empeñase en que yo diese respuesta alguna a tanta duda diré que el debate suscitado me lleva a mí a pensar en qué será más deseable como gobernante: ¿un santo varón, preocupado por el bien común e inmolado a él, pero un mal gobernante, o un verdadero hijo de puta (aclarado quede que hijo de puta por méritos propios, no por los de su santa progenitora) que gobierne bien?

Es indudable que el primero va derechito al paraíso, dejándonos a los demás como poco en una sociedad a modo de Purgatorio, mientras que el segundo sin duda que va al infierno pero nos deja menos, mucho menos penitenciados de lo que nos dejó el primero e incluso a veces en el mismísimo limbo.
Es mejor el pérfido; mejor dicho, yo prefiero al pérfido. Fernando de Aragón fue un estadista, en el mejor y más amplio sentido del término, al que nadie ha pretendido que lo canonizasen mientras que sí lo han pretendido, y aún lo pretenden, muchos de los trasnochados seguidores de su santa primera esposa, Isabel de Castilla tan ignorante ella en política internacional como competente fue su esposo, tan impositiva ella en los temas más domésticos, domésticos en el sentido que afecta a la que podremos denominar casa común, como comprensivo él en esos mismos temas. Y más hábil, mucho más hábil.

Sin tradición no hay cultura y nuestra tradición apunta más a valorar a la que nos llega desde Isabel ocultándonos la que proviene o debiera provenir de Fernando impulsándonos a creer más en aquella que a reflexionar sobre lo que significa esta. No estaría de más que lo hiciésemos de una vez. Más en estos días en los que parece ser que se está retomando nuestra presencia en los foros políticos internacionales y seguimos dándole a la carraca de los internos y territoriales. Estaría bien.