De Pantín a Espasante

De Pantín a Espasante

Por esta sorprendente costa, antaño casi inhabitada en sus playas, ahora si no de abarrote como en las Rías Baixas, y donde hace menos de década unos cuantos salpicados acá y allá, ahora centenas de bañistas, porque ha aumentado la población vacacional, los lugareños se han hecho usuarios vespertinos y los accesos o aparcamientos para autos, más que aumentado se han ampliado. En un viaje desde la playa de Rodo o de Pantín, meca de muchos surferos, de olas y un tanto ventosa, te acercas a Vilarube, la más hermosa playa vista de lejos y también de cerca de las numerosas que este litoral tiene: una playa en forma de luna en cuarto creciente, flanqueada por el ala izquierda por el regato Ferreiros, que a modo de desagüe del embalse das Forcadas, y a derecha por un esteiro o ría que nutre también el regato das Mestas. Un arenal blanquísimo, de finas arenas, aguas esmeralda, resguardada por la estrecha y agarimosa ría de Cedeira, con sistema dunar bajo y vegetado y donde existe el sauce llorón más corpulento jamás visto o que uno haya visto, de envergadura tal que a docenas de coches cobijaba de los solares rigores. Este lugar de casi solitario y desconocido ha pasado a ser lo más de esta costa Ártabra,  ya en el Océano Atlántico. El Mare Artabrum así denominado por Estrabón en su obra Geographica, y también por Plinio y Pomponio Mela, porque ártabros los pueblos que por acá moraban, curtidos en costeras navegaciones y que hacían de la pesca un cierto modus vivendi. El mar Ártabro lo llaman desde el Cabo Ortegal hasta Malpica.

De poco asiento en ella, porque uno no es de estar dormitando en playa, aunque su longitud invita al paseo, como hicimos en Cedeira, de las pocas que tiene playa al pie, la de la Madalena, también un tanto curvada, con dorsal de muchos chopos entre las dunas surgidos. A la espera de aliviar de comensales el popular Muíño Kilowatio, puesto así porque el creador empleado de una eléctrica, nos vamos muelle arriba donde unos mocetones intentan meter yate en agua por una rampa con un todoterreno que hubo de realizar muchas correcciones por mor de no precipitarse en las límpidas aguas portuarias, echando humo en cada arrancada y con uno o dos de contrapeso en el motor. Ahí se vio la pericia de un joven volantista y por demás pertinaz y curtido. Acabada la laboriosa faena, sin un accidente que casi se adivinaba con tanto mandón dando instrucciones, nos pusimos hacia O Muíño, que de uno de viento en la ladera derivado, pensando que entretenimiento para jubilados tal no se hallare éste de botar lanchas a la mar. El citado bar, mesón o llámenlo como quieran , que de tan ambientado parecía reventar hasta sus terrazas, donde las camareras con singular oficio para transitar, bandeja en alto entre cabezas, sin que se percibiera la menor vacilación, y eso que, probablemente, deben estar al sueldo base, creo. Una espera de más de media hora, cuando ya las cuatro de la tarde, en aquel maremagnum de comensales por la rápida, ya que te sirven calamares rebozados, raxo, croquetas y patatas fritas de verdad. Un conjunto que por sabroso ha popularizado al más que bareto, que por ello siempre rebosante, sea a mediodía o al caer de la noche.

De paseo por la villa, unos helados, un calor amortiguado por incesante brisa, y un anticuario, Vicente, que en la entrada, no abandona asiento ni para bromear con los precios, como de continuo hace. Parecería inglés en tienda que él ambienta con música americana de folk o jazz. Tuvo Vicente restaurante en Inglaterra, dice, y algún negocillo, pero mientras vas comprando alguna cosa, él las envuelve en papel de periódico, con pausa, sin que prisas ni vigilancias del negocio quiten el sueño a quien tanto ha vivido, y consta que popular, entre el vecindario o veraneantes, porque unos cuantos que pasaron con familiaridad de trato, por el nombre llamándole. Me decía que aunque le hurten no vale la pena la vigilancia, cuando yo más parecía un entretenedor para que se descuidase de lo que otros tres de séquito manoseaban en aquel más que almacén de múltiples objetos de uso en el pasado siglo, cuando ya en el ocaso estamos en Ortigueira, al fondo de una ría casi seca en las bajamares donde varados muchos de los barcos deportivos de su marina. Un monumento al gaiteiro recuerda los festivales célticos. La playa de Cabalar, a unos kilómetros, y a unos cuantos más, la villa de Espasante, con una playa, la de A Concha, formando flanco con el pueblo, con ambientillo en ciertas zonas porque bares, restaurantes y un Planeta Azul de fama se encargan de hacer grata la estancia a visitantes o veraneantes, que ya disfrutan de dos playas a elegir, con ésta de San Antón en el costado opuesto.

Estas costas no tienen o millor banco do mundo… pero sobrados méritos; pronto se plegarán a la moda que a tantos visitantes atrae, por lo que impensadamente no raro sería que me diese como de bruces con Moncho Núñez, Carmicar y sus dos hijos, Rubén y Samuel, en grato e impensado encuentro porque Moncho, compañero de algunas marchas ciclistas, revertido en maratoniano de Londres, París, Nueva York o Berlín, desde Celanova recalaría en Coruña; de aquí que no visto desde entonces. Te encuentras a amigos o conocidos en cualquier insospechado lugar por el entonces casi, que así se consideraban estas costas, más allá de las cuales no existía mundo.

Esta costa tiene muchas y notables cosas cuando por ella intención de pasar por el promontorio más alto de Europa, la ladera Vixía da Herbeira, 635 metros, casi en vertical con el santuario del Santo André de Teixido a siniestra; si te asomas en la Garita da Herbeira, que se supone de vigilancia en tiempos de las normandas incursiones, en días ventosos amenazarías con irte ladera abajo. Menos mal que siempre soplan del oeste, pero sucedería que anubladas las cumbres de la sierra de a Capelada, espacio natural de la Costa Ártabra donde se asienta, y prolonga hasta el Cabo Ortegal, nos haría desistir y por ello de Cedeira a Ortigueira de modo directo y sin pasar por Carino donde un ourensano amigo, Pepelino V. Monjardín, ejerció la docencia un tiempo; ahora, me parece que a los pies del Santa Tegra, siempre por montañas cobijado.