Fórmula 1

Confieso mi preocupación. Llevo ya -como muchas otras amigas y compañeras- muchos años “predicando” la necesidad de un equilibrio real entre los sexos. Denunciando los excesos de una inercia machista que se resiste a todos los embistes de la razón. Felicitando a cada acción que pone freno a una discriminación por género y aplaudiendo cada vez que una mujer es reconocida por su trabajo más que por su talla de sujetador.

Me preocupa constatar que cada vez que se habla de equidad, de paridad entre hombre y mujeres, alguna voz masculina se alza para decir que “ya están las feminazis…”.

Reconozco que me sorprende con qué ligereza léxica utilizamos el adjetivo. La verdad es que cuando oigo la palabra nazi, sólo se me viene a la cabeza mi abuela Dora Hüdes y toda su familia, parte de ella muerta en los campos de exterminio. 

No se me ocurriría utilizar ese vocablo para identificar a mujeres que reivindican un feminismo, aunque sea de una manera que no comparto ni en la forma ni en el fondo. Supongo que este fenómeno es propio de estos tiempos de simplificación máxima de las cosas más complejas, donde la obsesión por etiquetar se ha convertido en una manía más de nuestra era.

 Parece que la decisión de suprimir la presencia de azafatas en la Fórmula 1 es para algunos señores una “rendición a la presión de las feminazis”. Lo preocupante es que estos señores no son unos analfabetos que no sepan distinguir entre nazismo y feminismo. Son señores formados en nuestras universidades, lectores de nuestra historia más reciente y por tanto asombra que se limiten al recurso más fácil y menos oportuno. ¿Será eso el “populismo”?

Podemos debatir y polemizar sobre si la medida de eliminar a las azafatas de la Formula 1 es eficaz o si es un acto más de este deporte nacional llamado “postureo”, pero de ahí a calificar alegremente de nazis a unas mujeres que defienden ideas feministas, hay un trecho que almas tan educadas no deberían recorrer.

Personalmente me parece una medida adecuada. No podemos pretender luchar contra los estereotipos de género y permitir que el deporte sirva para trasladar la imagen de una mujer cuyo valor es contar con un 90-60-90, una sonrisa refulgente y sostener un paraguas para que el piloto no se sofoque. Ahora bien, señores de la F1. Si el asunto de adecuar la imagen a los tiempos que vivimos se resume en eso y sólo en eso, estarán ustedes cayendo en un acto de cara a la galería. 

La medida debería formar parte de un plan más amplio que incluya favorecer la entrada de mujeres a los equipos técnicos de las escuderías, promocionar el automovilismo como un sector abierto a las mujeres y, ante todo, facilitar la incorporación a las parrillas de salida de mujeres pilotos. Entonces todo esto dejará de ser “postureo” y pasará a ser un compromiso claro por la igualdad.