Deambulando

Subiendo por la rúa Pardo Bazán oigo el estrépito de tanta botellería en contenedor, más que cohetería en fiestas, y si recapacitamos ese reciclaje, en purismo, no es el adecuado ya que obliga a un proceso industrial de fabricación con todos sus costes para el medio. Sería mejor que las botellas fueran devueltas ad integrum a las casas expendedoras de líquidos. Este sí que sería un reciclaje. Por otro lado con tanto escéptico del reciclado o bien porque él no recicla o porque en permanente desconfianza de todo, que motivos a veces no faltan, se hace difícil insertar en las conciencias la selección de desperdicios. Y más cuando se ve en plena calle del Paseo que el abundante cartonaje de tanta tienda lo engulle el mismo camión de las basuras, que no se espera que práctica habitual sea.

Por las alturas de la calle el convento de San Francisco que también fue cuartel ayer mismo de un regimiento, el Zamora- 8, ahora ya restaurado de su claustro, con  albergue de unos peregrinos, que, por molidos, deben superar las máximas alturas de la ciudad. Atravieso el barrio por la calle Pena Trevinca, qué páramo fue allá por los cincuenta del siglo transcurrido, y en el que no hay sierra ourensana que no se represente en sus calles, como en el barrio del Puente los ríos, o en el del Couto los pintores. Todo un tanto abigarrado, que debe ser tomado, en lugar de apretado, como ya práctica común entre parlantes o escritores, por multicolor. Desde la calle Coruña recuerda uno que una rampa térrea era usada para exámenes del carnet de conducir donde, si el coche se iba para atrás, suspenso seguro cuando Julio Amor Outeiriño era riguroso examinador o al menos por eso tenido. Y fuera de exámenes la tal rampa que daba acceso al  apeadero de San Francisco, para probar como subía nuestro coche y también para alguna carrera; el que pretendían vendernos se probaba en la subida por la carretera de Vigo, pasada Quintela. La cuesta era el test siempre superado. 

Por el Posío, el cierre vegetal erradicado le quitó intimidad, aunque parece que se recupera, el cisne o los cisnes, remplazados por las casi albas ocas, ya no son alimentados por Pepito Mosquera, que en sus tiempos fue baterista de la Ciudad de los Muchachos y algún grupo más, luego ciclista y cuando no pudo se gastaba algunos de sus no abundantes cuartos para cuidar a estos ánades; si acaso el Concello le donaría con un chaleco reflectante que ni siquiera le daba autoridad por falta de distintivo. Ya no nadan los cisnes en el estanque y aun se exhiben tres pavos reales, que solamente uno encogido y sin ánimo de mostrar el espectacular plumaje de su cola. Daban postín al recinto cuando adolescentes echábamos el último vistazo, releyendo a toda velocidad una materia de examen para exponerlo en el Instituto de Enseñanza Media (ahora Otero Pedrayo) ante un tribunal que nosotros considerábamos inflexible y donde los cátedros, señores Ogando o Souto Vila, eran los huesos.

Salidos al exterior los canes parecen dominar el espacio porque ahora incluso ya no es tener dos si no que alguno con cuatro que más le traccionan que él o ella puedan arrastrar a esa casi jauría. No sé si sus amos provistos de bolsita de plástico, que mucho extraña que para tal número se paren a recoger desechos caninos. Este amor al can se entiende porque dicen que más se alegra cuando amo entra en casa que familia se inmuta, atenta a la tele o lo que sea menester.