Ejercicios espirituales

Ejercicios espirituales

Me ha conmovido leer la biografía novelada de Alfredo Conde sobre Benigno Moure, “Era la soledad”.

Te invito a leerla. Es un libro sincero, que no oculta el lado oscuro de este hombre. Narra también su gesta de haber abierto setenta residencias en este olvidado trozo de mundo.

Ayer lo vi caminar solitario por la ciudad. En una mano su maletín, un poco ausente, los ojos hacia adentro, su austero traje gris muy usado, limpio, casi diría machadiano. Ay, fumador él, quizás, a veces, como al poeta sevillano, la ceniza de su “ducados” le resbale por su chaleco. Caminaba despacio por su ciudad amada, ay, que es también caminar por su herida.

Lo recuerdo en las últimas décadas del siglo pasado. Años extraños. Las drogas habían golpeado con saña la ciudad. Cuentan que no quedó una farmacia sin saquear. No había información y se había acabado la fiesta. De pronto llegó terrorífico el sida. No había medicación. La gente juzgaba: “Es una plaga enviada por Dios ante tanto pecado”. Lo cierto es que doscientos afectados vagaban por la ciudad. Jóvenes enflaquecidos, espectrales, sin defensas. Una simple gripe bastaba para arrastrarlos al “otro lado”. 

Aquellos días vi a Benigno alarmado. Supe que sus ojos captaron de inmediato el drama. Se las arregló con el apoyo de Anxo Quintana, entonces alcalde de Allariz, para ocupar un chalet en un lugar muy cercano a Santa María de Augas Santas. Era un lugar paradisíaco, el idóneo para que pasaran sus últimos años los enfermos. 

No hubo manera. Los vecinos, insolidarios y desinformados, se negaron con violencia. Ni el reiterado verbo conciliador de Moure sirvió. Denuncias. Detenciones. Empujones. Se hicieron populares las despiadadas pintadas: “No queremos aquí un lugar de exterminio para enfermos terminales”. 

No está de más recordarlo. El sacerdote no se arredró nunca en su lucha por los más desgraciados. Incluso hizo una tesina sobre el suicidio. No comprendía que a los suicidas se les privase de ceremonias religiosas y de su descanso en tierra sagrada. En la larga posguerra era frecuente descubrir en las cuadras a paisanos colgados de una soga. 

Tarea ardua: largos paseos y conversaciones con el obispo. Sostenía Benigno: “Mi querido obispo, el que se quita la vida tiene una enfermedad mental, lagunas en el cerebro o está lleno de problemas psíquicos”. Al fin, logró su propósito. Por primera vez un vecino de una aldea, que apareció colgado en su cobertizo, tuvo un entierro digno. Se cantaron responsos, en su tumba lució el mármol. Una cruz lo acompañó. 

Cuenta Alfredo que un día el obispo, alarmado, llamó a Benigno y le dijo paternal: “Nos tienes olvidados, tienes que hacer ejercicios espirituales y quiero que me enseñes en qué empleas tu tiempo”. Partieron en el coche del obispo a visitar algunas residencias donde habitan personas con alzhéimer y exalcohólicos. El obispo observó todo en silencio. De regreso, cogió la mano de su cura y con voz casi compungida le dijo: “Después de esta visita, Benigno, mi conclusión es que el que tiene que hacer ejercicios espirituales soy yo”.

(Ay, el lado oscuro de Don Benigno. Su polémico juicio está en el imaginario colectivo de la ciudad. Los suyos sostienen su inocencia, “y si ocurrió, no lo hizo para enriquecerse”. Sus contrarios: “Cura estafador”. 

Una tarde horrible del mes de agosto de 2011 entró en una celda de Pereiro. Las calles estaban divididas y llenas de protestas. Su sentencia, cinco años. Sólo estuvo cautivo dos meses. Después, homenajes y libertad.

Alfredo relata la trastada. Era 20 de abril de 1957, sábado santo. A las doce de la noche Benigno Moure fue ordenado sacerdote en Salamanca. Después, él y sus tres compañeros gallegos, regresaron a su guarida. Uno de ellos tomó del cajón secreto la garrafa clandestina. Cinco litros de puro licor café que le había regalado su padre. Ay, su padre, que allá a finales de los 30, escopeta en mano, ahuyentó a los falangistas que pretendían “rapar” a algunas mujeres republicanas. 

Aquel 20 de abril clausuró una etapa: los cuatro, festivos y reidores, engulleron la garrafa. Toda entera.)