La costa Cantábrica y sus historias

La costa Cantábrica y sus historias

Dicen que brumosa, pero sin esas nieblas que por días nos tenían sin probar la playa cuando de veraneo en las Rías Baixas. Sí que un cierto chirimí u orballo y puede que más lluviosa, pero la temperatura del agua de mar suele rondar los 190 cuando por las Baixas anda en 150, y eso, dicen los oceanógrafos, que debido al mar de fondo, que más  revuelto el Atlántico que voltea y trae a la superficie aguas más frías.

Por estas costas, y aún las Atlánticas, ha colonizado las riberas el eucalipto que se ha sembrado hasta la saciedad porque más rendimientos da a corto plazo que ningún otro árbol, pero toda a costa de un empobrecimiento del suelo desde unas raíces que extraen agua de hasta 500 litros por ejemplar adulto de escaso metro de diámetro, hasta unas hojas que apenas dejan crecer la vida bajo ellas, por sus taninos. Un letrero por estos bosques advierte: "Fauna Protexida", pero uno no ha visto ni mísera lagartija, ni pombo ni cuervo ni arrendajo entre sus ramas. Mientras, las fábricas de pasta de papel precisen de estos árboles, ya sea en Navia ya en Marín, tendremos eucaliptos, que luego de plantados difíciles de erradicar; basta una tala de unos cuantos para que retoñen de su talado tronco y en cinco años superen los diez metros de altura. Una plaga, como la mimosa en O Ribeiro traída por un religioso desde los antípodas australes. Una plantación en su sistema lacunar lo deseca en menos de lustro. Esto lo hizo Mussolini con los pantanos del Tirreno, en el Lazio, que se desecaron.

Si no fuera por esta masa arbórea la costa, de por sí hermosa, presentaría otro aspecto desde Ribadeo a la Estaca de Vares o desde aquí a Ferrol donde los antiguos localizaban el Mar de los Ártabros.

Y estas costas donde en la Estaca de Vares se cambia de un mar a otro, aunque todo sea Atlántico y lo demás subdivisiones, nos hacen recordar como desde los remotos tiempos los ribereños despojaban a todo cuanto náufrago caía en sus costas desde el Paleolítico; a veces se provocaban estos naufragios y se mataba a los náufragos. Así de dura esta práctica por las costas de toda Europa.

En esta  costa se recuerda a un comandante alemán, bisoño, de reciente reclutamiento, que en 1943 capitaneando el submarino U-966 fue acorralado cerca de la playa de Esteiro de Vares por la marina estadounidense y los bombarderos británicos teniendo que refugiarse en esa costa de un país que más que neutral era no beligerante, con simpatías hacia los nazis, que no pocas veces se aprovisionaban de alimentos en nuestras costas o simplemente se tomaban un respiro. El comandante de 25 años y una tripulación de más jóvenes aun se vieron obligados a abandonar un submarino ya tocado frente a los acantilados de Loiba-Vares. Se salvaría gran parte luego de estar en un mar novembrino más de cinco horas. Eckehard Wolf, que así se llamaba el comandante, y la tripulación salvada fueron acogidos y alimentado por aquellas gentes marineras hasta ser remitidos a su país: muchos años después de finalizada la guerra vendría el comandante del sumergible con frecuencia de veraneo con su familia, como reconocimiento de la acogida. Un hijo casaría con una chica de la localidad, tendrían un hijo, y éste, nieto del comandante, rige hoy un bar en la playa de Esteiro de Vares. Cuando a fínales del pasado siglo se murió el comandante Wolf, echaron sus cenizas donde reposan los restos de la nave hundida, descubierta por los buceadores en el lugar que se sospechaba por relatos de pescadores; y también las cenizas de su hijo aventadas al Cantábrico. En fin, una historia de las tantas que la costa tiene. Y de éstas, unas cuantas.