Medallitas

La batalla por la  igualdad de género no debe ser propiedad de ningún partido. Ninguna formación política debería apropiarse de una bandera que ni es única, ni representa a una ideología y mucho menos a unos estatutos organizativos como lo hace una militancia de carné. La apertura de la sociedad a la participación activa en la toma de decisiones no está vinculada, hoy por hoy, a ningún partido político, ni siquiera a una ideología. Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia, tenemos la impresión de que algunos dirigentes políticos se consideran con mayor “autoridad moral” para dictar cátedra sobre lo que debe ser o no la igualdad entre mujeres y hombres.


Apropiarse de la igualdad entre sexos, arrogarse la capacidad exclusiva de defender la paridad y la equidad de oportunidades  es como adueñarse del balón en una pachanga de barrio (con todos mis respetos a dicha actividad popular) y los que apuesten por enfilar esa vía en esta sempiterna batalla hacia la paridad están equivocados.


Estos días se vuelve a abrir la polémica en torno a la participación de las mujeres en política. EL líder de Podemos afirma que “feminizar la política no significa que haya más presencia femenina en los cargos de representación”. 


La RAE, que -para bien o para mal- es nuestra referencia en materia del uso de la lengua es bastante clara al respecto: feminizar es: “Dar presencia o carácter femeninos a algo o a alguien”. A buen entendedor, pocas palabras.


Las mujeres llevamos siglos reivindicando nuestra mitad de todo, somos la mitad de la población y no un colectivo a la espera de que una formación política nos represente. Se equivocan quienes creen que somos un colectivo con reivindicaciones específicas que es recibido por los grupos políticos para exponer sus peticiones. 
Es un error confundir igualdad con partidismo político. Nada tiene que ver el machismo y la discriminación hacia las mujeres con posicionamientos ideológicos. Ningún partido político puede jactarse de ser ejemplar en materia de igualdad y tampoco hay que lapidarlos por ello. La desigualdad está presente en todas las entidades, en todos los estamentos, en todos los sectores. Si hacemos un repaso encontramos ejemplos para todos los gustos: desde las confederaciones de empresarios, la judicatura del Estado, las rectorías de las Universidades, el deporte, las artes y las ciencias, las Fuerzas Armadas y las   instituciones religiosas y, cómo no, la política y los partidos.


La Comisión de Igualdad del Congreso comprendió hace dos años que su razón de ser debe ir más allá de un asunto de partido, al votar de manera unánime por un informe que apuesta por la renovación de la ley de igualdad y conciliación. Mal vamos  si la equidad de género se convierte en un arma política para agitar el Congreso, los parlamentos o las tertulias televisivas; eso, señores, querría decir que no han entendido ustedes nada. Lo que nos jugamos es crecer económicamente, convertirnos en una sociedad más justa y equilibrada, y utilizar la enorme energía femenina que aún está desaprovechada, no de colgarnos medallitas en la solapa.