Esos raros atletas…y el arboricidio sistemático

Cualquier día nos encontraremos que este camino real será un desierto sin los corpulentos robles que lo flanquean.
Cualquier día nos encontraremos que este camino real será un desierto sin los corpulentos robles que lo flanquean.
Esos raros atletas…y el arboricidio sistemático

Mañana ni fría ni cálida camino de alguna parte, aunque algunas veces sin objetivo, me encuentro con Arturo Vázquez, nombre que diría poco y acaso más Arturo el de la Gafa de Oro, porque en esta óptica compartida con su hermano Carlos pasaría su vida profesional. Arturo, tan erguido como siempre, rememora sus tiempos de atleta cuando iban de madrugada a entrenar Jorge Cid y él al Stadium, como se llamaba el de O Couto, sin la "e", porque al "s" planchaba lo suyo, él a las carreras y Jorge al lanzamiento de peso donde no tenía competidores en la provincia. Como de hábito, levantarse a las 5 ó 6 de la mañana con Arturo siempre embozado para evitar su propensión a catarros, yendo a la carrera con Cid, un camionero les increparía a voz en grito: "¡Chalados!". A cualquier deportista por aquellos tiempos se le clasificaba como raro, y si a pierna desnuda, por salido como de manicomio tomado.

Cuando por el paseo acabe al Barbaña, me encuentro con alguna cara conocida, acaso de saludos anteriores, pero que se van perdiendo hasta quedar ni en saludo, si no en furtiva mirada; pasa un ciclista un tanto desgarbado, mano en manillar y en la otra un pitillo. Y aún no recuperado, como voy ensimismado, en este caso mirando al cauce donde siempre me entretiene o algún pato de esos que lo colonizan todo por su adaptabilidad, como el ánsar real, azulón o alavanco, y también alguna gallina de agua, que nerviosa camina sobre las acuáticas plantas, no me apercibo del paso de Conchita y Fito, que me llaman. Fito Fernández, que llevaba los deportes de esta casa y luego se estableció con negocio propio llamado Sport Moda, de singular éxito, porque este matrimonio siempre inmerso en la vida montañera de nieves o sin ellas. Me dicen que no hay quien aguante estos calores, que el frío fácil de combatir, y que se mitiga echándose ropa encima. ¿Y los qué no la tienen?, piensa uno; la pobreza con frío siempre lo es más.

Al seguir alguien disimula mirando a inexistente horizonte, echando un pis, verja por medio. Si lo viese un municipal cargaría con reprimenda o multa, y ¿si fuese un can? Que uno sepa, quedaría impune.

Frente a la antigua cárcel del Progreso, camino por la ribera izquierda del Barbaña donde una fila de aliantos van a colonizar la ladera y uno recuerda como uno de estos árboles, que porte daba, no en vano llamado árbol de Júpiter o de los dioses, fue abatido por el hacha de algún esbirro municipal, aunque lo de esbirro correcto para todo arboricida, que debe ser algo consustancial con el edilicio cargo: talar todo cuanto árbol, o moleste incluso a alguno que pasaba por allí y dijo, el polen de los álamos (el más evidente de todos los vegetales) me produce alergia, y, claro, como tan visible, es fácil señalar al culpable. Y si no, las ramas no me dejan ver, cuando el horizonte es la casa de enfrente

Conozco a pocos del municipal senado que haya hecho de la defensa del árbol su consigna. Talar es lo suyo. Nos hacen creer que el árbol enfermo. Tendrían que recibir cursillos del sur de Francia, porque un año pasando por un formidable bosque que dosel sobre la carretera, como ésta tenía que ampliarse, ¿qué hicieron? Conservaron los dos filas para una dirección y en la otra plantaron los mismos árboles… y esto lo vi al siguiente año. O sea, que no cortaron uno. Aquí basta algún alérgico, unos vecinos, otros que digan que las raíces lo levantan todo para que, no digo el hacha, que aún daría tiempo a parar el arboricidio, sino que la sierra mecánica haga su trabajo en menos que se cuenta. No hay tiempo ni para la sorpresa. Ediles, consultad al pueblo antes de talar; ni siquiera a los técnicos, que siempre son proclives a la corta.

Acabo de estar afectado por la tala masiva de unos enormes eucaliptos en Viveiro, de Lugo, en un antaño frondoso parque junto a la playa, refugio para muchos que se asientan a manteles, como de hábito entre lucenses. Los eucaliptos, además de colonizar la costa gallega de norte a sur, prácticamente todo el litoral, empobrecen el suelo, la fauna por mucho que protegida por carteles de la Xunta, prácticamente no existe, lo digo por la experiencia de muchas pateadas…pero es que estos eucaliptos de gran porte, confinados en un parque, daban sombra, formaban parte del paisaje y protegían. Iban a talar una veintena y, al parecer el capataz que dirigía la tala o el maderero que los compraba dio orden de derribo total. Un paseo por el desértico lugar para comprobar si los árboles enfermos, hallamos que los tocones, sanísimos, y esto lo corroboró un técnico en la materia. Dolió como si talaran el famoso bosque de Chavín y su Avó (64 metros de altura), allí vecinos.